De la revuelta de la Chaucha a la huelga de la Maestranza de Bernardo. Por Álvaro Vogel Vallespir

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Muchos cometemos el error de tener una concepción centralista más arraigada de lo que creemos hasta el punto de carecer de contrapesos que nos imposibilitan advertir los contextos históricos y la sociabilidad más allá de las grandes ciudades.

Los movimientos sociales que marcaron una efervescencia pasaron a ser finalmente transversales y, si bien sus orígenes pueden estar en la capital o en ciudades regionales importantes, sus repercusiones involucran a todos por igual. Muchas veces, en los lugares más apartados del protagonismo, hay grandes lecciones de historia; por cierto, se pueden sentar los precedentes para advertir problemas que la gran ciudad no suele ver con claridad.

Partiremos por un tema general de la capital, la revuelta de la Chaucha, que se expandió a las periferias y dejó esquirlas por más de una década. Con todo, concluiremos en un tema particular, como lo fue la huelga de la Maestranza de San Bernardo, que está íntimamente unida con la batalla de Santiago.

La revuelta de la Chaucha es un legítimo descontento popular y mesocrático ocurrido a mediados del siglo XX, los trabajadores ya poseían una mentalidad y conciencia política muy definidas en comparación con el pasado. La creación de la CUT no hace más que reafirmar estas nuevas tendencias sociales que van a marcar un cambio a mitad del siglo pasado y se sentaran las bases de una democratización nunca antes vista en chile y con perspectiva de género.

La Maestranza fue, en un largo trecho del siglo pasado el punto neurálgico por excelencia donde se tejía la vida cotidiana de cientos de familias en las afueras del núcleo central de Santiago que cada vez se expandía sin mayor planificación.

Revuelta de la Chaucha-1949 Archivo.

La revuelta de la Chaucha

La revuelta no fue inédita; hubo otros episodios de revoluciones sociales que marcaron a generaciones completas de chilenos. Por ejemplo, la huelga de la carne, en octubre de 1905, que se produce por un alza del impuesto a la carne que, colateralmente, mermará el poder adquisitivo de las clases populares, quienes no pudieron seguir comprando esta proteína. Irónicamente, favoreció a los productores de ganado, todo esto en medio de la Cuestión Social. La señal no podría haber sido más inequívoca. El saqueo, incendio y posteriores protestas de Valparaíso en 1903 fueron un verdadero estallido social, donde se advierte el malestar frente a la explotación laboral, el alza de la vida, la pobreza extrema y el desacuerdo con la corrupción administrativa.

Los desenlaces de ambas cuestiones fueron idénticos: represión y muerte. ¿Soluciones? Nada aún. Por lo tanto, las manifestaciones de comienzos de siglo, en comparación con las de mediados de siglo, tienen un mismo fin: visualizar las precariedades de la vida. Lo que cambia es la conciencia y la evolución política de las clases y el compromiso del Estado por solucionarlas conforme avanza el tiempo. En ese sentido, hay algunas leyes a favor de la clase obrera.

He tenido algunas veces unas chauchas en mis manos; se trata de una diminuta pieza de cobre de 20 centavos. En la cara de esta moneda sale de perfil nuestro Padre de la Patria y, en el sello, una rama con copihues, con el veinte de su insignificante valor. Pero dinero, al fin y al cabo, con el cual nuestros abuelos y bisabuelos podían adquirir fósforos y chicles sueltos en los quioscos, antes de que la inflación la inutilizara para siempre.

Para los habitantes de la primera mitad del siglo XX, esta pequeña moneda era una fortuna necesaria para cancelar parte del pasaje de la locomoción colectiva, cada vez más difícil de adquirir por el alza de la vida y la escasez del petróleo de la segunda posguerra. Los aires de la Guerra Fría se hacían sentir en Latinoamérica. Para el año de la revuelta, Chile tenía casi nueve millones de habitantes y gobernaba el último de los presidentes de la tienda radical, “El pueblo te llama Gabriel”. Sin embargo, Videla tenía al país sumido en una inflación compleja, pese a los esfuerzos de implementar la CORFO y la ISI en el Estado de bienestar.

En lo político, el Partido Comunista estaba en la ilegalidad, pues había sufrido el rigor de la Ley Maldita, que le generó al gobierno un rechazo importante. En agosto, los vaivenes de la economía mundial influyeron en el aumento del valor del barril de combustible, que dejó sin opción al gremio de los transportistas, quienes aplicaron el alza de los pasajes en 20 centavos —una chaucha— para el boleto diurno y dos chauchas —40 centavos— en el pasaje nocturno, que era bastante frecuentado. Además, los habitantes de las periferias y comunas aledañas debían siempre combinar dos o tres micros para llegar a sus hogares o sus lugares de trabajo.

Los más afectados fueron los pobres, quienes estaban representados por tres segmentos específicos: los alumnos de los liceos durante el día, los obreros durante la noche y parte de la clase media emergente. Sin embargo, los primeros en salir a la calle a manifestarse fueron los estudiantes de la Universidad de Chile y, de forma paralela, forzaron un paro estudiantil como medida de apoyo y repudio frente a la violenta represión, que causó decenas de heridos e incluso muertos.

“¡Ni un veinte más para los millonarios autobuseros!”, gritaban los manifestantes a voz de cuello, a propósito del poderoso gremio del transporte, que manejaba las tres cuartas partes de la locomoción colectiva. El gobierno pensaba que, luego del fin de semana, se habían calmado los ánimos, pero ¡qué equivocados estaban! La masa popular salió a las calles el martes 16 y el miércoles 17, atacando la locomoción colectiva y enfrentándose a los carabineros.

Lo que fue una protesta por el alza pasó a ser un fenómeno revolucionario contra variadas injusticias que se expandió más allá de la ciudad misma. Tal como en el 2019, el alza destapó un sinfín de problemas con los cuales cargaban las clases populares. La muchedumbre dio vuelta los micros, apedreó edificios de la elite y dañó los tranvías. En palabras del novelista y dramaturgo francés Albert Camus, el centro de Santiago vivió un terremoto.

Para el historiador Simón Castillo, “La huelga de la chaucha refleja muy bien una situación de agotamiento y cansancio de parte de la población santiaguina respecto a la carencia de muchos servicios básicos”. El saldo, esta vez, fue de más de una veintena de muertos y el descrédito del presidente Gabriel González Videla. Esta revuelta fue la gota que rebalsó el vaso en varios ámbitos que generaron un golpe al Poder Ejecutivo, que, ante la gravedad del malestar, tuvo que cerrar las puertas de La Moneda y la Intendencia de Santiago.

La represión no fue solamente una respuesta de castigo físico; además, el ministro de Educación prometió cancelar las matrículas a los liceanos que no fueran a clases. El presidente solicitó facultades extraordinarias y pidió al Ejército salir de los cuarteles. El pueblo resistió y, en la mañana del 18 de octubre, el presidente Videla anunció que el alza quedaba sin efecto y, aún más, rebajó el pasaje escolar.

Maestranza de San Bernardo. Archivo

Del 18 chico a la Huelga de la Maestranza de San Bernardo

San Bernardo era una suerte de satélite del centralismo santiaguino, un lugar de descanso y recreo para la élite. No obstante, no siempre lo fue, ya que antes de la canalización del río Maipo era un sitio más bien agreste. Sin embargo, la creación de la Maestranza como taller de reparaciones y confección de repuestos para FF. CC. generó, a la postre, un imán atractivo para los trabajadores con sus familias y el levantamiento de nuevas poblaciones. Puede que hoy parte de estos espacios donde se levantaba la Maestranza hayan sido borrados físicamente con la demolición de gran parte de su inmueble y terrenos adyacentes. Empero, la memoria colectiva ha retenido parte de sus historias y aún sigue siendo un conjunto de vivencias unificadoras. La comunidad obrera y sus familias han sido los verdaderos historiadores en pos del rescate del pasado.

No pretendo contar la historia de la Maestranza, solo usarla —de momento— como una analogía para advertir que, en medio de sus faenas y de la cotidianidad de un sector de la sociedad, se veía reflejado el Chile de nuestros abuelos. Tampoco nos referiremos en esta oportunidad a las poblaciones prehispánicas que tienen una data de 10.000 años de antigüedad.

La Maestranza tiene un pasado glorioso, ya que fue un centro de atracción laboral y pedagógico para los estudiantes de mecánica y matrices. Se hacía realidad, en parte, la Industrialización Sustitutiva de Importaciones. Por allá estuvo el presidente radical Juan Antonio Ríos en 1942, cuando se inauguró la primera locomotora hecha genuinamente en San Bernardo, agradeciendo a los obreros de la comuna como un ejemplo de eficiencia, lo cual hacía mucho sentido a un presidente pragmático que, a toda costa, quería visualizar la CORFO. Lamentablemente, su gobierno no culminó a tiempo: Juan Antonio murió de cáncer.

Con la Maestranza comenzó una incipiente migración que culminará con los emplazamientos de poblaciones obreras, inicialmente para el personal de las faenas. En definitiva, esta suerte de inquilinaje fue apoyada por el León de Tarapacá, quien puso la piedra inicial en la primera población obrera, que fue en parte construida por los propios trabajadores de la Maestranza en sus ratos libres para abaratar costos.

Con el tiempo se levanta una segunda población, “Balmaceda”, y luego, en el sector de Cerro Negro, una tercera, “El Mirador”, y finalmente otra en el sector “Ernesto Merino”. En síntesis, el nuevo núcleo proletario estaba germinando; había diversas villas, ciertamente.

¿Y el Dieciocho Chico?

Esta celebración tiene su origen netamente en esta Maestranza, producto de las malas relaciones laborales en algunas oportunidades, cuando había negociaciones colectivas. Los pagos exiguos y, en ocasiones, la ausencia de sueldos y de los aguinaldos “del 18” —sobre todo en época de huelga— impedían a las familias de los obreros celebrar las Fiestas Patrias.

En un momento dado del siglo, un grupo de obreros decidió postergar los festejos hasta fin de mes para esperar el pago. Quedó la tradición de celebrar, el primer sábado de octubre, las ramadas aplazadas de septiembre y recuperar la algarabía a más no poder en este Dieciocho Chico en San Bernardo.

Una de las huelgas más recordadas fue la de 1957, que se unía a la batalla de Santiago entre el 1 y 2 de abril, que dejaría un saldo importante de muertos y el descrédito del Gobierno del “General de la Esperanza”. La clase obrera, además de la mesocracia, no resistió el congelamiento de sus sueldos y otra alza más de la locomoción colectiva. Las protestas llegarían hasta Valparaíso. Al final, perdieron la vida 16 personas y 5.000 quedaron heridas.

Epílogo

El 2 de abril, San Bernardo fue el ojo del huracán. Detener las faenas de la Maestranza no era un acto menor; por lo demás, avanzaban por Gran Avenida los obreros hacia la gran marcha que ocurría en Santiago. Casi al atardecer, varias micros ardían en el centro de la capital. La refriega había durado un par de días y aún estaba en la retina la golpiza recibida por Clotario Blest, no hacía mucho, en la calle Mc – Iver.

Esa misma noche, Ibáñez del Campo decretaba estado de sitio y toque de queda. Momentos después, Ibáñez añadía: “Tienen las armas que necesitan para ello: fusiles, ametralladoras y cañones”, y así, con ellas, “poner fin a la obra vandálica de los malvados que pretenden producir el caos y la anarquía”. Finalmente, el gobierno debió congelar el alza de los pasajes.

El golpe de gracia de ese fatídico año fue entre agosto y septiembre, debido a una pandemia de influenza que cobró unas 20.000 víctimas a nivel nacional.

En la Maestranza también se materializó el terror de la dictadura en 1973: 11 trabajadores fueron detenidos y enviados al cerro Chena, donde fueron fusilados. Sin embargo, esta historia la dejaremos pendiente para otra oportunidad.

*Álvaro Vogel Vallespir, historiador y profesor, colaborador permanente del elmaipo.cl

El Maipo

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