Miércoles, Mayo 29, 2024

Los singulares dinosaurios chilenos

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Perdidos en la oscuridad del tiempo por causas indeterminadas, quizás catástrofes o involución natural, los gigantescos reptiles que poblaron un día el mundo dejaron huellas para comprobar su existencia y Chile no es una excepción.

Esas criaturas están englobadas en el término “dinosaurio” que significa lagarto o reptil terrible, atribuido al anatomista inglés Richard Owen, quien lo enunció por primera ocasión en 1841, si bien se trata de géneros y familias con grandes diferencias.

Tampoco coincidieron todos en un mismo momento, sino a lo largo de los tres períodos de la era Mesozoica que duró varios cientos de millones de años.

Si bien hay algunas diferencias según distintos autores, la primera etapa, el Triásico, comprendió desde hace 252 a 201 millones de años, seguida por el Jurásico, de 201 a 145 millones de años antes de nuestra era y, por último, el Cretácico, entre 145 a 65 millones de años.

En el primer momento abundaron los grandes herbívoros, en tanto los feroces carnívoros, como el legendario Tyrannosaurus Rex, dominaron durante el Cretácico, cuando ya sus ancestros eran polvo en el polvo.

Hoy día es posible precisar cuándo se tuvo la certeza de la existencia de estos animales y del inicio de su clasificación y descripción, aunque durante siglos se encontraron restos en distintos lugares que dieron lugar a leyendas y fantasías.

Los grandes saurios chilenos

En Chile durante mucho tiempo no se realizaron investigaciones paleontológicas, sin embargo, en las últimas décadas los resultados son asombrosos, no tanto por la cantidad de ejemplares, sino por su singularidad.

Los primeros hallazgos ocurrieron en la segunda mitad del siglo pasado en las zonas mineras del norte, en particular en el desierto de Atacama, pero después hubo descubrimientos en el centro y, más recientemente en el sur, donde está uno de los más importantes nichos.

Se trata del yacimiento del Valle de las Chinas en el Cerro Guido, ubicado entre la Región de Magallanes y la Antártica, uno de los sitios más al sur del país que contiene cientos de huesos de numerosas familias de estos gigantescos reptiles.

La novedad de la paleontología chilena consiste en el descubrimiento en distintas partes del territorio de cuatro especies autóctonas, es decir, que no se han registrado hasta ahora en ningún otro lugar del mundo.

Encabeza el listado el Stegouros elengassen, un nuevo linaje de los dinosaurios acorazados que vivieron hace 74 millones de años y cuya peculiaridad es una cola con forma de garrote con numerosos filos, muy parecida al arma utilizada en México por algunos pueblos indígenas.

Los primeros restos los hallaron en Magallanes en 2018 y el anuncio oficial se hizo tres años después.

Su apelativo está compuesto por las palabras Stegouros, o sea “cola techada”, y Elengassen referida a un monstruo acorazado propio del imaginario del pueblo indígena local Aonik’enk, conocidos también como patagones del sur.

Otro ejemplar es el Arackar licanantay, un herbívoro de seis metros de largo del grupo de los titanosaurios, de cabeza pequeña y cuello y cola muy largos, hallado en Copiapó, de la región norteña de Atacama.

De hecho, el nombre significa “osamentas atacameñas” en el idioma originario Kunza.

Una historia curiosa la tiene el Chilesaurus diegosuarezi, porque además de estar inscrito en los anales de la paleontología como un ejemplar chileno, también fue motivo de un premio de los récord Guinness.

La segunda parte de su denominación es en honor a quien halló los primeros restos, el chileno Diego Suárez, quien en ese momento tenía exactamente la corta edad de siete años y se convirtió en la persona más joven en descubrir una especie de dinosaurio.

Diego acompañaba a su padre, el geólogo Manuel Suárez, en una expedición por la región de Aysén, cuando encontró los huesos luego identificados como de un terópodo herbívoro de unos dos metros de largo, correspondiente al período Jurásico, hace unos 145 millones de años.

Finalmente está el Atacamitan Chilensis, el primer dinosaurio no aviar, como se conoce a aquellos que no evolucionaron en aves, descrito y reconocido en Chile.

Pertenece a la familia de los titanosaurios, esos de cabeza pequeña y cuello y cola largos, y vivió en el período Cretácico. En su descubrimiento participaron especialistas de la Universidad de Chile y del Museo Paleontológico de Caldera.

Lecciones pendientes

Las investigaciones continúan y es de esperar otras sorpresas bajo el suelo desde tiempos remotos, cuando el sur del continente americano, y en realidad todo el planeta Tierra, era muy diferente a como lo conocemos hoy día.

Cuando el padre de la paleontología, Georges Cuvier, demostró que, contrario a lo enseñado por las ideas religiosas, las especies surgen y desaparecen a lo largo del tiempo, el estudio de estas criaturas es mucho más importante para comprender el mundo de hoy.

Gracias a lo cual resulta posible conocer mejor los engranajes de la mecánica de la evolución. En la actualidad hay animales, como reptiles, aves, tortugas y cocodrilos que comparten mucho de su código genético con los dinosaurios.

Los científicos han descubierto e identificado a más de 700 ejemplares, todos ellos con enormes diferencias entre sí y muchos estuvieron en su momento en el peldaño más alto de la cadena alimenticia, pero sin duda hay miles aún por conocer.

Saber cómo desaparecieron estos “reptiles terribles” nos ayuda a tomar conciencia de que la civilización humana no es eterna, puede extinguirse y no sólo por catástrofes o factores naturales, sino por sus propias decisiones y errores, cada vez más graves.

Por Edgar Amilcar Morales

El Maipo/PL

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