Preliminares necesarios
Hay edificaciones patrimoniales —en los rincones de San José— que van acumulando años; sin embargo, en la magnitud de sus muros y pasillos nos van contando historias del pasado. Hoy nos detendremos en la milenaria enfermedad de la tuberculosis y en su relación con San José de Maipo como un lugar especial para el control de tal dolencia, debido a sus buenos aires y límpidos cielos, haciendo acaso una analogía con el famoso libro La montaña mágica, del premio nobel de literatura Thomas Mann.
Esta enfermedad está lejos de ser erradicada —e incluso gana terreno—, pero ya no acapara la atención como antaño ni está asociada a la marginalidad como solía estarlo. En la segunda parte de este artículo habrá un homenaje tan pequeño como necesario a Don Tinto, para muchos uno de los mejores presidentes de nuestra historia, quien falleció en medio de su mandato producto de la tuberculosis. Como ven, esta dolencia no perdonó a ningún estrato de la sociedad.
Posiblemente, en más de una oportunidad, hemos escuchado o leído alguna mención histórica sobre la tuberculosis como una temible enfermedad asociada a la pobreza, a la «cuestión social» o comúnmente a la desesperanza, contextualizada temporalmente a fines del siglo XIX y comienzos del XX. Esta enfermedad ha cobrado no pocas vidas a lo largo de la historia. Hoy se registran un poco más de dos mil casos anuales en nuestro país, para una población cercana a los veinte millones de habitantes. Esta antigua dolencia al parecer no podrá ser extirpada, ya que presenta una gran resistencia en sus cepas, lo que indica que nos seguirá acompañando a lo largo del tiempo. Para la elaboración técnica de este trabajo recibí las orientaciones de los médicos Erich Mühlhausen Muñoz (pediatra) y Fernando Lopetegui Cáceres (radiólogo), a quienes agradezco su sabiduría, pero aún más su compromiso diario con sus pacientes, siendo artífices éticos del juramento hipocrático.
La tuberculosis como enfermedad es tanto o más antigua que las primeras polis mesopotámicas de la zona indoeuropea. Por ejemplo, en tiempos de Moisés (1400 a. C.), podemos apreciar tras la lectura de la Biblia que esta dolencia ya tenía una connotación profundamente negativa. Empero, algunos arqueólogos de las culturas andinas de América del Sur han encontrado muestras de la enfermedad en los restos óseos (columna vertebral) de algunas momias bien conservadas. Estos hallazgos no dan espacio a las especulaciones. Con estas pesquisas, el debate se centra en cuándo y en qué lugar del globo se originó la “tisis”. Al ser estos cuerpos momificados más antiguos que la llegada de los europeos a tierras americanas, podemos conjeturar que esta bacteria pudo transitar desde Asia por el estrecho de Bering siguiendo la lógica del poblamiento americano, o viceversa.

Era un hecho que la tuberculosis fue común en la era colonial del Reino de Chile; sin embargo, no fue una epidemia en aquel entonces, ya que la población era en su gran mayoría campesina y no existían núcleos urbanos masivos. En realidad, al inicio de la emancipación y promediando el comienzo de la era del salitre —salvo excepciones en algunas ciudades—, Chile era socialmente un país sin mayores cambios si lo comparamos con la vida colonial. En síntesis, fue una nación pobre, mayoritariamente rural y dispersa a lo largo del territorio. Las estructuras de poder estaban circunscritas en torno a los latifundios, con relaciones no escritas pero aceptadas entre el patrón, los inquilinos y, con peor suerte, los peones. Una analogía perfecta de lo que pasaba sería trasladar todo este contexto al sistema feudal europeo de fines de la Edad Media.
Una vez consolidada la Independencia, y cuando los sectores de poder evolucionaron formando los primeros partidos políticos con tímidas bases filosóficas, la nueva preocupación fue dotar a Chile de una economía consistente. El sistema adoptado por liberales y conservadores, sin contrapeso, fue el liberalismo económico que se acomodaba perfectamente a sus aspiraciones y estilos de vida. Por cierto, todo se sustentó en las materias primas —como hoy lo son el litio y el cobre— y, dados nuestros poco más de 4000 kilómetros de cordillera, la actividad minera concentró todo el esfuerzo nacional. Por ende, la población procedió a reunirse en torno a las nacientes urbes, y con ello se propagaron las enfermedades, la falta de higiene y la falta de educación sanitaria; así lo podemos advertir en este breve párrafo del historiador Cristián Gazmuri: «El agua se sacaba a veces de una noria, pero frecuentemente de una acequia donde más arriba había un compadre defecando y otro orinando… entre los sectores urbanos bajos la higiene era muy precaria… en los campos se seguía practicando medicina artesanal con resultados precarios y esto valía para todos…» (Gazmuri, 2012).
El Sanatorio Laennec de San José de Maipo
En la segunda mitad del siglo XIX, con el advenimiento de la industrialización y las primeras migraciones a los núcleos urbanos, estas nuevas poblaciones sin orden arquitectónico ni planificación territorial tuvieron un mismo denominador común dondequiera que iban surgiendo a lo largo de Chile: “el hacinamiento”. San José ya era a fines del siglo finisecular una comuna más bien consolidada y era cuestión de tiempo que esta enfermedad se propagara por doquier; sin embargo, la calidad del aire y los buenos vientos hicieron de este rincón encajonado en medio de preciosas montañas un lugar ideal para la creación de «dispensarios y ligas antituberculosas», siendo una de las primeras del país.
El 31 de agosto de 1869 se inauguró la Sociedad Médica de Santiago; su fundador y primer presidente fue el doctor Sandalio Letelier. Este médico, en 1880, publicó en la Revista Médica de Chile un artículo sobre San José de Maipo y las bondades de su aire seco, el cual podría ayudar a la creación de un centro de atención respiratoria.
El ferrocarril, como ya lo mencionamos anteriormente, aún no funcionaba, por lo que llegar a San José constituía una tarea algo compleja: en carruajes de tracción animal – de sangre – o a caballo se tardaban unas cinco horas desde Santiago. Aun así, varios doctores enviaban a sus pacientes a San José para registrar observaciones y poder argumentar la importancia de construir centros de salud en esos parajes. El doctor José Grossi publicó en la Revista Médica (1884) el historial de sus pacientes que fueron mejorando. El primer intento de un centro hizo eco de inmediato y fue en El Alfalfal, pero su baja demanda y la dificultad para llegar ocasionaron que cerrara sus puertas en 1889. Sin embargo, en 1884 se levantó en pleno centro de San José el Hotel Francia, que sería a la postre la sede del sanatorio.
Luego de que el edificio del hotel fuera traspasado a la Caja del Seguro Obrero, el doctor Bernardino Vega propuso con éxito que un ala del antaño hotel fuera usada y refaccionada como centro de atención gratuita para pacientes tuberculosos y de otras afecciones. Cuando esto ocurrió, entre 1920 y 1926, morían en Chile al menos 11 000 personas al año; la «peste blanca» en Santiago y sus alrededores cobraba 5 000 vidas, y antes de ser controlada provocó la muerte de unas 400.000 personas en total. En 1932, el establecimiento pasó a llamarse Sanatorio Laennec, en homenaje al médico tisiólogo francés René Laennec. Dos años más tarde, la totalidad del hotel pasó a ser propiedad de la Caja del Seguro Obrero y se utilizó por completo para paliar la dolencia, que era ya una epidemia.
Carlos Ibáñez del Campo creó el Servicio Nacional de Salud en 1952; por consiguiente, este sanatorio pasó a formar parte de tal servicio dentro de las políticas del Estado asistencialista en la época del keynesianismo en Chile. Con todo, entre 1978 y 1979 cerró sus puertas. En el año 2002 fue declarado Monumento Histórico Nacional; por sus pasillos aún retumban historias de superación y de avances en los campos de la medicina.
Casa de Salud de Mujeres Carolina Doursther
Esta casa es la parte original de la primera edificación del actual complejo hospitalario de San José de Maipo. ¿Pero cómo llegó a formar parte de dicho complejo? A mediados del siglo XIX, Carolina Doursther, para tratar su enfermedad pulmonar, mandó a construir una gran casona en la parte alta de San José. Afortunadamente para ella, logró superar con éxito su dolencia y, a modo de agradecimiento, le encargó a su hijo Juan Enrique Tocornal que donara la casa a la beneficencia, específicamente para el área de la salud. En 1911 se formalizó ante notario la escritura pública y se transformó en el primer centro de atención para enfermos de tuberculosis de San José. Ya con el ferrocarril en marcha, era cuestión de tiempo para que este centro pasara a ser un aporte sustancial para la sociedad.
La casa contaba con todas las comodidades; sin embargo, sufrió un grave incendio y, posteriormente, la demolición de su tercer piso tras el terremoto de 1958. Con epicentro en Las Melosas, este sismo causó un gran daño a la infraestructura general de la cuenca del río Maipo, en especial a sus vías férreas, puentes y caminos. En el caso de esta casona, el tercer piso nunca más se volvió a levantar; la fatídica jornada del 4 de septiembre ha quedado grabada en la memoria de sus habitantes.

La mayoría de los testimonios de los ex enfermos que pasaron alguna temporada entre aquellas paredes son de alegría y optimismo: fueron cuidados con esmero, bien tratados y superaron sus dolencias en medio de un entorno de naturaleza y amabilidad que es el orgullo de los habitantes de San José.
Tiempo después, la administración del edificio pasó a manos del Servicio de Salud Metropolitano Sur Oriente. Gracias a su inmenso valor para vastas generaciones de pacientes, a su hermosa planta arquitectónica y a su importancia científica para la medicina chilena, el recinto fue declarado oficialmente Monumento Histórico, en la subcategoría de Equipamiento Hospitalario o de Asistencia, el 24 de agosto de 2004.
Homenaje a Pedro Aguirre Cerda. Murió de tuberculosis el 25 de noviembre de 1941
«El presidente de los pobres» murió en pleno mandato producto de la peste blanca tras quince días de agonía; estaba por realizar una visita a Temuco cuando comenzó a decaer. Retrocedamos un tanto: antes de ser electo como primer magistrado, el candidato llamado a ganar las elecciones de 1938 era el «mago de la economía», ministro de Hacienda del León de Tarapacá, Gustavo Ross, quien logró un repunte económico considerable luego de la fatal crisis del «jueves negro», que dejó a Chile como el segundo país más afectado del globo. Tan traumático fue el declive de la economía que el presidente Carlos Ibáñez del Campo terminó renunciando en un primer gobierno lleno de polémicas y, para muchos, una dictadura legal. Sin embargo, el segundo periodo de Alessandri culminó con una carga moral enorme a sus espaldas: la «matanza del Seguro Obrero», dejando a Ross sin opciones electorales y marcando el fin de la Era Alessandrista.
Con el advenimiento de la mesocracia, no existía un partido político capaz de concentrar el poder ni menos los votos; por ende, las alianzas —tal como hoy— estaban a la orden del día. El Frente Popular, en definitiva, apoyó a quien fue a la postre el presidente más representativo de la clase media chilena: un profesor de lenguaje de enseñanza básica y secundaria, de estatura baja, con rasgos sencillos, envuelto en un aura de sabiduría por excelencia, tolerante, gentil, masón y miembro del conglomerado radical.
«Gobernar es educar», pregonaba Aguirre Cerda usando la frase de su maestro Valentín Letelier. Haciendo eco de este eslogan, concentró sus mayores esfuerzos en la educación del pueblo, pues pensaba que la gente podría vivir mejor si lograba un mayor acceso a una enseñanza de calidad. Edificó unas 500 escuelas, el nivel de matrículas aumentó en 60 000 nuevos alumnos, y mantuvo una estrecha amistad con Gabriela Mistral, con quien consultaba temas educativos. Finalmente, formuló el proyecto de ley para el Premio Nacional de Literatura.
«Don Tinto» (apodo debido a sus viñas) tenía una cercanía entrañable con el pueblo, que comprendió su discurso pedagógicamente sencillo, llenando el frontis del Palacio de La Moneda cada vez que se dirigía a la nación. Dentro del círculo político dio cátedra de lealtad y franqueza en todos los cargos que le tocó asumir.
Al ser diagnosticado de tuberculosis, asumió su realidad en silencio; pocos se enteraron y, al morir, dejó su última enseñanza: «TRABAJAR». Luego de su deceso, su esposa preparó un velorio masivo que se difundió en minutos por las radioemisoras de la época. En su traslado al Congreso fue escoltado por 12 compañías de bomberos, quienes junto con los marinos repletaron la calle Morandé. Tras varias cuadras de cortejo mortuorio venían grupos de personas con 125 coronas de flores… Una muchedumbre innumerable guardó un silencio marcial mientras pasaba la cureña con sus restos.
En la década en que nos dejó don Pedro, fallecían por tisis unas 11 400 personas en promedio al año. Su cónyuge, Juana Aguirre Luco, le manifestó a Lucila Godoy —amiga de la familia y consejera— que «murió sin sufrimiento físico, pese a que todos los esfuerzos de la ciencia fueron inútiles». La tuberculosis cobró la vida de cientos de chilenos anónimos. Sin embargo, tras cada individuo común hay una historia que puede llegar a ser potencialmente parte del imaginario colectivo. La historia oficial, política y tradicional no siempre sirve para otorgar un contexto específico. Los miles de obreros muertos en las salitreras por tuberculosis, los inquilinos que llegaban exhaustos luego de una eterna jornada laboral a una pieza sin ventilación y sin atención médica, fueron víctimas no solamente de la enfermedad; fueron también perjudicados por un Estado carente de leyes laborales y con ausencia inicial en materias de salud pública, sumido en un parlamentarismo obstinado que se dejó dormir en el sopor de la indolencia. No obstante, ese mismo Estado daría un vuelco en temas sociales desde Alessandri hasta nuestros días, aun cuando falta mucho por hacer en el presente.
Consagramos esta columna a los cientos de médicos anónimos en conjunto con las enfermeras y el personal de salud que han luchado sin claudicar por los enfermos del país durante la última pandemia. Dedicamos también estas líneas a la memoria del profesor Pedro Aguirre Cerda, expresidente de Chile, por apoyar algo tan esencial como lo fue y sigue siendo la educación —que esperamos sea en un futuro totalmente gratuita y de calidad— y, por supuesto, a los habitantes de ese maravilloso poblado que de pronto nos traslada al pasado: San José de Maipo.
*Álvaro Vogel Vallespir, historiador y profesor, colaborador permanente del elmaipo.cl
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