El diablo en la zona central. El mandinga del río Maipo. Por Álvaro Vogel Vallespir

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El folclore, las tradiciones, la evolución de los relatos entre generaciones, la entretención en el Chile colonial sin elementos modernos y las leyendas campesinas de la zona central pueden fácilmente atravesar siglos de historicidad, levantando puentes con el presente para así lograr culturalmente una idiosincrasia e identidad como las que se crean en torno al núcleo de pequeñas ciudades aledañas que hoy son las comunas periféricas de las capitales.

Muchas veces, el origen de la historia patria y cultural lo podemos advertir en medio de una conversación cotidiana que puede tener su origen en el campo —o a las afueras de una aldea, en una hijuela o pequeña ciudadela—; pues durante la colonia y la república, los momentos de descanso en el fragor de una chingana o durante una ramada popular eran los espacios de sociabilidad por excelencia donde las conversaciones eran las fuentes y los cuentos, los libros de historia.

Noches de fogatas —a la espera de un rescoldo— eran momentos de comunión social en una época donde no había energía eléctrica y solamente los velones de cebo maloliente iluminaban a un público que no se ausentaba por ningún motivo de estas dogmáticas costumbres en torno a un relator o relatora que pasaba a ser el baluarte de la historia. Las tradiciones orales —cual espacio sagrado— entretenían a grandes y chicos por igual y han sido momentos de ocio bien empleados en el pasado.

Estos relatos, contados por expertos en concitar la atención de un público ávido y mayormente analfabeto (en el pasado), han seguido el devenir de la historia y el imaginario colectivo del pueblo. En los tiempos que corren, hay historias que se siguen contando en una noche de aventuras en el campo, en una fogata de scouts o en una reunión familiar cuando, por fin, el celular deja de importarnos. Trataré de rescatar uno de los personajes transversales más memorables en las diversas historias que se contaban bajo el alero de la oscuridad, una narrativa añosa que ha suscitado el terror en todas las edades durante centenas de años en Chile: “El Mandinga”, como conocemos al diablo, símbolo del sincretismo nacional.

El recorrido de este personaje y sus relatos es vasto, sus versiones variadas y sus nombres diversos. El hilo conductor es generar un genuino terror respetuoso, que raya en un miedo ancestral hacia la figura occidental del “Diablo”. La audiencia espera con ansias el cuento que, cada vez que es desarrollado, adquiere nuevas formas de imaginación y proyección. En ese sentido, el Mandinga se adapta a cada generación, siendo un hijo legítimo de la improvisación y la creatividad. Cada cual lo vuelve a narrar a su manera y añade nuevas características, pasando a ser un tanto volátil, pero con un tronco sustancial unificador en la historia.

El origen del diablo en las narraciones coloniales: Lautaro (Leftraru) y el intruso Valdivia.

La figura del diablo la trajeron los españoles en su relato si miramos la idea desde una óptica cristiana occidental. No obstante, los indígenas locales de Chile poseían un concepto similar. Por ejemplo, los mapuches tienen al Wekufe, que no es idéntico al diablo de las religiones cristianas, pero representa el espíritu maligno. Así también, en el inframundo Inca habitaba el Supay, quien representa una dualidad cercana a una vaga idea del cachudo. El sincretismo de las versiones demoníacas va quedando plasmado en referencias cotidianas como la cueva del diablo en el Toyo —con su famosa pata del diablo— o el camino del diablo en Pañaflor entre otras.

Supay, el señor del inframundo incasico. Imagen Facebook Cultura Prehispanica

Pero vamos al grano: el primer testimonio oral sobre el demonio en la zona central tiene su origen en lo que hoy es la Quinta Región del país. Luego del fracasado intento de derrocar a Pedro de Valdivia por cuenta de Antonio de Pastrana —sí, siempre ha habido disputas civiles en Chile—, el conquistador fue elegido gobernador del Reino de Chile. Al poco andar, Michimalonko se amotinó a las afueras de Santiago; Valdivia realizó una expedición que lo llevó hasta el estero Marga-Marga, lugar donde se enfrentó a los indígenas, provocando más de dos mil muertes. Desafortunadamente, el gran cacique del valle de Aconcagua fue reducido a prisión. Hasta acá podemos apreciar la crónica más o menos oficial; sin embargo, Michimalonko ofreció un rescate en oro a cambio de su libertad. Esta acción concitó la atención de las huestes de Valdivia quienes, ávidos como ellos mismos, aceptaron el trueque.

Michimalonko —según nos relata Mariño de Lovera— les mostró a los españoles el secreto mejor guardado de aquel entonces: “los lavaderos de oro de Marga-Marga”, lugar donde forjaban el oro que era enviado al Incario andino.

El regocijo de ver oro en sus bolsas no tenía parangón en los españoles, que a esas alturas veían el hallazgo del oro como un mito. Ahora sí tenían las minas a su disposición, pensaban frotándose las manos. Luego de quince días de trabajos forzosos fue pagado el rescate; Valdivia liberó a Michimalonko y a cambio se quedó con los lavaderos. Valdivia hizo una extracción personal conocida como “El tesoro del gobernador”. Conocedor de la avaricia de sus capitanes de conquista, entre ellos su amigo Alonso de Monroy, el primer gobernador de Chile, llenó unos baúles de oro y los mandó a esconder, ya que, por supuesto, lo corría la misma sed de oro que los peninsulares.

La caravana de indígenas, que mediante mulas llevó el oro a una montaña, fue encomendada a un joven indígena de inteligencia perspicaz; fue nada menos que Lautaro —a la postre el libertador de Arauco— quien convenció a don Pedro que el mejor lugar para ocultar su tesoro era la cumbre del cerro Gulutrén.

Lautaro, conocedor de la geografía del sector, esperó que el cansancio jugara una mala pasada a los españoles que lo acompañaban a la cumbre del nombrado cerro. Una vez oculto el tesoro, se amotinó contra los españoles y empezó a gritar Marichiweu (Diez veces venceremos) y les dio muerte. Luego cogió sus caballos, pues era un hábil jinete, y sus pasos fueron hacia la Araucanía —Tucapel—, donde ideó la defensa y resistencia mapuche hasta lograr la muerte de Valdivia más adelante.

¿Qué pasó con el oro? Ha sido buscado por generaciones de aventureros sin hallazgos hasta ahora, pero fue el Mandinga fue quien lo encontró. Este “señor de poncho oscuro y chupalla negra” fundió completamente el mineral de la discordia para hacer pesadísimos tejos de oro y, así, se entretenía jugando a la rayuela, retumbaba el cerro en las noches y reía de regocijo para que todos lo escucharan y respetaran. Las poblaciones aledañas al cerro jamás se atrevieron a subirlo. Los habitantes del Peumo aún escuchan las risotadas del Mandinga y el temblor de los tejos en el suelo. Un sacerdote se animó a subir el cerro para poner una cruz y aquietar al demonio. El diablo se fue al infierno con el oro de Valdivia y sigue jugando a la rayuela todos los días hasta el fin del mundo.

El Mandinga en el Cajón del Maipo.

El Cajón del Maipo es un lugar con tradición. Fue, en la Colonia, la ruta lógica para llegar a Argentina. No tiene una fecha real de fundación, ya que fue habitada desde siempre, lo mismo que los cauces de su famoso río, aunque Ambrosio O’Higgins —el padre de Bernardo— fundó San José en 1792.

Por lo demás, hay tramos de la ruta del Inca; así mismo, existen canales —que aún funcionan— de la época colonial para encausar el agua. Vicuña Mackenna ideó la forma de desviar el agua desde el embalse El Yeso —Laguna Negra— hacia Santiago, cuando hubo una sequía de cinco años en que ni San Isidro tuvo piedad por la capital. Aún están los trabajos en la calle Pocuro, en Providencia, donde se ven los conductos para unir el Maipo con el Mapocho. Se sienten aún en la grandeza de las montañas andinas del Maipo las cabalgatas de los Carreras luchando por la emancipación.

Hacia el inicio del siglo pasado, cuando se comenzó a masificar el ferrocarril, los lugareños empezaron a tener contacto con Santiago y con lo que hoy es Pirque y Puente Alto. A la altura del Canelo habitaba un descendiente de esclavos de piel morena —genuino mestizo mulato— que apodaban con un curioso sobrenombre: “El Mandinga”, que, según se cuenta, había atravesado el norte del país escapando fortuitamente de una de las tantas matanzas de las oficinas salitreras en los tiempos en que pagaban con fichas y la dignidad humana importaba poco. Al ser un prófugo, encontró en las montañas del Canelo y en las cuevas del Manzano —hoy Las Torrecillas— lugares ideales para pasar desapercibido.

Según la profesora y colega Cecilia Sandana, era un hombre de trabajo, laboraba hasta el éxtasis; con todo, era buena persona y de pocas palabras. Luego de su jornada laboral, se sentaba solo debajo de un árbol cercano al río a leer un misterioso libro con signos extraños. Los habitantes supersticiosos decían que el libro trataba sobre el demonio y la historia de una tribu africana. Encontró en su soledad a su mejor amigo y compañero: un gato roñoso que salvó al borde de la muerte. Su compañero felino era huesos y piel, tenía muy mal aspecto, pero cuidándolo le dio una nueva vida; lo llamó Facundo. El gato, agradecido, le llevaba los mejores guarenes y arañas que nuestro querido Mandinga devoraba en silencio.

Este Mandinga creía en la libertad del alma y en el desdoblamiento del cuerpo, por eso, todas las noches practicaba una técnica ancestral de África donde, por medio de la meditación, alcanzaba un grado profundo de concentración, abandonando su cuerpo. Esto le permitía recuperar su libertad, que le fue arrebatada por los holandeses, siendo entregado en Valparaíso directamente a la pampa salitrera. Todos sabían que no podían molestar al Mandinga, pues cuando entraba en trance quedaba con los ojos en blanco mientras recorría el mundo; aunque siempre encontraba el camino de regreso. Si alguien lo desconcentraba, su alma quedaría perdida para siempre, vagando por el Cajón del Maipo. Cuando abandonaba su cuerpo, una parte de él se quedaba en el lugar mediante la reencarnación; a menudo se transformaba en un insecto.

Un día, cuando ya era hábil en salir de su cuerpo, demoró más de lo normal en volver. Un felino pequeño del sector del Maipo encontró al insecto y sin más lo devoró sin miramientos. A los dos días encontraron el cuerpo inerte del Mandinga; en su velorio las cosas comenzaron a moverse, pues no sabían que su espíritu vagaba. Hasta el día de hoy, siempre en una tarde tranquila se puede ver cómo se mueven algunas piedras y troncos sin aviso en los recovecos del Cajón del Maipo.

Oreste Plath. Imagen Universidad de Chile

El aporte de Oreste Plath – Geografía del mito y la leyenda chilenos.

El trabajo de Plath —nativo de Recoleta en 1907— es fundamental, pues en la práctica es un buscador de mitos y leyendas en lo largo y ancho de nuestro suelo nacional, pasando a ser su obra un patrimonio nacional atemporal.

La tradición del diablo ya era mencionada por Plath en el norte, pero más específicamente en el sector central. Por ejemplo, en las minas de Tamaya, el Mandinga se hacía pasar por minero y, en el momento menos esperado, aparecía en los socavones más oscuros y auguraba algunas desgracias. Cuando andaba con sed, se aventuraba a subir a la superficie a tomar mistela en las cocinerías de la Placilla de San José; los mozos tenían un pacto con él. Un día se hizo pasar por un barrenero corpulento y le dieron trabajo en la mina de Tamaya. Todos los días era el obrero que más oro sacaba, a condición de trabajar solo y al amparo de la oscuridad. El jefe de la mina lo acechó una noche sin luna, sin que se diera cuenta. Cuando bajó a la mina —el barrenero— se sacó la ropa y quedó al descubierto: era nada menos que un toro con los ojos rojos inyectados de sangre que, con sus largos cuernos, embestía la mina sacando el dorado mineral más puro. El jefe llevó a un cura para bendecir el lugar; el toro, al verlo, perforó la montaña y nunca más apareció.

En el sector central, uno de los temas más trabajados por Plath es “El demonio de los Andes”, que es quizás la coyuntura del mundo campesino colonial —y parte del siglo XX— cuando eran sometidos a extensas jornadas laborales bajo la figura del “peón y el inquilino”. El campesino quería la libertad, sobre todo la económica, y vender el alma al Mandinga era una opción. Por ende, el diablo transita en matorrales, riscos, esteros y cumbres de los cerros. Los campesinos lo ven como un ente leal al pueblo; entonces su voz retumba en la cordillera de los Andes en el sector central. Se apersona en un arriero, en un inquilino, en un fraile; es casi la figura del guerrillero Manuel Rodríguez y no puede ser rastreado, ya que el campo es su cómplice y los humildes habitantes del sector rural lo defienden como uno más de su bajo estrato popular. Dice Plath: “… sus acciones vagan por los campos y su astucia toma fulgor a través de la leyenda y de la anécdota. Se le quiere como guerrillero, como un fantasma, y se le llama Manuel Rodríguez” (2008).

Casi en la cumbre del cerro Talagante, con vista al río Maipo, al Mapocho y las más fértiles tierras, está la quebrada “del Mandinga” o “del Negro”, como le dicen. El demonio en forma de mulato recorre el cerro, pues tiene la misión de guardar el tesoro de una hija ilustre de esos parajes: el tesoro del entierro de Doña Javiera Carrera. ¿Quién como ella? Audaz, patriota, inteligente, valiente al servicio de la libertad. Muchos quieren el tesoro; hasta ahora nadie ha estado a la altura de enfrentarse al Mandinga de Talagante. Así también, nadie ha encontrado el tesoro de San Bruno en el Cajón del Maipo; aún están a la espera un arreo con diez cargas de plata.

El Mandinga de Alhué

Luego de siglos en que la figura del diablo va evolucionando, levantando estigmas y prejuicios en algunos grupos sociales como los esclavos y los mapuches, quienes fueron asociados a la maldad demoníaca por Pedro de Valdivia y Jerónimo de Vivar, encontramos de pronto que la mitología y la tradición popular se mezclan con la realidad. Tal fue el caso del “Diablo de Alhué”, quien, personificado en Santiago Barreta, fue juzgado por la justicia civil por brujería y actitudes demoníacas, además de estupro y abuso sexual. Fue condenado al destierro y la excomunión, aunque luego absuelto de sus delitos.

El diablo de Alhue, Plaza de Armas de Alhué. Imagen elmaipo.cl

Barreta era un comerciante que no tenía problemas con el dinero y cargaba abundante oro. Este suizo radicado en Chile se casó con una chilena —Juana Putiel— con quien tuvo cuatro hijas, además de poseer esclavos. Si bien tenía cierto estatus, su caso fue mediático porque inicialmente fue investigado por el cura del pueblo y, por ende, fue de conocimiento popular. La acusación en su contra era gravísima, pues decían que abusaba de sus hijas, lo que conllevó un juicio tendencioso que afectaba inicialmente la moral pública y familiar.

Su esposa cuenta que sus hijas aparecían con sangre en su ropa interior —dos de ellas aún no estaban en edad de menstruar—, pero, aun así, todas las evidencias apuntaban al padre, quien abusaba de sus hijas. Sin embargo, toma medidas extremas: las encierra a todas juntas y se queda en la noche custodiando a su esposo mientras ellas dormían, pero continúan amaneciendo con las prendas manchadas de sangre. Las hijas refuerzan sus testimonios de abuso en contra de su padre, aunque con un manto de inconsistencias. Doña Juana llega a la conclusión de que el diablo toma la forma de su marido para cometer las atrocidades, pues nunca lo vio entrar al cuarto de sus retoños.

En medio de un caso objetivo, el mismo sistema judicial alimenta el mito pues introduce la figura del diablo en el fallo. Además, los supuestos testigos incorporan al demonio en sus confesiones y saltan en el archivo del caso elementos populares como: “el diablo metió la cola” o “es culpa del Alhué Mapu” (el país del diablo). La evolución del testimonio de su esposa e hijas pasa a culpar al diablo de la situación de abuso, dejando de lado la dimensión humana de Santiago.

Las hijas dormían a puertas cerradas con la única llave disponible, pero el padre entraba igualmente sin hacer ruido y a la mañana siguiente la puerta seguía incorrupta. Con todo, Barreta fue acusado de violaciones reiteradas a sus hijas, sumando al testimonio de Juana Barreta de diez años: “Ser cierto haber tenido cópulas o actos carnales con su padre en tantas ocasiones que no tiene cuenta de ellas, pues desde hace tres años, según le parece, comenzó a tener esta ilicitud continuamente en ella, con tanta frecuencia que ha habido semanas en que tres veces ha tenido semejantes accesos”.

Las expertas parteras del pueblo —hoy las  matronas— examinaron por separado a las hijas de Santiago y luego de prestar juramento dijeron públicamente que las niñas eran vírgenes, alimentando aún más el mito popular. Si no existía violación física, entonces, ¿quién entraba al cuarto de las niñas sin necesidad de usar una llave? Era el diablo con su astucia. La idea de las apariciones del Mandinga fue públicamente aceptada por la iglesia y por las hijas de Barreta. La persona que entraba a poseerlas en su habitación tenía una voz gutural no humana, era el eco del diablo. Según las niñas, la única forma de parar los abusos era rezando el credo e invocando el nombre de Cristo.

El caso terminó con el retracto de la esposa de Barreta, debido a las presiones que ejercía la fiscalía por la falta de pruebas. En los días posteriores, Barreta volvió a su hogar y lo mismo hizo Juana, perdonándose ambos por los agravios debido a la creencia de que estos eran “quimeras del Diablo” para su separación. En definitiva, el asunto terminó con un único sospechoso real y creíble: Satanás (Espinoza, 2023).

Epilogo

La fascinación por el mito y la leyenda es algo genuino que nos acompaña desde el origen de la humanidad. El bien y el mal es un motor imparable en las relaciones sociales. La llegada de los españoles con una religión inédita configura un inmenso ajuste en las cosmovisiones de los pueblos ancestrales, que fruto del mestizaje – y el sincretismo – van a ir adaptando figuras tan representativas como el diablo y en nuestro caso “El mandinga”

El relato oral es una fuente importante en la historia social. La ética del ocio de aquellos tiempos era un elemento de continuidad cultural que hoy se ha ido perdiendo, pero no del todo. El hecho de que aun recordemos al Mandinga que ya lleva más de 300 años en el relato nacional es una buena señal de que la memoria si se cultiva puede perdurar. Espero finalmente que los abuelos puedan compartir una fogata con sus nietos, apagar los celulares y hablarles a las nuevas generaciones de este hombre campesino elegante con poncho negro, ojos rojos que cabalgaba en la oscuridad. Buenas noches mandinga te esperamos a las doce.

Al momento de terminar este trabajo, el Cineasta nacional Claudio Rodríguez Zúñiga está trabajando en un hermoso proyecto animado sobre el “Juicio al mandinga”. El Guion que he podido leer de forma inédita es sencillamente sorprendente y algunas de sus imágenes no hacen más que corroborar la calidad del trabajo audiovisual que esperamos con ansias poder reseñar y compartir en un futuro cercano.

*Álvaro Vogel Vallespir, es historiador, profesor y colaborador de elmaipo.cl

El Maipo

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