La bohemia de Roberto Parra en el Puerto de San Antonio: Una historia real del bajo pueblo chileno. Por Álvaro Vogel Vallespín.

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La caída de la bolsa en Nueva York tuvo repercusiones terribles en Chile; la cantidad de familias que terminaron enfermas del estómago —y del desamparo— era enorme. El dolor de tripas no se debía solo a la falta masiva de alimentos, sino a que mezclaban la harina con aserrín blanco ya que, de otra forma, no había pan en la mesa. Así era el país en los inicios de la década de 1930.

La riqueza se esfumó por completo dando origen a las ollas comunes, a los huesos molidos para hacer sopa, al té con hojas de higo ante la imposibilidad de comprar las codiciadas infusiones asiáticas, y a la tiza molida con leche en polvo (aún descremada en ese entonces). El panorama cambiaría con la implementación del keynesianismo (sustitución de importaciones); así, a finales de la década de 1930 y principios de los años 40, el puerto de San Antonio emergió en medio de una nueva vorágine económica y cultural en la zona central.

Junto con ello prosperó la bohemia, el juego, el cabaret, la prostitución, la música, la cueca chora y una larga lista de actividades que hablan de una recuperación que le otorgó una nueva vida al que es hoy el principal puerto de Chile. Si San Antonio se para, el país se detiene; así de importante es.

La expansión de las obras portuarias y la construcción de los nuevos servicios adyacentes era cosa de tiempo, tal como antes lo fue con las líneas del ferrocarril en el auge salitrero. De la misma manera que los niños juegan en los charcos con barquitos de papel, el incesante desfile de las imponentes naves mercantes que poblaban las aguas del Pacífico atrajo a una masa flotante de estibadores, marinos, cientos de obreros y proletarios de origen campesino en busca de sustento, todo esto con una apacible vista al mar.

De forma paralela a este auge mercantil del Estado de bienestar, en pleno segundo mandato del León, floreció una vibrante e intensa vida nocturna amparada por las luces de neón, el olor a carbón, el alcohol de quemar, el pescado frito y las bebidas espirituosas a destajo en «las calles de la tolerancia», donde abundaban los burdeles de la avenida Balmaceda. Fue en este rincón del mundo, en aquel lejano litoral central, donde se forjó una de las páginas inmortales de la mitología popular chilena: las andanzas del folclorista Roberto Parra Sandoval tras la estela amorosa de su musa, Berta Ovando Rojas, inmortalizada en obras, libros y dramaturgia como la famosísima Negra Ester.

Un vagabundo ilustrado suelto en el Puerto

«Ay, caramba, la vida,
¡la vida que yo he pasado!»

A Roberto se le vincula con el sur central, entre Parral y Chillán; sin embargo, nació en Santiago. A este autodidacta hombre popular le debemos la cueca chora. Murió de cáncer en el corolario de una existencia de trotamundos, pero tuvo una fecunda vida entre canciones, poemas, arte y su célebre escritura a mano en cuadernitos escolares. Relataba todo lo que sentía tal como le nacían las letras en sus entrañas, así nomás, con faltas de ortografía a destajo. Nada nuevo: ya Gabriel García Márquez decía que la escritura era más importante que las reglas gramaticales y que sus propios textos estaban llenos de errores. «Benditos editores», rezaba el Nobel. Nicanor le decía a su hermano menor: «Si usted hubiera sido culto, se habría perdido». Entre Parras se entienden.

 “en san antonio de chile a gora bamos a ber el cariño de una mujer
que lo tubo en delirio un lansaso de martirio bino a padeser mi amor
sufro con j rande dolor mi bida se ba a cabar”  

(Fragmento de la Negra Ester)

El arribo de Roberto Parra a San Antonio no fue algo fortuito ni tampoco premeditado, sino el destino délfico propio de un músico errante, como los griots de África inmortalizados en Raíces de Alex Haley. Conocido cariñosamente como «Parrita» o el «Tío Roberto», pertenecía a una de las estirpes creadoras más asombrosas del país, que incluía a sus hermanos Nicanor y Violeta. Sin embargo, Roberto se sumergió orgullosamente en una vertiente distinta a la de ellos: el submundo marginal, el bajo pueblo que sudaba esfuerzo para llevar el pan a la casa y las dinámicas del hampa. Este ecosistema, contrario a lo que se piensa, está dotado de una cultura que los intelectuales chilenos llamarían más tarde la cultura «guachaca». En el puerto sanantonino, Parra se ganaba la vida recorriendo pensiones, cantinas y quintas de recreo con una vieja guitarra a sus espaldas, de cuerdas casi blancas y sin tinte, interpretando melodías a cambio de unas pocas monedas, una cañita de vino y, quizás, una revolcada de aquellas.

La Negra Ester, Roberto Parra y Andrés Perez. Foto Archivo Memoria Chilena.

De antros y tolerancias.

Hay quienes piensan que la negra musa de este Parra es un mito y que son solo historias fantásticas de Roberto o de los escritores de teatro. Pero existió; más aún, había además un anclaje material en establecimientos nocturnos en las empinadas calles de la bohemia porteña de mediados del siglo XX. La Negrita llegó de joven a San Antonio a trabajar sin pensar que llamaría tanto la atención de Parra, un sujeto que no tenía domicilio fijo y que bien podía dormir debajo de una mesa, en una esquina, sobre un piano y, muchas veces, en las camas de sus amigas en los burdeles. Este estilo de vida le dio un sentido ético en sus principios más humanos y profundos, como cuando le dijo a la Negra que él era un mal partido. Las idas y venidas fueron su tumba, aunque luego, ya asentado en los 70, tuvo esposa e hijas que han eternizado su legado.

La bohemia de San Antonio se puede analizar desde el prisma de la historia como disciplina, incluso con una rigurosa metodología de estudio con resultados muy alentadores; empero, para llegar al contexto preciso entre las décadas de 1930 y 1950, es patente bucear en el océano de la marginalidad, donde el folclor urbano, los choros y el sincretismo implacable del puerto moldearon una identidad única y, aun así, distinta a la de los porteños de Valparaíso, que eran, por ejemplo, más cosmopolitas.

El epicentro de esta zona roja, de bares y alegres tonadas de cuerdas y pianos, se asentó en el cruce peatonal y nocturno de las calles Pedro Montt, Hermanos Carrera y Sargento Aldea; allí, los recintos de remolienda no solo operaron como refugios del desvelo, sino como auténticas universidades populares artísticas donde Parra fue el más eximio de los maestros sin birrete.

El más emblemático de estos antros mitológicos fue el Cabaret Luces del Puerto, un espacio regentado por la mirada maquiavélica de «La Guasa Elena», quien bien podría ser la dama de hierro de las prostitutas o la jefa de las matronas francesas de la novela de Gabito Márquez. Bajo ese techo llegó en 1935, cual Carmela, una joven nortina de dieciocho años llamada Berta Ovando, quien pasó primeramente inadvertida en su oficio entre labores domésticas, antes de reencarnarse en el mito imposible de Roberto: «La Negra Ester». El burdel en cuestión, que podría ser un rincón más entre muchos, se transformó en un templo para Parra, un muchacho armado con su guitarra y un vasto intelecto popular conjugado con la precariedad laboral de los músicos errantes de la época. Inmortalizó el romance eterno en sus célebres décimas, gestado entre paredes calurosas que verían nacer los primeros acordes de la cueca chora y el jazz del pueblo.

Sin embargo, la memoria oral y las crónicas locales matizan el monopolio del mito, desplazando el flechazo inicial hacia los pasillos del bar y quinta de recreo Río de Janeiro. Es en este popular reducto donde la tradición insiste en fijar el cruce definitivo de miradas entre «Parrita» y la cortesana, consagrando el verdadero origen de una relación tan tormentosa como real. El relato siempre será subjetivo.

Este archipiélago de luces bajas se complementaba con una densa red de tabernas y casas de tolerancia que colonizaron los alrededores de la estación de trenes y los muelles. Lejos de ser puramente antros de perdición, estos burdeles funcionaron como espacios de interacción democrática: un mundo paralelo durante la noche donde el estibador, el marino mercante, el peón, el músico ambulante y el intelectual reían juntos y se olvidaban de sus jerarquías diurnas.

Esa negra fue mi vida,
mi gloria y mi perdición,
dueña de mi corazón,
de mi alma consentida.
Curaba toda mi herida
con su boca de clavel,
más dulce que pura miel
eran sus besos sagrados,
y en sus brazos amarrados
el mundo me parecía fiel.

La negra en carne y hueso

Berta Ovando Rojas nació en la tierra nortina donde Prat se inmoló. Era una morena genuina, como la mayoría de nuestra raza mestiza; su identidad es la síntesis y la inflexión de la vida social de las mujeres de la noche en los puertos chilenos de norte a sur. Era una matrona desafiante, de armas tomar; Ester destacaba por un carácter indómito, audaz y una profunda impronta personal. Su forma de transitar por la vida tenía una acritud necesaria para hacerse respetar en un contexto de violencia masculina, de marineros ebrios y pendencias diarias. Parra, con solo verla una vez, quedó prendado para siempre. El romance que se gestó estuvo lejos de ser una teleserie llorosa con fines idílicos: fue un amor errático, a veces no correspondido, con pulsaciones que solo tenían sentido para la bohemia misma.

Los rechazos iniciales por parte de Ester fueron un dolor que motivó las décimas más hermosas de nuestro héroe guachaca: «No sé qué me sucedió / cuando me quedé mirando, / ya me estaba enamorando, / el corazón me avisó». La febril admiración por parte del músico, que hipotecaba su exiguo capital con tal de estar con ella, logró a la larga una conquista; y cuando todo estaba servido, le bajó una culpa lírica. El Tío Roberto se quedó sin pan ni pedazo y, creyendo no estar a la altura, la abandonó. La mala decisión lo persiguió toda su vida.

Roberto Parra junto a Catalina Rojas, jazz guachaca y cuecas choras.

La cueca chora y el jazz popular

La sensacional vida de Roberto Parra en San Antonio eliminó cualquier barrera en el campo de las anécdotas para convertirse en un hecho angular para la música, que hoy repercute en los nuevos comercios con las mismas calles de fondo, creando un sentido de unión en la memoria colectiva. En esos bares del litoral, Parra fue testigo de la fusión entre el jazz —la música que traían los marinos extranjeros— y los ritmos tradicionales de la cueca campesina del Valle del Maipo; en otras palabras, un sincretismo musical por antonomasia. Esta unión de ritmos —al amparo de la juerga, la bebida y las ganas de vivir— dio origen a la «cueca chora» y al «jazz guachaca».

La Negra Ester va más allá de la figura del amor sin correspondencia: es, sin duda, el catalizador cultural y el vehículo motivador que le permitió a Parra crear un lenguaje poético propio —alabado por Nicanor—, traduciendo el dolor del puerto, del trabajador y del pescador artesanal en una música pícara, bailable y profundamente melancólica.

Epílogo

Roberto Parra en el puerto de San Antonio no fue un parroquiano más entre muchos, pues representa un puente vital en la historia social del bajo pueblo, suspendido entre la realidad histórica y el mito cultural chileno.

La bohemia del puerto no es un simple telón de fondo, sino el crisol donde la falta de amor de una prostituta y la genialidad de un cantor popular se unieron para rescatar la ética del margen urbano. Al final del día, las andanzas del Tío Roberto demuestran que la gran poesía no siempre se crea en el confort de los palacios literarios, sino que a menudo se escribe en cuadernos escolares tamaño fiscal con un trozo de tiza, con una caña de vino, en medio de compases de cuerdas gastadas y acordeones al filo de la jubilación en las cantinas de un puerto chileno.

*Álvaro Vogel Vallespir, historiador y profesor, colaborador permanente del elmaipo.cl

El Maipo

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