Los duros y los cobardes. Por Juan Pablo Cárdenas S.

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Las derechas han tenido reiterados triunfos electorales gracias a sus promesas de atacar al crimen organizado, combatir al narcotráfico y dictar leyes más severas en contra de los que delinquen. No hay duda que con esto interpretan a los pueblos efectivamente agobiados por las organizaciones que a diario matan, asaltan hogares, secuestran y extorsionan a la población. En todos los países que vienen imponiéndose los sectores políticos más retardatarios, las encuestas señalan que su primera aspiración es la paz social, por encima, incluso de sus demandas laborales, salariales y de cualquier otro orden.

Opera en favor de la derecha dura la idea de que las izquierdas se demuestran “blandas” con el crimen organizado, incluso una suerte de complicidad con las bandas de narcotraficantes e, incluso, con las guerrillas que persisten especialmente en nuestra Región. Una idea que prospera gracias a los medios de comunicación y de publicidad de los partidos, empresarios y políticos que representan a los sectores más pudientes, como a los electores de menos educación y conciencia cívica. Son, de esta forma, los más pobres y marginados del mundo los más tentados en asumir el discurso más radical de las derechas, con lo cual los últimos resultados electorales, incluido Chile, la misma derecha tradicional viene perdiendo espacio y hoy recibe el mote de ser cobarde y condescendiente con el centro y la izquierda política, la que ha quedado muy reducida después de los últimos escrutinios en Perú, Colombia y nuestro propio país.

En lo único que aciertan los votantes de las derechas es en suponer que estos nuevos regímenes serán particularmente duros en relación a lo que llaman el orden público, aunque realmente se equivocan en que la derecha extrema podrá satisfacer sus demandas económicas y sociales, cuando ya está claro que las primeras medidas de estos apuntan siempre a favorecer a la clase empresarial y a los inversionistas privados, asumiendo con nitidez una política entreguista con el capital foráneo y, actualmente, las desquiciadas decisiones del presidente estadounidense.

Es sabido, asimismo, que son las severas asimetrías económicas las que terminan por imponer un estado de malestar que hace muy difícil mitigar las protestas, como las ocurridas en nuestro país durante el último Estallido Social. Un levantamiento popular que solo pudo quedar adormecido por la pandemia universal del coronavirus.

Veremos si será capaz el Partido Republicano, ubicado en la cresta de la ola autoritaria, de imponerse frente a la reacción del pueblo ya desilusionado, los referentes considerados progresistas y esa denominada derecha “cobarde” que no quiere consentir con las posiciones más termocéfalas de su sector. Pero, con franqueza, no es muy seguro su pronto deterioro si la alternativa fuera la de quienes ya gobernaron, lo hicieron deficientemente e, incluso, protagonizaron muchos hechos de corrupción. Sin darle espacio a aquellos movimientos y líderes nuevos del centro y de la izquierda que no fueron contaminados por el poder en los largos años de posdictadura.

Es lamentable el espectáculo que hoy presentan las directivas de los partidos de la Concertación, de la Nueva Mayoría y del Frente Amplio aferrados en la dirección de estas colectividades los mismos rostros de siempre, infértiles ideológicamente hablando y de muy baja empatía con las nuevas generaciones de chilenos. No hay duda que entre las razones que explican nuestro descalabro electoral, aquí y en varios de los países vecinos, se debe al envejecimiento de sus líderes, rendidos a los antivalores del neoliberalismo, mientras las derechas eran capaces de exponer nuevos rostros y hasta simular una propuesta progresista.

Llama la atención que una entidad tan vetusta como la “Iglesia Católica” haya sido capaz de levantar un pontífice que a juicio universal es reconocido como el principal líder mundial, seguido a su paso por millones de personas en todos los continentes, y que en su discurso sea capaz de incluir los temas más candentes de la humanidad, como los efectos que pueda tener la inteligencia artificial sumada a la creciente concentración económica.

Manteniendo sus irrenunciables convicciones evangélicas en pro de la justicia social, la igualdad y la paz.

Un Papa frente al cual languidecen actualmente los gobernantes del mundo y poco nada se avergüenzan de ser los promotores de las guerras, los prosélitos de un Donald Trump, que muy poco le queda de vigencia para continuar complaciéndose con los triunfos electorales de las expresiones más retrógradas de América Latina y Europa. Que constituyen pan para hoy y los mismos infortunios para mañana.

*Juan Pablo Cárdenas Squella, periodista chileno, profesor universitario de vasta trayectoria. En el 2005 recibió en Premio Nacional de Periodismo y, antes, la Pluma de Oro de la Libertad, otorgada por la Federación Mundial de la Prensa. También obtuvo el Premio Latinoamericano de Periodismo, la Houten Cámara de Holanda (1989) entre otras múltiples distinciones nacionales y extranjeras.

El Maipo/PL

Nota: El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de sus autores, y no refleja necesariamente la línea editorial El Maipo.

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