Para muchos, el 11 de septiembre es como una bisagra; es decir, hay un antes y un después. Pero también se mueve dentro de un profundo cambio que significó la pérdida de la democracia —por un tiempo largo— desde que se configuró el hito de la mañana del martes once en la historia medianamente reciente.
Llevar todos los sucesos dramáticos a un solo día, sin un análisis más profundo, sería hablar de un acontecimiento —el golpe— fortuito. Y claramente no lo fue: hay todo un contexto multicausal que lo explica. Ya no están los tiempos para argumentar el rojo o el blanco con posturas antagónicas y excluyentes; hay que ser más cautos y generar el trabajo de investigar un poco. Muchas veces la historia, y quienes la escriben, eluden el tema y dan como pretexto —entendible— que los hechos eran muy cercanos; por ende, no emitirían un juicio definitivo por miedo a la subjetividad, respetando de paso los ritmos de la historia, que son mucho más lentos de lo que se piensa. Por consiguiente, dejan deliberadamente el análisis a otros actores.
Pero ya han pasado 53 años. En el devenir de este medio siglo han nacido generaciones de chilenos que también tienen un punto de vista legítimo, tanto como los que vivieron aquella fatídica jornada de división nacional que aún no se cierra del todo. Para los nuevos adultos, esto se ve como algo muy pasado; los tiempos siempre serán relativos y la importancia o el olvido la dará la narrativa. ¿Cuándo se podrán cerrar las heridas? La respuesta es muy difícil de aventurar de manera precisa, ya que hay algunos pasos que aún no se han dado. Por ejemplo, el respeto a la memoria histórica o la legislación en torno a detener la apología a la violencia. Sin eso, seguirá habiendo algunas odiosidades y burlas sin sentido, como la polera de los “vuelos de la muerte” con un helicóptero lanzando cuerpos, o la divulgación de asados el mismo día 11 a modo de sarcasmo. Estas actitudes solo hieren a un sector que necesita paz y claridad, sobre todo cuando los actores principales ya están muertos o en vías de estarlo. Con ello, se sepultará para siempre el secreto de las 1162 personas que nunca más fueron halladas; conjeturar que están en el mar o en los volcanes son verdades a medias.
Luego del fin de la Segunda Guerra Mundial, aunque más precisamente en la posguerra que da inicio a la Guerra Fría, comienza la polarización que se irá fraguando en Chile hasta la coyuntura del 11 de septiembre. ¿Es necesario retroceder tanto? Sin duda, pues la animosidad no es algo que se logró en una jornada; fue una suma de factores que decantaron en el golpe. Este no fue único, ya que nuestras naciones vecinas también lo experimentaron. Con esto no le quitamos responsabilidad a la sociedad, a la clase política ni a la institucionalidad militar de la década del 70, pero ellos heredaron un clima complejo. Ahora, sobre si pudieron hacer más por mejorar al país los actores de ese momento, me inclino a que sí: faltaron voluntades, concesiones y estudiar algo de historia.
En la segunda mitad del siglo XX, e incluso un poco antes, habrá un proceso de maduración que se prolongará a los años 60 y 70. Es bien especial este punto, pues se experimentarán varias aristas específicas que confluyeron en la primavera del 73. En lo social, es un momento donde la migración a las ciudades no tiene vuelta atrás; las tasas eran evidentes y los histogramas solo eran comparables con países de África. En ese sentido, el mundo rural va quedando paulatinamente en el pasado y la gente aspira —con justicia— a mejorar su calidad de vida. Estas causas, para ellos, eran más que lícitas: eran necesarias. Pero ¿la ciudad, la clase política y la infraestructura estaban listas para ellos? No en lo absoluto. Las poblaciones callampas fueron quizás el fantasma de la cuestión social, con la salvedad de que la masa obrera estaba mejor organizada y existían algunas leyes a su favor. Con todo, este choque social va a generar un genuino descontento en la población pobre que aún le temía a la brutal represión por parte del Estado.
De forma triste, al final del viaje, mejorar la vida en la ciudad terminó siendo un portazo para la gran mayoría; solo un pequeño grupo se benefició por parte de la CORVI. Por supuesto, esto va a generar un malestar evidente. La llegada de un gobierno que presentara una mejoría en este panorama sería un avance; empero, la élite y el latifundio lo pensarán más de una vez. Es lo que encarnó Allende: mejorar las condiciones históricas de una clase siempre postergada por la vía electoral y sin armas. Estar cuatro candidaturas seguidas intentándolo es lo que causó asombro mundial. ¿Cómo terminaría la vía chilena al socialismo? Los ojos del mundo estaban puestos en este rincón de América.
Los reventones sociales, que han sido siempre transversales, surgen en las ciudades, pero se desplazan por el país y los extremos menos poblados. La revuelta de la chaucha y la batalla de Santiago implícitamente conforman la creación de la CUT. El malestar va más allá de un tema de alzas en la locomoción colectiva; el descontento apunta a un desentendimiento del Estado por las clases trabajadoras. Entonces, ¿qué responsabilidad les cabe a los poderes del Estado en la polarización social? Los trabajadores, en definitiva, van acumulando animadversión. No es solamente no tener un lugar donde vivir, o ¿creen que eran felices en una población callampa? Es también optar a un trabajo con un sueldo digno. A Clotario Blest le dieron una paliza en la Batalla de Santiago, ¿cómo se siente la masa trabajadora si golpean a uno de sus líderes históricos? Todos estos episodios van sumando desconfianzas y, así, hay otros problemas que se me han quedado en el tintero, pero que suman para esta bomba de tiempo.
Políticamente, es un periodo de tercios (izquierda, derecha y centro) que coincide con gobiernos de esos sectores: Jorge Alessandri, Eduardo Frei Montalva y Salvador Allende. Esta suerte de barómetro funcionaba solamente si el centro era capaz de dialogar, empatizar y llegar a acuerdos tanto con la izquierda como con la derecha. Por ende, el centro era fundamental, papel que cumplió acertadamente el Partido Radical, pero no tanto la Democracia Cristiana, conglomerado que ya venía fraccionado (por el MAPU y la IC). Sin embargo, Eduardo Frei —el padre— no confiaba en el proyecto socialista de Allende, aun cuando este último se comprometió a respetar la Constitución. La DC, o parte de ella, fue al final poco confiable, teniendo en cuenta que concentraba una alta votación y vastos seguidores. Por otro lado, la base militante de la DC no era de estrato popular, y repercutirá en que no estará en condiciones de aceptar la salida de su zona de confort (no eran upelientos), generando una oposición para nada colaborativa con los postulados del doctor Allende. Los estatutos de garantías fueron un cheque escrito, pero no firmado: cualquier desvío le quitaba los fondos de forma automática.
Dejando a la DC de lado, claramente la arena política estaba polarizada de forma dramática; el MIR y Patria y Libertad eran prueba de aquello y ambos no estaban subordinados a nadie. Allende nunca pudo controlarlos. Tampoco pudo aunar a su propia gente, como fue el caso con Altamirano, pero esa ya es una larga historia.
El comandante en jefe del Ejército, el general René Schneider, decidió ser obediente al poder civil tanto como al estado de derecho y respetar la Constitución haciendo gala al respeto formal; es decir, apoyaba la llegada de Allende al poder, pues había sacado la mayor cantidad de votos en un sistema democrático. Pero lo habría hecho con cualquier candidato: fue inflexible pese a la presión de Estados Unidos. A cambio, tres balazos le arrebataron la vida. Podríamos añadir el caso de Carlos Prats o el de Alberto Bachelet para hacer una analogía de lo polarizado que estaba el ambiente. EE. UU. estaba al aguaite, como se dice en términos campesinos.
Allende ni siquiera había asumido cuando la polarización ya había reventado. ¿Le dieron el beneficio de la duda acaso? Entonces, el golpe iba a ocurrir ciertamente; nadie tiene un oráculo, pero había un contexto detrás. Cuando el país del Tío Sam vio que la Alianza para el Progreso no cobraba resultados en Chile, optó por la Doctrina de Seguridad Nacional, una forma elegante para maquillar sendos golpes de Estado en Chile, Argentina, Brasil, Uruguay, Bolivia, Guatemala… Debemos añadir, además, el perverso pragmatismo de la Escuela de las Américas, cuyos manuales desclasificados son espeluznantes en cuanto a castigos y técnicas coercitivas; es tan dramático que no vale la pena repetir acá, pero queda manifiesta la brutalidad y violación sistemática a los derechos humanos. Todo lo anterior ocurrió antes de la presidencia de Allende, entonces ¿hay premeditación? ¿Era una política de la Guerra Fría? Son interrogantes que aportan a disipar que el golpe no es una responsabilidad exclusiva de un sector o de algunos personajes en particular.

Si de economía se trata, la literatura es más que extensa al respecto, y el propio gobierno de Allende en el ámbito de los números ha sido ampliamente estudiado por varios sectores, colores y economistas de Latinoamérica. Por tanto, no sería una sorpresa que el manejo económico fuera más que desafiante en la incidencia del golpe; las crisis, paros, boicot y malas decisiones así lo confirman.
Podríamos usar nuevamente la bisagra para explicar la arista económica antes, durante y después en el corto mandato del malogrado mandatario. Pese a todo, diremos a modo de síntesis que el país ya venía resentido: el ISI y el Keynesianismo estaban absolutamente agotados y no daban resultados sencillamente porque la industrialización en Chile era liviana y no pesaba. ¿Cómo cortábamos con la dependencia? ¿Qué se logró sustituir realmente?
Frei comenzó su mandato con una inflación alta (40%) y lo entregó en un 35%. No tuvo históricamente un mal reparto del PIB. Allende superó ese reparto —hoy es poco eficiente— y fue la mejor distribución de la historia; aparte, logró el incremento más alto de los sueldos a tal punto que, por primera vez, muchas familias pudieron comprar electrodomésticos. Empero, ahí viene el problema: ¿había reservas para seguir haciéndolo o solo fue la ficción de un año? Lamentablemente la inflación se disparó a cifras nunca antes vistas. Eso sí, internamente hay un cóctel de decisiones y cierres de puertas por parte de los empresarios que sería largo detallar; pero, en suma, la derecha no comulgaba con el plan Vuskovic para confiscar las industrias privadas. Por ende, respondió con paros como el de los camiones y con algunos boicots de productos. Además, instituciones importantes como las JAP no funcionaron como estaban diseñadas; es decir, entre la teoría y la práctica hubo fallos.
Como pueden ver, son muchas las aristas. No es sencillo, pero siempre podemos sacar ganancias y ver en el presente cómo nos comportamos, qué hacemos para no tropezar con el pasado. A veces, donde más duele está la enseñanza.
El golpe
Allende tenía más que claro que su gobierno no contaba con el apoyo esperado y que la situación social, económica y política estaba en un punto de inflexión. Es por eso que se reunió con Augusto Pinochet y los otros generales de las Fuerzas Armadas en su domicilio particular de Tomás Moro el día 9 de septiembre. En pocas palabras, Allende solicitaba apoyo para un plebiscito, ante lo cual Pinochet apoyó o fingió apoyar. Era, sin duda, una última carta; pero, al menos, los militares y las Fuerzas Armadas estaban enterados. En paralelo tramaban el golpe; este nuevo escenario podría haberlo dilatado. El general Carlos Prats lo encontró irrealizable, sencillamente porque estaba convencido de que el pronunciamiento militar no tardaría en llegar. Quizás Allende se aferró a sus valores republicanos y a la ilusión de contar con una asamblea constituyente, pero era muy tarde; en 1971 habría sido más plausible. Los propios partidos del sector de Allende nunca llegaron a un acuerdo; las puertas se fueron cerrando una por una y, días más tarde, la de las grandes alamedas.
La mañana del once, Chile dio un giro dramático. Decir que fue una sorpresa es una irresponsabilidad, pues hay múltiples causas que nos llevaron al quiebre. Allende trató de evitar a toda costa un golpe sangriento; su suicidio puede tener ese sentido, además de morir con la investidura legal de un mandatario.
Si la derecha pensaba que era algo momentáneo y que recobraría la magistratura, estaba equivocada: el poder quedó en una sola mano por 17 años, e incluso podría haber sido por 25 de no haber ganado la opción NO en 1988. Lo que viene después es conocido por todos: una junta inflexible, el fin de la democracia, el cierre del Congreso Nacional, el fin legal de los partidos políticos, la persecución sistemática a los opositores, torturas, asesinatos, violaciones a los derechos humanos, censura de los medios de comunicación, educación deliberadamente seleccionada y la pérdida de las libertades individuales, entre una larga lista.

El presente
Han pasado 53 años y muchas cosas han cambiado. Hoy podemos votar y manifestar nuestros pensamientos de forma libre. Algunas cosas se han mantenido e incluso profundizado, como el sistema económico neoliberal, al punto de seguir teniendo desigualdades irónicas como, por ejemplo, aranceles universitarios que cuestan dos sueldos mínimos. En contraparte, la clase política de todos los espectros sufre la peor crisis de credibilidad de la historia, con cientos de casos de corrupción, hasta el punto de pasar de ser servidores públicos a servirse de los dineros públicos. Esta situación socava la democracia, pero la igualdad ante la ley tarde en llegar.
Hay heridas que aún se mantienen abiertas y, por doloroso que sea, es el momento de comenzar a cerrarlas. Hubo momentos de entusiasmo por hacerlo, como la Mesa de Diálogo, que quedó en poco y nada. La memoria histórica puede dividir y no sumar; la idea de enseñar las repercusiones del golpe no tiene un afán ideológico, tiene un sentido pedagógico para que los nuevos adultos sean juiciosos, empáticos y con una altura ética donde solo prime la democracia. Debemos dejar de lado las trincheras y tonalidades políticas, y velar por un cierre justo en memoria de los cientos de vidas que se cortaron de cuajo y de las muchas que se vieron fracturadas. Este 11 es el momento de hacer un alto en el ajetreo, de visualizar qué Chile queremos, pero también de no olvidar el pasado, no con un ánimo de revancha, sino más bien como un “nunca más perderemos el rumbo”.
*Álvaro Vogel Vallespir, historiador y profesor, colaborador permanente del elmaipo.cl
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