Maya: seis siglos de historia desentrañados en la piedra

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El 16 de enero del año 378, un forastero llegó a Tikal, una de las grandes capitales del mundo maya. Los escribas dejaron constancia con un verbo que aún puede leerse: huliiy, “él llegó aquí”. Ese mismo día murió el rey de la ciudad, y poco después un niño que apenas sabía caminar ocupaba el trono, enviado desde mil doscientos kilómetros de distancia por un soberano de Teotihuacán. El episodio, con nombres, fecha exacta y protagonistas identificados, permaneció esculpido a la vista de todos durante más de mil años. Nadie sabía leerlo, hasta que alguien aprendió.

Ese alguien fue David Stuart, considerado el epigrafista maya más relevante de la actualidad. Niño prodigio nacido en Washington en 1965, hijo de dos especialistas en el mundo maya, leía monografías académicas a los diez años, publicó sus primeras contribuciones al desciframiento de los glifos a los trece y a los dieciocho se convirtió en el receptor más joven de la beca MacArthur. Ahora presenta en español Los cuatro cielos (Crítica), el libro que sintetiza toda una vida de trabajo.

El subtítulo de la obra promete una nueva historia de la civilización maya, y Stuart precisa en qué consiste esa novedad: no se trata de reinterpretar un relato ya conocido, sino de recuperar personas, lugares y episodios que hasta hace poco estaban ausentes de las grandes narrativas sobre la Antigüedad. El resultado es la crónica escrita más antigua de todo el continente americano, con un arranque hacia el siglo II que coincide cronológicamente con el esplendor de la Roma imperial y la China de la dinastía Han.

De ahí surge una de las afirmaciones más llamativas del libro: el grado de detalle que ofrecen las fuentes mayas sobre su propia geopolítica, hacia el año 800, supera en muchos casos lo que se sabe de ciertas regiones de la Europa altomedieval en la misma época. Las inscripciones permiten fechar con precisión de días la muerte de un rey, su entierro y la entronización de su sucesor, un nivel de exactitud que en la historia antigua resulta excepcional.

El camino hacia el desciframiento

Comprender la lengua maya fue un proceso tan lento como paradójico. El obispo Diego de Landa, responsable de quemar numerosos libros jeroglíficos en el siglo XVI, dejó sin saberlo una pista decisiva: al pedir a un informante indígena que escribiera la palabra “agua”, obtuvo en realidad una frase completa de resistencia. A partir de ahí, generaciones de investigadores fueron sumando piezas: el alemán Ernst Förstemann reconstruyó el calendario maya a finales del siglo XIX; el ruso Yuri Knórosov propuso en 1952 que los glifos eran signos fonéticos; ese mismo año, en Palenque, se descubrió la tumba del rey K’inich Janaab’ Pakal, el primer individuo histórico identificado en una inscripción maya; y en 1960 Tatiana Proskouriakoff demostró que las estelas registraban nacimientos, ascensos y muertes de reyes reales.

Ese trabajo acumulado desmontó la vieja idea de que los textos mayas carecían de contenido histórico. En las décadas de 1980 y 1990 llegó lo que se conoce como la edad de oro del desciframiento: se pasó de entender apenas un tercio de las inscripciones a comprender alrededor del 80 por ciento.

Un mundo dividido en cuatro direcciones

El título del libro remite a una idea central de la cosmovisión maya: chante’chan, “cuatro cielos”, porque en su lengua la palabra para “cuatro” y la palabra para “cielo” coinciden. Desde el siglo VII, distintos reyes situados en los puntos cardinales del territorio maya empezaron a presentarse como representantes de las deidades de la lluvia en cada dirección, una estructura simbólica que daba coherencia a un mundo políticamente fragmentado.

Stuart propone leer el periodo Clásico maya no como un mosaico de historias locales, sino como un único conflicto de familias entrelazadas por matrimonios y rivalidades, con un eje central en la pugna entre la dinastía de Tikal y la de Calakmul. La intervención de Teotihuacán en el año 378 dejó una marca duradera: siglos después de que esa ciudad desapareciera, los reyes mayas seguían invocando su prestigio a través de la vestimenta y la simbología guerrera.

Esplendor y violencia

El refinamiento artístico y la violencia convivieron en el mundo maya clásico. En el año 801, en Bonampak, se decoró un edificio con pinturas murales que hoy se cuentan entre las cumbres del arte antiguo: escenas de danza y música conviven con representaciones de batallas y de prisioneros ensangrentados ante el trono. Por esos años aparece un nuevo título honorífico para los gobernantes, vinculado al número de cautivos capturados, y las inscripciones de distintas ciudades registran un aumento notable de los conflictos bélicos. En Cancuén se hallaron los restos de varias decenas de personas arrojadas a una cisterna en un único episodio violento, y el palacio de la ciudad fue clausurado deliberadamente poco después.

Las raíces del llamado colapso

Detrás de la violencia había presiones estructurales. La población había crecido de forma extraordinaria en algunas ciudades, y el agua, recurso ya escaso, se volvió además peligrosa: en los embalses de Tikal se han detectado niveles tóxicos de mercurio y cianobacterias, resultado de la contaminación generada por los propios pigmentos con los que se decoraban los templos.

Stuart cuestiona, sin embargo, el término “colapso”. Lo que ocurrió fue el final relativamente rápido del sistema de cortes reales del periodo Clásico, con un abandono escalonado de las grandes ciudades en menos de un siglo, pero no la desaparición del pueblo maya. La población común tuvo más capacidad de adaptarse y trasladarse, en una lógica de “impermanencia persistente” que se repite a lo largo de toda la historia maya: ciudades que florecen, se agotan y se abandonan, y comunidades que vuelven a fundarse en otro lugar.

Frente al mito de una civilización desaparecida, Stuart recuerda un dato que pone en perspectiva todo el relato: hoy existen cerca de cinco millones de hablantes de lenguas mayas. La gente que construyó aquellas ciudades nunca dejó de tener descendientes, solo dejó, durante un tiempo, de tener quien leyera su historia en la piedra.

*Publicación originada del artículo realizado por Daniel Arjona para elmundo.es

El Maipo

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