La fundación de Alhué y su proyección al presente. Por Álvaro Vogel.

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Las fundaciones y los nuevos poblados que iban surgiendo durante la colonia no obedecían a meros antojos de españoles y mestizos conforme avanzaba la historia. A menudo, se forjaban por necesidades espontáneas y precisas, lo que derivaba en villorrios con ausencia de planificación arquitectónica y carentes de proyección a largo plazo, tal como ocurrió en los albores de Alhué. El origen de su primera villa —San Jerónimo— obedeció al centralismo arraigado antes que a un orden estructurado; por ende, reinaron desde sus inicios el caos y la animosidad entre los peones y los señores de los fundos. Con todo, la primera motivación para levantar el asiento estuvo en la extracción del oro – y la plata-, y una vez explotado, su componente humano fue escaso hasta bien adentrado el siglo XIX, época en que la población no excedía las seiscientas almas. Empero, reunir mineral era esencial para el arcaico sistema económico mercantilista.

Alhué es un valle encajonado en las entrañas de la cordillera de la Costa. El cordón más empinado es la sierra del mismo nombre, la cual guardaba en las profundidades del subsuelo el metal dorado y la plata, en sus cercanías hay otro sector de relevancia: Lincomávida y su riachuelo. A dichos parajes arribaron los mineros unos quince años antes de su fundación oficial, atraídos por la codicia del mineral y asentándose a sus llanuras. No obstante, aquellas tierras tenían dueños ancestrales: el cacique Albalahue, quien, tras la llegada de las huestes peninsulares, las vio pasar a manos de la segunda mujer española que pisó el reino de chile, doña Inés de Suárez, amante del gobernador Valdivia. La primera, según consta, fue Margarita, mujer de color que llegó en el malogrado viaje del tuerto Almagro.

Inés de Suarez. Foto archivo.

Tras doña Inés, la propiedad transitó por ilustres linajes y fundadores, alcanzando al mismísimo presidente de la Junta de Gobierno de 1810, don Mateo de Toro y Zambrano, Conde de la Conquista. Sin embargo, antes de la fundación oficial, esta villa minera fue solicitada bajo real decreto en 1752 por el Gobernador del Reino, quien buscaba regular la erección de nuevos pueblos para restar dominio a los latifundistas que a la larga será un dolor de cabeza para los realistas “La Aristocracia criolla”. La solicitud formal exhibía una nómina de cincuenta cabezas de familia que, sumando parientes, sirvientes y allegados, contabilizaron la primera población oficial de 319 personas. Las familias de mayor alcurnia —ocho en total— trajeron consigo sirvientes y esclavos negros que constituían el 15% del vecindario. Se hace evidente, pues, que los inicios de este poblado —que hoy cumple 271 años— fueron predominantemente mineros, de trabajo compulsivo y de una agricultura y ganadería de mera subsistencia. El resto de los habitantes gozaba de cierto estatus. Con el correr de los años se celebraron los primeros matrimonios entre vecinos para ir poblando la ciudadela, figurando entre los jefes de familia algunos oficiales del ejército colonial. En definitiva, el 96% de las almas se consagró a la minería y a las labores colaterales para sobrevivir.

A medida que se afianzaba la villa, la minería y el cultivo de la tierra ganaron terreno de forma familiar y funcional. Hallándose ya asentados, el corregidor de Melipilla practicó inspección de los lugares y, corroborados los antecedentes, el gobernador don Domingo Ortiz de Rozas decretó el 26 de enero de 1753 la fundación de la villa de San Gerónimo de la Sierra de Alhué (según consta en los libros de la Capitanía General). Sin embargo, su funcionamiento oficial data del 19 de agosto de 1755, fecha desde la cual los vecinos cesaron en el arriendo a los hacendados y tomaron posesión definitiva del lugar.

La Iglesia de San Jerónimo

No fue el primer templo de Alhué, pues le precedió una humilde capilla de adobe y techumbre de paja; pero, resultando insuficiente, se emprendió la edificación del templo oficial, inaugurado en 1764. Allí se administró el primer bautismo de la nueva villa el 26 de diciembre de aquel año. A falta de la mezcla moderna, los cimientos de la iglesia se erigieron con piedra bolón —amalgama de piedras, arena, ripio, barro, varas y cal—, elevándose muros de adobe con techumbre de madera en y tejas de arcilla. Al poco tiempo, en 1776 —el mismo año de la expulsión de la Compañía de Jesús—, la iglesia fue ampliada hasta alcanzar las dimensiones que hoy conserva, siendo los propios vecinos sus diestros albañiles. La autoridad eclesiástica designó al cuidado de la parroquia a Fray Mateo González, quien ejerció de cura por más de dos décadas. Para la construcción del templo, cada poblador concurrió con dadivas, unas modestas y otras de particular magnanimidad.

No estuvo este templo libre de los estragos telúricos que asuelan a nuestra patria; grietas y paredes hendidas dieron fe de ello, al punto que en 1835 se temía el desplome de sus torres y se evaluó su demolición. La trágica mañana del 2 de abril de 1851, un violento terremoto asoló la provincia, haciendo indispensables cuantiosas reparaciones. Hacia 1879 las goteras resultaban insoportables, habiendo podrido el techado y corrompido el suelo de madera, por lo que se invirtió considerable suma, tiempo y peonaje en su restauración, la cual se extendió en 1890 a las dependencias parroquiales gracias a un donativo de trescientos pesos. En 1902 se renovó nuevamente la torre y el campanario.

Por su emplazamiento neurálgico, su arraigo de fe, la tradición campesina, la riqueza de su factura colonial y la suma de esfuerzos de sucesivas generaciones, llevaron a que esta iglesia fuera declarada Monumento Histórico Nacional en 1974. Los posteriores sismos de 1985 y 2010 demandaron nuevos refuerzos en su estructura. Y así como otros templos custodian preciosas reliquias —como el Cristo de Mayo o la Virgen del Socorro—, San Jerónimo conserva una imagen de San Juan Bautista en madera policromada que, según la tradición oral, perteneció a los primeros tiempos de la capilla, hallándonos ante una reliquia de 260 años. Singulariza a esta imagen su cabellera de pelo natural, la cual no es la primitiva, por haber sido sustituida en 1882 tras los estragos de la polilla.

Alhué hoy

Fiel a su devenir histórico, Alhué permanece como un paraje de escaso poblamiento —superando apenas los 7.700 habitantes—, circunstancia que ha permitido preservar hermosas y añosas tradiciones, casas de solariega factura, leyendas y costumbres del pasado decimonónico.

Explotación minera oro, plata y zinc en Alhué.

En materia de instrucción pública, cuenta tan solo con cinco establecimientos municipales; sumado a que un 60% de la población habita en el sector rural, se respira allí una sosiega quietud, en profundo contraste con la turbulencia del Gran Santiago. El turismo de fin de semana resulta providencial, a la par que la ocupación vinculada a las labores de oro, plata y zinc. Constituye el mayor desafío para esta zona minera que las autoridades del Estado velen por contratos de trabajo justos para los habitantes originales de la tierra por sobre los forasteros. Asimismo, la huella ambiental de las faenas y su constante detrimento representan un grave perjuicio en estos tiempos, tanto por la contaminación de las aguas de los esteros como por los daños colaterales infligidos a la labranza y a la apicultura.

La capital del diablo

Dicen que el diablo nació

entre Pichi y Talamí (bis).

No me hagai sufrir ahora

si es cierto que me queris

Dice: Zapateando mi alma

a la refalosa el Diablo.

Diablito de Talamí,

no me vengai con diabluras,

que en esto te la gano a ti.

Caminar por la plaza con la portada de San Jerónimo al fondo es remontarse a los siglos pasados; sea en plácida tarde o en mañana soleada, es siempre un don la paz de su aire colonial. Abejas que zumban huyendo de sus labores apícolas acompañan el cuadro; pero cuidado, que esta postal apacible es engañosa: Alhué es la capital del Demonio. No erraban los mapuches al llamarla Alhué, que en su lengua significa «el alma de los muertos». En estos parajes, el Mandinga es un vecino más que cruza un risco, cabalga por el estero o apura un trago de vino con los peones. Quien se adentre en las montañas de la hacienda Loncha podrá palpar con sus propios dedos la huella de las patas de cabra estampadas en la peña.

El diablo de Alhue, Plaza de Armas de Alhué. Imagen elmaipo.cl

Los lances referidos en el clásico libro Los amores del diablo en Alhué tuvieron por telón de fondo una casona real, de la cual solo se conserva la fachada, pues el sismo de 2010 obligó a su reconstrucción. Camínese con tiempecito hacia la esquina de 18 de Septiembre con O’Higgins y admírese el pórtico: la portada original databa de 1710, época en que corría el oro y el pacto con el maligno era cosa normal.

Y este 19 de agosto nos disponemos a festejar; aunque la fecha caiga a mitad de la semana, que se suspendan las faenas para recordar a los antiguos que trazaron estas calles y meditar en las generaciones venideras, escuchando con atención los sueños de los jóvenes de hoy.

Para concluir, descórchese un buen tinto por estas 271 vueltas al sol. Y para apurar el cáliz purpúreo, primordial es ir a las afueras del pueblo, donde se conservan parras centenarias que en marzo rompen en flor. Las puso allí doña Inés de Suárez —aseguran unos—; Oreste Plath, por su parte, estimaba su antigüedad en doscientos años; pero la única verdad de fe popular es que las plantó el mismísimo Cizañero de Alhué. ¡Salud!

*Álvaro Vogel Vallespir, historiador y profesor, colaborador permanente del elmaipo.cl

El Maipo

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