«No es cierto, Manns, exageras como siempre», le decía Alejandra Lastra, su compañera de los últimos 45 años, mientras le acariciaba la mejilla. El poeta respiraba tranquilo, con los ojos cerrados; el cantante suspiraba en ese rebozo, y el escritor se afirmaba en sus historias fabulosas y grandilocuentes, de las que nunca se supo qué parte de ellas era verdad y cuáles, invenciones de esa creatividad rápida y desbordante.
Manns. Manns se autodenominaba quien fuera inscrito en Nacimiento el año 1937, como Iván Patricio Eugenio Manns Le Folliot. Manns, sólo Manns, como los grandes que vienen a la tierra a dejar algo en ella. El Pato no manejaba el ego; decía Jorge Coulon, de los Inti-Illimani, reunidos en una conversación en torno a Manns: “Él era así con quien estuviera y sabía y se sentía grande”, pero no era arrogancia, “es que él era Manns”: el que hacía sonetos, prosas, fábulas y canciones, el que hablaba sin filtros, incluso sorprendiendo por la crudeza de su vocabulario, lleno de calle, de figuras fálicas y vagabundeo patriarcal, pero que escribía con la más refinada pluma, de donde brotaban palabras, lenguaje y acepciones desconocidas.
Es que el reconocimiento a los artistas, al canto y a la cultura en Chile suele no coincidir con la creatividad, la figura y la obra; y el aplauso institucional suele ser póstumo. Sólo Manns podía conocer el palimpsesto, al comprender tempranamente que Chile se escribe sobre textos borrados. Y, habiendo tanto cantor y cantora, tanta poeta y poetisa, tanto escritor y escritora, las páginas de la historia las llenaban de batallas, y las calles, de nombres de militares; y sus plazas, de bustos y cabezas de bronce de algún hombre de armas, metales emblanquecidos con caca de palomas, muerto en guerras promovidas por intereses foráneos y embusteros.
Manns murió sentido con el Estado, por tan poco reconocimiento reclamado. Pero ¿qué importaba eso, cuando, llegando del exilio, recibió tanto amor del pueblo? Ese día, comenta Jorge Coulon, un auto nos siguió en la carretera, se puso a nuestro lado y nos pedía bajar el vidrio, a lo que Manns asistió.
—Pato, ven a tomar oncesita a la casa —le gritaron del otro vehículo en andas—. Tenemos paltitas.
Patricio Manns nació de una profesora y de un técnico agrícola, originarios de Francia y Alemania, de familias de colonos que se instalaron en el sur de Chile, donde el Nahuelbuta los albergó, acunándolos en una belleza salvaje que Patricio hizo suya: “(…) me parieron en uno de los más célebres brocales del sombrío pozo donde se ahoga y renace la historia de Indoamérica (…)”, dice en su libro “Doy por soñado todo lo vivido”, publicación póstuma de la biografía que escribió sobre sí, más cerca del final que del principio; donde se lee nuevamente el niño narrador que, de un fragmento de la realidad, hace una narración fabulosa, poblada de metáforas, exageraciones, mundos posibles y denuncias, denuncias y denuncias, palabra que acompañó su vida de militante de ideas.
En una de sus entrevistas hubo una que llamó mi atención y es cuando relata que, después del golpe, al no poder salir a causa del toque de queda, por las noches se iba al río Mapocho a sacar muertos y que, con un amigo, sacaron cadáveres de estudiantes, obreros, médicos con delantales, y niños, todas y todos fusilados por la espalda. En el Puente Manuel Rodríguez, los cadáveres se acumulaban, eran cientos, no podían ni sacarlos y así estuvo, sacando cadáveres durante un mes.
El Estado de Chile ha reconocido, a través de informes de verdad, el asesinato de 3.216 personas, perpetrados por la dictadura civil-militar entre 1973-1990. Y registros oficiales permiten identificar a lo menos, sin certezas, 30 personas cuyos cadáveres fueron recuperados de las riberas, el cauce y los puentes del Mapocho. Aunque el Servicio Médico Legal menciona también otros hallazgos de cuerpos en los distintos puntos del Rio.
Esa era la vida de Manns: convertir un pedazo de realidad en una gran narración, en una hermosa poesía, en una metáfora/denuncia, o en la canción del siglo, sin que por ello todo dejara de ser verdad.
Anduvo por el Nahuelbuta nevado, violentado, erosionado, embarrado; a pie o a caballo, siempre apegado a la tierra que colonizaron sus antepasados, y siempre, con conciencia indómita e implacable, formuló (…) reproches diversos de orden político, moral y cívico en su contra, incluyendo a aquellos parientes relativamente próximos. La rapiña de tierras me pareció siempre un acto cruel, prepotente, desmedido, infortunado e innecesario (…), dice en su libro.
Contempló la naturaleza salvaje de los volcanes en erupción; tardíamente escuchó una radio; peleó con guantes de boxeador a temprana edad, desde que su padre los hizo aprender, porque “Nunca un Manns ha perdido una pelea”. Amó intensamente y lloró a destajo los amores terminados. Fue grosero, insolente y tierno, dio rienda suelta a sus demonios, espantando hasta al más distinguido visitante; en cada frase decía haberse echado al pecho cuanta mujer se le atravesaba. Tomó vino con harina tostada desde niño, para luego no abandonar jamás la sangre de Cristo.
“No tomo para embriagarme, ni tomo para no llorar; tomo para ahogar una pena, pero ella aprendió a nadar”, señalaba Manns, evocando una frase de Enrique Lihn.
El Pato no fue mujeriego —decía Jorge Coulon con suavecita amistad—. Era muy sensible y se enamoraba sinceramente. Lo volvieron a encontrar en París, después del golpe; estando ellos en Italia, les contaron que Manns estaba muy afectado, muy mal por el término de una relación con una francesa joven que lo había dejado por otra.
—Cuando llegó a mi cama tenía 18 años y, cuando tenía 20, me dejó por otra —repetía Manns, consumiendo la pena en alcohol—. Ella aprendió a hablar como Manns, a caminar como Manns, pero se fue con otra, como si hubiera otra —dicen que repetía y repetía cuando lograron que les abriera la puerta.
Estaba encerrado, no salía. Los Quila (Quilapayún) estaban preocupados; nosotros estábamos grabando un disco y también nos inquietamos mucho con las noticias que nos llegaban, hasta que José Seves se fue a París en su búsqueda y, con ternura y cariño, se lo llevó a Roma, periodo en el que el Inti-Illimani grabó junto a Manns: Vuelvo, Samba Landó, Retrato.
La letra de la canción Vuelvo la escribió en media hora. Tenía una impresionante capacidad creativa, un profundo compromiso político en sus letras y un vocabulario literario brillante, que distaba mucho de aquellas expresiones chilenas que hacían parte de su contenido disruptivo, atrevido e incómodo, que su figura provocaba, la que, en medio de una cena con las llamadas autoridades, podía contar a toda voz, con soltura y risotadas, su ida al médico, donde supuestamente el profesional de la salud, al examinarle su pene, le dice: «¡Pero qué cosa más bella!».
Podía hablar de culiar, con ese desembarazo que lo caracterizaba, mientras al mismo tiempo escribía las más hermosas canciones de sexo y amor. En Manns, lo crudo y lo poético convivían sin contradicción. “La cama donde espera mi buenamoza es tibia como un vientre y es luminosa, viniendo de la lluvia y forzando puertas aprecio que su gana ya esté despierta. La cama donde escurro mis homenajes es donde desterramos la barrera de los trajes, es donde, de algún modo, su resolana se adueña de mi lengua, tan soberana”. Balada de Los Amantes Del Camino de Taverney.
Si hubiese sido descrito por el lenguaje sobrediagnosticado de nuestros tiempos, sin duda habría sido calificado como un niño TEA (Trastorno del Espectro Autista) o con Trastorno limítrofe de personalidad. Brillante, pero inadecuado —decía entre risas David Azan. Risas sumadas de nostalgia por su vida, obra y muerte. Es que recordar a Patricio Manns con parte de los Inti fue una experiencia de alegría sin juicios, de memoria sin facturas pasadas; solo reconocimiento y amor.
—Era muy tierno con mis hijos —decía Marcelo Coulon.
—¿Y con los suyos? Pregunté…
—(Quedó un breve silencio de reflexión).
—Hablaba siempre de ellos y ellas, y muy bien, pero tenía una relación difícil. Creo que no sabía cómo hacerlo.
No existen registros de grandes estudios, pero, con certeza, nunca pasó por una Universidad, Escuela de Música, Dramaturgia o Lenguaje; y, sin embargo, se forjó como compositor en la prolífera canción chilena junto a Víctor Jara, Isabel Parra, Ángel Parra, Rolando Alarcón, Héctor Pávez y tantos otros que, no por no ser visibilizados, no existieron, con tanto o más talento que los icónicos del nuevo canto.
Pero, sobre todo, él mismo dice haberse templado en su propio hogar, donde existían libros, muchos libros, un piano y una guitarra. Desde esos tiempos, Manns supo que sería escritor.
Asimismo, concibe y describe a Carlos Droguett como su gran mentor y, en una de sus entrevistas, dice que, al leer Sesenta muertos en la escalera, la frase “Este libro no lo he escrito yo. Lo escribieron los muertos, cada asesinado” ¡lo mató! Se imaginó esos 60 muertos en la escalera, con una dedicatoria que marcó el sentido literario de Manns, donde todo tiene que ser demasiado.
Patricio Manns, tuvo la suerte de haber soñado todo lo vivido, cuando por las mañanas _según su autobiografía_ Huaso, Espuela y Polvoreada, los caballos de sus hermanos y el suyo, entraban a la casa “(…) una vez dentro giraban hacia una puerta que le quedaba a la derecha y cruzaban por el dormitorio de mis hermanas para arribar finalmente al nuestro. Allí cada caballo iba a despertar a su dueño. Nos lamian la cara, daban pequeñas coces en el suelo y nosotros premiábamos su amor poniéndoles entre los belfos un gran terrón de azúcar, hasta que finalmente nos poníamos de pie y trepábamos a sus lomos. Salíamos en dirección al arroyo, que a esa hora estaba más helado que pichula de tarzán. Llegando allí a medio galope, los caballos frenaban bruscamente y los tres jinetes desnudos íbamos a parar al agua (…). Nadie ponía ni montura ni riendas a sus caballos (…)”
Sin duda, Manns, tuvo una vida cabalgada a pelo y ni el exceso ni la muerte se atrevían con él.
Su libro Doy por soñado todo lo vivido dice en la contratapa que Patricio Manns: “Desarrolló una dilatada obra como novelista, ensayista, poeta, compositor e intérprete. También fue autor teatral. Tras el golpe de Estado en 1973, vivió el exilio en Francia, donde residió hasta finales de la década del 90. En 1980 obtuvo la beca Guggenheim de Literatura. Su obra literaria recibió múltiples reconocimientos. En 1998 le entregaron el Premio Municipal de Literatura que le había sido otorgado por la novela Buenas noches los pastores en 1973. Luego, en 2001 obtuvo el Premio Consejo del Libro y la Lectura y, en 2005, el Premio Municipal de Literatura de Valparaíso. En 1996, El corazón a contraluz fue seleccionada como una de las tres mejores novelas francesas o extranjeras publicadas ese año en Francia y recibió el premio Prix Rhône Alpes. En 2009 le fue otorgado el Premio a la Música Nacional Presidente de la República y, en 2011, recibió el Premio Altazor por su disco La tierra entera. Su canción Arriba en la cordillera fue elegida como “la mejor canción chilena de todos los tiempos” (2009). Y De Pascua Lama, en defensa de los glaciares, fue ganadora del Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar (2011)”.
Cuando le fue otorgado el Premio a la Música Nacional Presidente de la República —dice al diario La Tercera—, “la Michelle me dio un beso cuneteado, bien cerca de la boca”.
Patricio, al salir de Nacimiento, vivió en Chiloé, en Concepción, en Lota; fue obrero, trabajó en la construcción de caminos como capataz, en las minas, en las salitreras. En Conce se hizo periodista, reporteaba crímenes, robos, y tuvo la extremada experiencia de conocer y tomar contacto con Jorge del Carmen Valenzuela Torres, el “Chacal de Nahueltoro”, un campesino chileno que cometió un brutal asesinato múltiple en 1960, y quien, a machetazos, diera muerte a su conviviente, Rosa Rivas, y a los cinco hijos de ella.
El 30 de abril de 1963, el cantor, entonces periodista, estuvo presente en el penal, cubriendo el fusilamiento para Radio Balmaceda. El sonido en directo del disparo estremeció a una sociedad que criticó la pena de muerte y la injusticia de haber fusilado a un campesino que, una vez alfabetizado, mostrara genuinas señales de arrepentimiento por su tan cruel acto cometido.
Manns. Manns, el que vino a la vida para dejar su huella en la historia, no podía no estar ahí, con el Chacal, dándole sonido, eco y reverberancia a su pelotón de fusilamiento y cumpliendo con su último deseo: una botella de vino.
Su oficio de periodista lo llevó a ser la compañía diaria de Salvador Allende Gossens. Y la muerte del Presidente, sin duda, reforzó las ideas sociales y comunistas de Manns. Así también, su compromiso contra las injusticias, su cercanía ideológica con los más pobres y el derecho a usar las armas contra una dictadura cruel y salvaje como la vivida en Chile entre 1973 y 1990 no lo hicieron dudar en convertirse en vocero del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, brazo armado del Partido Comunista de Chile entre 1983 y 1999. Aunque la verdad es que Manns no mataba ni una mosca, dice Jorge.
Cuando llegó al aeropuerto desde el exilio, frentistas cubrieron su arribo. Entre la multitud que lo fue a esperar, los guerrilleros clandestinos del PC vigilaban la vida de Manns.
Grabamos el himno del Frente compuesto por Manns en el estudio de Ennio Morricone. Incluso registramos imágenes porque, a modo de broma, nos pusimos pasamontañas, ríen los hermanos Coulon. ¿Dónde estarán esas imágenes?, se preguntaba uno al otro con nostalgia.
Manns estuvo en el lugar donde incomodó al poder, a los acomodados y a las pitucas. Después de tanto, Manns no podía transitar Chile a medias tintas, porque, cuando se trataba de su país, a Manns le sangraba un volcán.
Los rumores y cahuines de izquierda dicen que en tiempos de la dictadura fue vocero del MIR y que este movimiento revolucionario lo echó de sus filas por “curao”. Andrés Pascal Allende, uno de los fundadores del MIR y exsecretario general del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, dijo “que no fue vocero del MIR, pero sí estuvo vinculado al MIR, aunque sin una militancia orgánica. En más de una ocasión acompañé a Miguel (Miguel Enríquez) y Bauchi (Bautista van Schouwen Vasey) a conversar con Manns en su casa. Hablábamos del momento político, de las políticas del MIR en el ámbito de la cultura y de la historia del movimiento popular en Chile. Pero no recuerdo del tema de su alcoholismo”.
Aunque su aliado fiel fue siempre un chuico —como él mismo lo definía—, Manns nunca compuso ebrio. Nunca hizo lo importante con alcohol. Nunca dejó que el vino forjara, ni menos que aplacara sus ideas y talento.
Su colaboración con la resistencia chilena fue genuina y millonaria en lo más extenso de la definición, pues mandó muchísimo dinero para el MIR y el PC en tiempos de dictadura. Conoció el mundo entero en busca de solidaridad con Chile y los y las combatientes que se quedaron en el territorio. Su pasión y creatividad eran impulsiva, instantáneas, no podían esperar, porque la brillantez de Manns era “limítrofe”, y fue así siempre que, cuando tenía en el alma una composición, no podía esperar y se retiraba del bullicio, la tomatera, el jolgorio propio de su vida cabalgada a pelo.
Estando en Cuba, Silvio Rodríguez lo invitó a un bar y, en camino, le dijo:
—No iré, me devolveré al hotel, debo escribir—.
Y en ese volver nació una de las más bellas canciones de nostalgia por Chile. “Cuando me acuerdo de mi país, me sangra un volcán. Cuando me acuerdo de mi país, me escarcho y estoy. Cuando me acuerdo de mi país, me muero de pan, me nublo y me voy. (…)”.
No sólo el exilio golpeó la vida y obra de Manns; su pena, como dijo, aprendió a volar, aunque esa sí siempre quiso ahogarla en alcohol. Nadie podía darle la más dura de las noticias, porque sabían que el dolor lo haría caer de rodillas. Y aunque siempre fue de pie por la vida, el camión que terminó con la existencia de su madre en Venezuela lo perseguía y lo agotaba en tristeza, recordándole a la mujer que fue todo en su vida: doña Jersey de Foilliot, muerta en 1988.
“Yo no puedo darle esa noticia”, decía Alejandra Lastra a Jorge Coulon. Estábamos en Buenos Aires y tuve que anunciarle la muerte de su madre: “Pato, créeme que preferiría enterrarte un cuchillo en lugar de lo que te voy a decir”. Tuvo que hablar Coulon. El Pato echó su cabeza hacia atrás y comenzó a llorar. Se iba su campesina prodigiosa, a quien le debía una canción.
“Mi campesina prodigiosa, mi pan silvestre, mi granero. Mi zarzamora polvorienta, mi roble añoso, mi potrero. Mis cinco puntos cardinales, mi rueda dura, mi larguero. Mi perra choca, mi potranca, mi rayo dulce, mi aguacero. Mi sed risueña, mi vertiente, mi leche blanda, mi sombrero. Mi ciudadana rigurosa, mi pizarrón y mi escritura. Mi abecedario, y mi alfabeto, mi vocación y mi premura. Mi libertad envenenada. Mi a venturanza prematura. Mi andar complejo, mi sombrita. Mi vago duelo, mi costura. Mi semejanza, mi distancia, mi compromiso y mi estatura. Puesto que soy de tu madera y esta canción yo te debía, quise escribirla en primavera que es cuando crezco, madre mía (…)”
El 2020, su compañera Alejandra Lastra muere. Ambos compartieron no sólo la vida y la vid, sino que cumplieron, como dos buenos ateos o agnósticos, el rito de un verdadero matrimonio que, sin golpearse el pecho, se recibieron como esposa/esposo, entregándose al otro y prometiendo serse fieles en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad. Estuvimos en la misma pieza, Alejandra no quería estar lejos de mí; declaraba Manns a un medio de prensa. Ver la agonía de su compañera lo marcó y quizás apresuró su muerte cuando, un año después, el 28 de septiembre de 2021, a las 9:20 de la mañana, Manns dejara al pueblo de Chile. Rodeado de sus amigos y queridos y, sobre todo, de su hija Liselotte, quien cuenta que murió tranquilo, tomado de su mano, sabiendo que moría.
Ella declara haber pasado los más hermosos días al cuidado de su padre. Para este texto no fue entrevistada, no porque no importaran sus recuerdos ni su opinión, sino porque la autora de estas líneas, yo, sé lo que ella vivió al cuidar a un padre lleno de talento, risas y contradicciones. Eso no se cuenta, se lleva y se guarda, porque de esos sentimientos amorosos paternales inexplicables no se habla, solo se sienten y se vive con ellos.
Marcelo Coulon, Jorge Coulon y David Azan sólo persiguen difundir el legado, el talento y la bizarrería de Manns. Sus risas se confunden cuando hablan de él, y sus ganas de recordarlo se estrellan en adjetivos que enaltecen la figura del cantor. Sin duda, esas risas se escucharon arriba, en la cordillera, cuando recordaban sus últimas visitas, en las que el poeta pasaba más tiempo en la pieza que adecuaron con sus cosas para que siguiera trabajando, escribiendo y escuchando sus propias canciones, interpretadas por sus amigos del Inti. Canciones que le hacían llorar y preguntarse, sorprendido: “¿Cómo escribí esa canción?, ¿cómo lo hice?”.
Este mes de septiembre, aunque en La Moneda reina la oscuridad, la patria sigue brillando, porque se escribe con tu nombre: Patricio Manns. Se festeja con tu canto que besa comisuras, y se lee en voz alta para alcanzar tu estatura. Porque tu nombre no se borra, tu canto no se apaga y tu historia no termina.
Viva Chile. Viva Manns.
*Soledad Romero Donoso. Periodista/Cientista Política.
El Maipo/Le Monde Diplomatique




