Entre algarabías y chinganas: doña Javiera Carrera bailaba la refalosa. Por Álvaro Vogel Vallespir.

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Se acerca septiembre a zapateos agigantados; cambia el clima, la temperatura es más agradable y los días son más largos gracias a la renovación del solsticio de invierno, que favorece la vitalidad y las tradiciones. Corre el viento de norte a sur. Durante esta semana se conmemora, además, el Día del Folclore Nacional (22 de agosto). Son tiempos de renovación y de alegrías; es la oportunidad para dejar el celular de lado y enseñarles a las nuevas generaciones a poner los tirantes a los volantines con palitos de fósforo usando las cuartas de nuestras manos, o a hacer unas ñeclas de diario ante la falta de circulante. Cambiar la tecnología por un trompo, correr tras una gallina o saltar en sacos. Ejercitar los músculos sin los egos del gimnasio, con pesados tejos, apostando algunos vasos de chicha en la Rayuela. Dejar pasar el tiempo y conversar de cualquier tema, vernos a los ojos y dejar de trabajar un rato.

En la formación nacional desde la Colonia y, por supuesto, en los tiempos prehispánicos, las alegrías siempre han estado presentes. El ser humano es lúdico por naturaleza. Si bien hablar de los juegos daría para un libro —aunque podrían partir leyendo a Eugenio Pereira Salas “Juegos y alegrías coloniales”—, nos detendremos en las chinganas y en la figura popular de Javiera Carrera. Pese a lo anterior, ya tendremos más oportunidades en el futuro para seguir relatando nuestras tradiciones.

Si bien la Independencia vino a romper con la estructura de poder político tras el fin de la monarquía peninsular, en el ámbito social los cambios fueron lentos. El bajo pueblo debió ir adoptando paulatinamente nuevas formas de relacionarse conforme avanzaban los gobiernos republicanos de un Chile elitista y decimonónico. Los espacios sociales que evolucionarían como centros neurálgicos de encuentro fueron las ramadas y las chinganas.

Antes de la chingana, el lugar de reunión y comunión por excelencia era “la plaza”, pues ahí confluían las festividades religiosas, los juegos populares y un punto de información. El problema de “la plaza” es que había cierta discriminación hacia los estratos sociales bajos. A medida que se generaron las primeras —y luego habituales y masivas— migraciones, los más pobres fueron desplazados del centro y, por consiguiente, al no estar cómodos en este núcleo urbano, se sintieron más a sus anchas en la periferia.

Por lo tanto, las chinganas fueron las que absorbieron a la población campesina o agraria que se encontraba dentro de un núcleo urbano, mientras que las ramadas siguieron vigentes en el sector rural. Pese a todo, las chinganas mantuvieron su componente oculto y periférico, lo que les otorga un manto de misterio emblemático a una de las manifestaciones de esparcimiento tradicionales en el imaginario popular.

Las chinganas. En Claudio Gay, 1800-1873 – Obras ilustradas. Memoria Chilena.

Las chinganas

El origen de la chingana lo encontramos en el siglo XVI. Según las fuentes e historiadores especialistas, no hay mayores variaciones hasta bien entrado el siglo XIX. Lo que sí está claro es que las ramadas son rurales; en cambio, las chinganas eran espacios de socialización urbana, aunque no necesariamente en torno a una gran ciudad. En ese sentido, las comunas ribereñas del Maipo eran ideales para estos encuentros sociales. La chingana, en rigor, la advertimos en lugares discretos donde el pueblo buscaba un entorno tranquilo para compartir un vaso de vino, un juego de naipes, cantar, generar ingresos por ventas (sobre todo las mujeres) y escuchar canciones sin ser molestados por la autoridad. Hay quienes sostienen que al interior de las chinganas se apreciaba un ámbito delictivo, pero en realidad, si bien los robos y la violencia no estuvieron ausentes, el crimen no fue el objetivo de este espacio y, por ende, no fue la regla.

Las chinganas y las ramadas se diferenciaban poco y nada. En el caso de las fondas actuales, estas sí presentan cambios significativos por ser más robustas, mercantiles y servir de hospedaje. Están relacionadas con la conmemoración del Dieciocho de Septiembre posterior a 1830, mientras que los espacios ya mencionados vienen con una larga data de tradición colonial y no representaban un festejo específico; se celebraba la alegría y el juego, por lo tanto, era una costumbre espontánea.

La chingana era rudimentaria; bastaban unas estacas firmes, ramas y palos atravesados para que los caballos no molestaran, y ya estaba armada: los parroquianos aparecían de la nada. Antes de que las personas llegaran a compartir, las dueñas de los puestos guisaban cualquier tipo de ave que encontraban y, en cosa de horas, ese platillo se consumía con fruición; la alegría era tal que a las dos de la mañana volvían a pedir otros guisos. Luego de la Independencia, las autoridades comenzaron a regular el comportamiento al interior de estos improvisados recintos; por ejemplo, restringiendo las fechas en que las chinganas eran más frecuentes, como la época de Pascua y Año Nuevo. El desenfreno era difícil de manejar; por ende, en 1818, Bernardo O’Higgins las prohibió en ciertos momentos, argumentando que eran un antro de desorden, embriaguez, juegos y excesos de ambos sexos. Pero aquello quedó en eso: una ley muerta.

Ya en 1824 se promulgó un bando oficial donde se regularon los horarios, emplazamientos y rondas policiales. Resaltaremos algunas de las disposiciones de la ley que las regulaba, prohibiendo, por ejemplo: cantar obscenidades, adoptar posturas escabrosas, jugar a las cartas y envites, portar cuchillos, pelear, cometer robos y sancionando con multas a los ebrios.

Diego Portales, quizás uno de los políticos más influyentes de la primera mitad del siglo XIX, en 1836 las prohibió sin miramientos durante todos los días del año mediante una larga carta a todos los intendentes del país; sin embargo, su punitiva acción quedó sin efecto, ya que Portales era un ávido parroquiano de chinganas teniendo una fuerte afición por las bebidas alcohólicas. Irónicamente, además, don Diego era retratado en las letras de variadas y memorables cuecas como un chinganero más.

Aunque en teoría las chinganas funcionaban solo los fines de semana, en la práctica estaban abiertas todos los días del año, pues siempre alguien rondaba en sus entrañas. Lo primordial es que las chinganas, además de tener vida propia durante el año, estaban también ligadas a otras expresiones lúdicas, religiosas o festivas, por lo fácil que era levantarlas y por el interés que generaba la reunión de una serie de elementos de sociabilidad muy atractivos para los participantes, como el alcohol, el canto y el baile (Purcell, 2000).

En medio del bullicio y las rondas eternas de chicha, vino y aguardiente, se dejaban oír las arpas, las cantoras, guitarras e improvisados concursos de payas, que a la postre han significado una rica herencia cultural en tonadas y cuecas que hoy son parte de nuestras tradiciones patrias. A falta de un espacio formal, una chingana podía surgir como por arte de magia cuando se faenaban uno o más animales que eran comerciados en el mismo lugar de su deceso. Luego de días de trabajo, los peones que tendían durmientes de ferrocarril para distraerse armaban también improvisadas ramadas que les otorgaban un sentido de pertenencia al ser obreros de diversos lugares de Chile tenían un denominador común: las tradiciones del bajo pueblo, la diversión y la comunión cotidiana de los juegos y alegrías tras el arduo trabajo de levantar líneas férreas.

Finalmente, la chingana y la ramada se fusionaron sin mayores problemas. Con el devenir del tiempo y tras la consolidación de la Independencia, las autoridades de la época y las que le siguieron pusieron todos sus esfuerzos en cortar con la tradición de estos espacios seculares y acotarlos a una sola época del año, logrando asociar la chingana a la celebración de la emancipación; así, han quedado hasta hoy circunscritas a las fondas del Dieciocho de Septiembre.

Doña Javiera Carrera bailaba la refalosa

Con seguridad, el aplomo de Javiera Carrera era lo común en la mayoría de las mujeres que vivieron entre el fin de la Colonia y la revolución emancipadora que decantó en la Independencia nacional. Muchos de los episodios culminantes por aquellos derroteros fueron protagonizados por mujeres; algunas de ellas anónimas y otras heroínas como doña Javiera.

En la tradición oficial, estas hazañas de libertad contra España tienen una larga lista de nombres masculinos: los legendarios hermanos de Javiera, Bernardo O’Higgins, Manuel Rodríguez y tantos otros; la historia de género no era aún una disciplina en boga. Javiera Carrera, sin embargo, llamó la atención de los historiadores a lo largo de la historia quienes la inmortalizaron en sus crónicas, como es el caso de Miguel Amunátegui, Vicente Grez y Benjamín Vicuña Mackenna —entre otros—.

Javiera representa la convicción por la causa patriota, el arrojo y los aprestos tras la trágica muerte de sus hermanos por mantener el legado y seguir encendiendo la llama de la Independencia. Sobresale su valentía al cruzar a pie la Cordillera para rescatar los restos mortales de uno de los padres de la patria, así como su autoexilio de una década hasta 1824, un año después de la abdicación de Bernardo O’Higgins. Pero no solo existía este afán de revolucionaria, ya que es descrita como una mujer sumamente inteligente, poseedora de una opinión política consumada, la cual pregonaba sin censura. Anfitriona indispensable del siglo XIX, sus manos fueron las que bordaron la primera bandera nacional en 1812, en su hacienda de San Miguel.

Su generosa correspondencia constituye hoy una fuente escrita primordial donde podemos estudiar la política de antaño. Fue una delicada mujer a la que no le importó asumir un rol masculino cuando hablaba ceñuda con las autoridades de la época. Cuántas protestas encauzó para liberar a sus hermanos; sus casi 500 cartas lo confirman. Por la causa independentista, portaba y escondía armas, al tiempo que daba refugio a los soldados rebeldes en su casa de la actual comuna de El Monte. José Miguel, ¿habría sido el mismo sin su hermana?

Doña Javiera Carrera
Su patria libre quería
Doña Javiera carrera
Su patria libre quería
La independencia de Chile
La soñaba noche y día
La independencia de Chile
La soñaba noche y día-

(*Rolando Alarcón)

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