El «agua», una palabra corta pero que engloba una importancia vital para nuestra presencia en el planeta, es nada más ni nada menos que «crucial». En la Antigüedad, antes del helenismo clásico, era reverenciada por los sofistas de los Balcanes como uno de los cuatro elementos fundamentales: era la piedra angular del todo. La cercanía que tienen los hombres con este elemento se hace indispensable para la construcción de las civilizaciones, pasando a ser un determinismo importantísimo en la historia.
El óptimo climático y el origen de la revolución neolítica son imposibles de advertir sin un curso de agua que, para muchas culturas, era sencillamente divinizado. Las civilizaciones prístinas habrían sido imposibles en su devenir sin la fertilidad de un río en sus cercanías, como por ejemplo el légamo del delta del río Nilo. Fernand Braudel —uno de los historiadores más laureados de los Annales— construyó su obra en medio de la memoria marina: El Mare Nostrum. Colón cruzó océanos para pavimentar una de las globalizaciones más memorables, que marcaría acaso el fin de la Edad Media.
Pero vamos a lo nuestro y a las cercanías cotidianas: el desvío artificial del río Mapocho al sector de Melipilla y sus alrededores fue primordial para generar tierras de regadío mediante la monumental obra del Canal de Mallarauco.
Ya hemos señalado en trabajos anteriores la importancia del pasado prehispánico en el sector central del país; asimismo, que Pedro de Valdivia no fue un aparecido por estas tierras. Sin embargo, la división territorial que introducen los españoles tiene un fuerte arraigo en el poder del linaje, la estratificación social y el aporte de los primeros conquistadores, quienes serán los nuevos dueños. Como el rey —aunque ausente en América— exigía un tributo denominado el «quinto real», los primeros capitanes hicieron un reparto para trabajar las haciendas y pagar el impuesto. Fueron las famosas encomiendas indianas, que no prosperaron mayormente debido a la alta tasa de mortalidad indígena por muchos motivos, siendo un desastre humano de magnitudes en lo práctico.
En consecuencia, la tierra casi abandonada por las diezmadas encomiendas fue comprada por familias tradicionales: los mayorazgos, una cesión y adquisición a perpetuidad. Melipilla en su totalidad fue un mayorazgo a cargo de Bartolomé Flores; esto se mantuvo durante la Colonia. Los dueños serían acotados y la prosperidad del sector dependería de la astucia de las familias y sus gobernantes de tendencia realista. Con los años, esta tierra quedó en la persona de Patricio Larraín Gandarillas, quien a su vez la dividió entre todos los Larraín, creando vastos fundos. Por cierto, Bernardo O’Higgins quería un país distinto y con arraigo a la tierra y a las tradiciones desde una base más amplia; por tal motivo, trató de eliminar los mayorazgos en 1818, ganándose la antipatía de la élite. Los tiempos estaban cambiando y el olfato de los Larraín fue perfecto, pues en 1852 estos se eliminaron para siempre; sin embargo, las tierras ya estaban divididas en distintos sectores.

La titánica tarea de traer agua del río Mapocho con fines agrícolas comenzó en 1873. El objetivo era hacer un canal con túneles atravesando montañas para llevar el agua del ya mencionado curso hacia Mallarauco. Uno se imagina tubos ensamblados, pero en la práctica fueron veinte años de arduos trabajos que aún quedan en la memoria. El túnel no fue algo antojadizo: Patricio Larraín viajó hasta los mismísimos Alpes suizos para inspirarse en el túnel de San Gotardo. En su viaje a Europa compró las perforadoras —que luego se reemplazarían por otras más potentes—; recordemos que en el Viejo Mundo la Revolución Industrial estaba en su punto máximo.
La construcción fue muy parecida a las que se hacían en las vías ferroviarias: jornaleros trabajando sin medidas de seguridad y con salarios bajos, llegando al punto de quedar diariamente exhaustos; pero, como siempre, era preferible eso a no poder «parar la olla» a fin de mes. El avance era lento, de pocos centímetros diarios —a veces veinte—. Luego de dos décadas, cuando el agua salió del túnel, todos quedaron asombrados del milagro.

El costo humano, como dejamos entrever, fue gigantesco: varias vidas perdidas bajo los derrumbes de las montañas, asfixias y cansancio físico extremo. Por ende, la llegada de una perforadora francesa que avanzaba 4.5 metros por jornada fue el equivalente a un regalo de Navidad para los obreros.
Pese a lo anterior, el legado fue imperecedero: se beneficiaron más de 8000 hectáreas para el regadío; el ingenio y el esfuerzo pasaron a ser innovaciones técnicas para la época. Al final, se estaba cruzando la Cordillera de la Costa por la misma corteza terrestre.
El fervor popular y la leyenda del Diablo en el túnel de Mallarauco
Los obreros suelen trabajar hasta tarde y siempre son observadores. Había un rumor de que Larraín Gandarillas se veía cada cierto tiempo con un hombre elegante y solitario que llegaba en un fino carruaje; el mismo carro se vio en el canal de Pirque —La Sirena—. La naturaleza fue mutilada y cobraría un precio en las entrañas de la tierra: hombres tullidos y varias almas muertas. Cuando el agua corrió luego de veinte años y todos los tubos cobraron vida, un inquilino interrumpió el desayuno de Larraín: «¡Patrón, el agua corre!». Pero la respuesta no pudo ser más escueta: «¡Para eso lo mandé a hacer!».
Lo que no sale en los libros de historia es que Larraín y el Diablo se juntaron a ver el trabajo final en la cumbre del cerro Pelvín. En ese momento, el Mandinga le dice que todo eso y muchos proyectos más son a cambio de su alma. Larraín, no obstante, se limitó a reír y le replicó que no lo necesitaba; ante esta respuesta, el diablo desapareció humillado. El canal estaba listo.
Epílogo
El canal de Mallarauco le dio vida a Peñaflor. Sus más de 3500 metros transformaron una zona de secano en un fértil sector de riego. Tamaña obra de ingeniería fue fruto del esfuerzo, de la pala y la picota en manos callosas, de explosivos riesgosos y de muchas jornadas bajo el rigor del sol. La creencia popular de que el diablo ayudó surgió porque era una obra monumental e imposible, pero es solo eso: parte de la cultura popular, pues estamos frente a un esfuerzo mancomunado.
Peñaflor fue heredado directamente desde la Colonia por la familia de la Quintrala; fueron ellos quienes, al apreciar las piedras cubiertas con flores, llamaron así al lugar («peña» y «flor»). Por ende, es un sitio que creció y prosperó gracias al agua traída desde el valle central, pero más que nada por el esfuerzo de cientos de manos solidarias, anónimas, inquilinas y cansadas que hicieron posible lo imposible al canalizar estas tuberías en medio de las montañas.
El presidente Jorge Montt fue quien inauguró esta comuna el mismísimo año —meses después— de uno de los momentos más complejos y con mayores inflexiones del siglo decimonónico: la Guerra Civil de 1891.}
*Álvaro Vogel Vallespir, historiador y profesor, colaborador permanente del elmaipo.cl
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