Viernes, Febrero 23, 2024

Cumbre Celac-UE, hacia una reindustrialización conjunta. Por José Miguel Ahumada

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El próximo 17 y 18 de julio tendrá lugar en Bruselas la cumbre entre la CELAC y la UE, donde se busca “relanzar” las relaciones entre ambas regiones. Esta cumbre viene justo luego de la reciente gira de la Presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, donde se reunió con los gobiernos de Argentina, Brasil, Chile y México. Ambos eventos no están desconectados, y responden a la creciente necesidad de la UE de fortalecer sus lazos con la región, intentar cerrar sus acuerdos comerciales con México y Mercosur y asegurar cadenas de suministros de materias primas y minerales críticos, bases para su interés en re-industrializar su matriz productiva y reducir su dependencia energética.

Este renovado interés de la UE hacia la región es parte de una geopolítica más compleja. La guerra entre Rusia y Ucrania hizo explícita la frágil situación de la UE en materia energética. A su vez, la competencia internacional por el control de las cadenas de valor en torno a la electromovilidad, junto al giro verde en los procesos productivos, ha forzado a EEUU a desplegar una radical estrategia de industrialización nacional, que le haga frente a la propia industrialización guiada por el Estado de China. Esta competencia ha dejado a la UE ante la necesidad de acelerar sus políticas productivas, y no quedar atrás en la disputa por la hegemonía industrial.

En esta nueva competencia entre las economías centrales en torno a la electromovilidad y el giro verde, América Latina parece volver a entrar, cual siglo XIX, en una “lotería de las materias primas”. El litio y el hidrógeno verde, por ejemplo, devienen en pilares claves para las estrategias de crecimiento industrial de EEUU, Japón, UE y China. En efecto, buscar asegurar la provisión permanente de estos minerales, junto con establecer contratos de inversión de largo plazo, han pasado a ser parte clave de las agendas de dichas economías con nuestra región.

Países como México, Chile, Perú, Bolivia, Argentina y Brasil están, qué duda cabe, recibiendo ingentes ofertas de inversión y propuestas de acuerdos en las áreas de recursos naturales y minerales críticos. Estas propuestas permitirán, en principio, aumentar la acumulación de capital en estos países, lo que dado el contexto internacional, es una buena noticia y, seguramente, muchos ministros de Hacienda estarán ansiosos de firmar estos acuerdos y comprometerse, por ejemplo, con firmar memorándum de entendimiento en energía lo más rápido posible.

Pero ahí yace precisamente el problema. No se puede desaprovechar como región esta coyuntura. La región no puede adoptar la vieja táctica liberal de solo recibir pasivamente inversiones extranjeras como si estas, por arte de magia (o por una decimonónica “mano invisible”), espontáneamente generaran saltos productivos en los territorios en que se asientan. Por el contrario, tenemos hoy la coyuntura precisa para elaborar coordinadamente una estrategia de industrialización verde a partir de dichos minerales críticos.

Y es que, tal como EEUU y la UE comienzan a preocuparse por su re-industrialización, nuestra región debe poner su industrialización en el centro de la discusión.

Si la UE necesita re-industrializarse, y para eso requiere de asegurar la provisión de minerales críticos y fuentes energéticas abundantes en nuestros países, pues que esa re-industrialización sea conjunta. Sin embargo, para eso, debe haber una acción coordinada entre nuestros países que proponga un marco regulatorio común pro-desarrollo regional. Este marco debe aprender de las experiencias exitosas pasadas de desarrollo productivo, como también de lo que está haciendo hoy EEUU con su programa de reindustrialización, Indonesia con su programa de industrialización local de su níquel o de China con su marcos pro-desarrollo de trato a las inversiones extranjeras. Entre los requisitos claves de un marco común es fundamental, entre otras medidas, el condicionar las inversiones extranjera en materias primas regionales a ciertos grados de transferencia tecnológica y contenido local. A su vez, se debe asegurar que parte de las ganancias sean reinvertidas en el territorio nacional, junto con exigir impuestos escalonados al tipo de producción (altos impuestos a producción de bajo valor agregado disminuyendo a medida que aumente la agregación de valor).

En la misma línea, se debe demandar un trato diferenciado en materia regulatoria internacional. La reciente exigencia de la UE al Mercosur de una carta lateral a su acuerdo, que impone un conjunto de represalias y sanciones comerciales a proveedores extranjeros que no se adecuen a la legislación ambiental Europea, fue correcta y enérgicamente rechazada por Brasil y Argentina. Si la UE desea una carta lateral de esas características, pues que México, Chile y el Mercosur exijan, a cambio, cartas que demanden que las inversiones europeas transfieran tecnologías y reinviertan utilidades en el tejido productivo local. De otra manera, no hay razón alguna para aceptar esas exigencias. Muy por el contrario, la región debe asegurar, como dijera el Presidente Lula, el mayor espacio para la implantación de políticas productivas nacionales, y la mayor flexibilidad para exigir reglas estrictas a inversionistas centradas en la creación de capacidades productivas locales. No aprovechar la creciente necesidad estratégica de los centros desarrollados de nuestras materias primas para exigirles normas pro-desarrollo, es un cortoplacismo que no pueden permitirse los gobiernos progresistas.

Finalmente, la Cumbre CELAC-UE es una excelente oportunidad para aunar voluntades en torno a propuestas de alcance multilateral de países latinoamericanos. La posibilidad de pasar de la pasividad a la ofensiva multilateral requiere de coordinación y decisión. La propuesta del Consenso de Brasilia de cambiar deuda por acción climática, o la propuesta del Presidente Petro de un Plan Marshall para el combate al cambio climático, son creativas y valientes políticas donde América Latina sale a proponer acciones al orden multilateral dominante, que son sustentables, cierran brechas productivas entre países y promueven la igualdad. Estas propuestas multilaterales tienen una virtud decisiva: hacen frente al cambio climático pero también a las desigualdades entre países.

Los gobiernos progresistas de la región tienen hoy la coyuntura y la capacidad de dar un giro en la política comercial frente a las regiones desarrolladas. Y esto es hoy, no mañana.

Columna publicada en Diario La Tercera

Para El Maipo, José Miguel Ahumada, ex subsecretario de Relaciones Económicas Internacionales. Colaborador de El Maipo.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial El Maipo.

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