Viejos de mierda, ¡uníos!, por Juan Pablo Cárdenas Squella.

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Nadie puede señalar con precisión cuándo comienza la vejez. Ni los geriatras lo saben, como tampoco aquellos pediatras que dejan de atender a los niños apenas sospechan que han dejado de ser infantes. Es una antigua costumbre, además, que los escolares en nuestro país tilden a todos sus profesores de “viejos”, aunque sus maestros tengan poco más de veinte años, como ocurre en muchos casos.

La experiencia nos dice que desde muy temprano somos tratados de viejos y, demasiadas veces, con el calificativo “de mierda”. Alguien dijo que había que sentirse viejo cuando te ofrezcan su asiento en un bus, aunque ahora es más corriente que un viejo le deje su sitio a una embarazada o a una mujer cargando a un niño. Ya sabemos cómo muchos jóvenes, en su precaria educación, miran para el lado haciéndose los distraídos en estas cotidianas circunstancias.

El país ha cambiado mucho desde que una generación de jóvenes y presumidos llegaron al poder, sin duda en andas de los propios viejos que engrosan nuestro padrón electoral. Pero muy poco les duró la autonomía de vuelo, puesto que muy luego tuvieron que recurrir a varias figuras de la repudiada Concertación, especialmente de aquel socialismo “renovado” que tanto habían vituperado como dirigentes estudiantiles y jóvenes diputados. Gente ya entrada en años o bien mayorcitas como el ex octogenario dirigente del MAPU, convertido ahora en inamovible ministro de Vivienda y Urbanismo.

En el Ministerio de Hacienda, además, el Gobierno destaca a un socialista maduro de esos que en aras del realismo asumieron las prácticas neoliberales que se nos venían imponiendo desde la Dictadura.

Cuántas promesas jóvenes se han visto, para colmo, sometidos a prisión efectiva o domiciliaria a causa de los escándalos de corrupción que desbarataron muchas esperanzas del electorado en las nuevas generaciones. Cuando también se aseguraba que estos vendrían a desterrar los “malos hábitos” de la política.

Suma y sigue: en política exterior, después de varios chascarros, el Primer Mandatario tuvo que recurrir a un añoso, pero experimentado ministro, que en las fotografías podría pasar como el abuelo del Primer Mandatario, más que su Canciller.

Convirtiéndose, paradojalmente, en el rostro de un gobierno que para el mundo puede ser visto, todavía, como un experimento juvenil.

También en el Ministerio del Interior, como en la Secretaría General de la Presidencia, debieron asumir una mujer y un ex presidente del Senado reputados por su experticia respecto de los jóvenes que reemplazaron, aunque esta última ha sido objeto de varios y abortados intentos por destituirla del cargo. Especialmente por las vacilaciones y equívocos en relación a los presuntos delitos de violación y abuso sexual de quien era estimado, por muchos, como el mejor funcionario del Ejecutivo, cuya carrera política se veía muy promisoria después de su desempeño en la lucha contra el crimen organizado. Un funcionario de mediana edad, pero que demostrara un vigor sexual más propio de un adolescente que de un adulto. Siendo reemplazado, ahora, por un abogado de más edad y, esperamos, mayor control sobre sus instintos.

Estos últimos episodios no solo han puesto en duda la capacidad de los jóvenes gobernantes sino, también, su tan proclamada vocación feminista, lo que ha tenido en la cuerda floja a la joven ministra de la Mujer y de la Igualdad de Género. Cuestionada, sin duda, por el feminismo radical del país y de la denominada izquierda que quisiera que muchas mujeres más integraran un gobierno que ya tampoco cumple con la paridad de género que prometió.

Al cumplir tres años de administración, nada todavía ha conseguido el Gobierno para aliviar la situación de los jubilados. Es reconocido por oficialistas y opositores que las pensiones que recibe la amplia mayoría de estos son miserables y condenan a la extrema pobreza a miles de chilenos de la tercera edad. Sin embargo, La Moneda y el Parlamento no concuerdan en una solución en más de 20 años de postergaciones y en que muchos de estos viejos han pasado, esperamos, a mejor vida.

El cálculo que muchos hacen es que, de nuevo, quienes nos gobiernan no corregirán un sistema previsional que constituye una vergüenza mundial. Pareciera ser que para la política es mejor seguir postergando una solución que, por supuesto, sería gravosa y difícil de implementar por el estancamiento actual del crecimiento y la satisfacción de tantas otras demandas sociales, en el campo de la vivienda, la salud y la educación. Mal que mal, los viejos jubilados seguirán muriendo y sería muy difícil que se organicen y protesten como los trabajadores activos. Además, la derecha teme que un logro oficialista en tal sentido ponga el riesgo su objetivo de arribar nuevamente a La Moneda el próximo año.

El resultado de todo esto es que los viejos se ven obligados a reducir drásticamente su nivel de vida después de jubilarse, con el agravante que la delincuencia donde más cruelmente ataca, ahora, es en los hogares más vulnerables. Sumado al hecho que son los más añosos y los más pobres los que primero fallecen a causa de las largas listas de espera de los hospitales para consultas médicas e intervenciones quirúrgicas.

La irreverencia y la soberbia juvenil victimizan principalmente a los adultos mayores, por lo que seguramente sus sufragios van a castigar a los candidatos jóvenes en favor de aquellos postulantes de solvencia probada y que no lleguen al Gobierno a continuar su “aprendizaje”, como algunos lo han reconocido descaradamente. Al país le resulta muy cara esta beca para instruirse con sus reiterados desaciertos.

Quizás por ello hay quienes quieren volver al sufragio voluntario, para que los más decepcionados de la política y de los jóvenes en el poder puedan liberarse de este trámite cívico y dejar de castigar la arrogancia de los gobernantes.

Es triste reconocerlo, pero, según varios sondeos, somos hoy en el mundo el tercer país que tiene más miedo de sufrir un asalto al caminar por las calles. Y es cosa de pensar a quiénes afecta mayormente esta lacra de la inseguridad.

Por Juan Pablo Cárdena Squella, periodista chileno, profesor universitario de vasta trayectoria. En el 2005 recibió en premio nacional de Periodismo y, antes, la Pluma de Oro de la Libertad, otorgada por la Federación Mundial de la Prensa. También obtuvo el Premio Latinoamericano de Periodismo, la Houten Cámara de Holanda (1989) entre otras múltiples distinciones nacionales y extranjeras.

El Maipo/PL

Nota: El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de sus autores, y no refleja necesariamente la línea editorial El Maipo.

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