Talagante una eterna historia de amor. Por Álvaro Voguel Vallespir

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No hay duda alguna de que Pedro de Valdivia fundó Santiago luego de estudiar de forma detenida datos e informes precisos sobre el nuevo valle que tenía en vista para asentarse en estos recovecos. Los parajes del sector central, en medio de importantes cursos de agua y poblaciones nativas, estaban comandados por importantes caciques y jefes del Incario. No llegó, en definitiva, de manera fortuita: se hizo asesorar por los yanaconas, despreciados por muchos, y, por cierto, usó el viaje de Almagro como ejemplo y aprendizaje de ciertas estrategias que no se pueden volver a repetir.

Santiago era una ciudadela inca muy compleja en toda su dimensión. Poseía caminos, acequias, cementerios, depósitos de alimentos, tramos de la Ruta del Inca, huacas y, en sus alrededores, puntos de observación como el Pucará de Chena; además de tierras aledañas ocupadas por la nobleza cuzqueña, como fue el caso del inca local Talagante —Tala Kanta Llabe—, quien era nada menos que el jefe del Maipo, rivalizando, quizás —o empatizando—, con Michimalonko, otro gran cacique que, sobre la base de la observación, la astucia y una infinita paciencia, estudió los movimientos de los peninsulares hasta acorralarlos en el primer golpe de Estado de Chile. Vaya que no un once de septiembre de 1541 a escasos seis meses de la fundación de Santiago.

Por lo demás, el núcleo de la capital —la Plaza de Armas, como la conocemos hoy— era un espacio solsticial de profundo sentido religioso y astronómico. Pienso que Valdivia algo de eso sabía, pues en sus primeros mapas habla de los tambos. En síntesis, todos los hallazgos y estudios arqueológicos lo confirman: la salida del sol en invierno proyectaba el primer rayo de luz al centro de la plaza ya mencionada cuando cruzaba la cumbre del cerro El Plomo. En el verano astronómico, el cerro Punta de Damas proyectaba su primigenio haz de luz también hacia el mismo punto de la plaza, cerca del hito cero que conocemos hoy. En definitiva, el damero donde comenzó la construcción de la ciudad era el centro preciso, el origen del dominio español que de forma simbólica transmitía un nuevo mensaje “Acá estamos nosotros”.

En la cumbre y los alrededores de ambos puntos cordilleranos hay restos humanos, materiales, arqueológicos y religiosos que lo confirman; es cosa de estudiar la mítica Momia del Plomo para corroborar esto último. Recomiendo a los lectores estudiar el fundamental libro del arqueólogo Rubén Stehberg, Mapocho Incaico y la fundación de Santiago de Chile. Siempre es bueno, en historia, cuestionar las fuentes oficiales, nunca hay que darlas por sentadas.

Pero llevemos nuestros pasos hacia Talagante (Lazo del hechicero), que es el tema que nos compete y convoca. En este precioso lugar, los asentamientos humanos tienen una data de unos dos mil años de antigüedad, pasando por los estadios alfareros tempranos y tardíos hasta llegar al momento en que estos parajes fueron parte del Collasuyo, o imperio inca regional. Los incas llegaron al valle central alrededor del año 1470, bajo las agresivas campañas de Huayna Cápac. No pudieron avanzar más al sur —aunque lo intentaron—, ya que los mapuches fueron inflexibles: «Acá manda la gente de la tierra».

Sin embargo, el artículo de hoy, profundizará   sobre las princesas de Talagante y el inicio del mestizaje. Una de las nobles indígenas se emparejó con un capitán venido de ultramar durante los primeros viajes, dando origen al sincretismo en estas tierras del Maipo y creando uno de los primeros linajes del Chile colonial, que llegó a su punto culminante con Catalina de los Ríos, inmortalizada en la historia bajo el terrorífico seudónimo de la Quintrala.

Cuando Valdivia se detuvo en el cerro Huelén a descansar luego del agotador viaje de casi un año, mandó a realizar expediciones en un radio más o menos amplio alrededor de Santiago — semanas antes de su fundación—. El capitán Bartolomé Flores, quien en realidad tenía ascendencia alemana, pero cambió su apellido original (Blumenthal) por Flores, fue el primero en recorrer el cauce del Maipo hasta llegar a las tierras del cacique Talagante. Otros capitanes fueron enviados a los dominios de los caciques Macul y Vitacura; este último se coludió con Valdivia, pero esa es otra historia.

Todos estos capitanes de conquista tenían como acuerdo —siempre con la esperanza de recibir los favores de Valdivia— regresar sin excusas al toque de diana que marcaba el fin de la jornada para informar sobre cuanto habían visto. Por lo demás, ya habían convenido con Valdivia que el sábado 12 de febrero se reunirían en la ermita de Santa Lucía y fundarían la capital en honor al apóstol Santiago, con vistas a los dos brazos del río Mapocho que corrían por entonces, antes de que los españoles secaran el cauce donde hoy se encuentra la Alameda.

Hay, en todo caso, una disputa entre historiadores sobre si aquel día fue realmente el 12 o el 22; es un tema que no está zanjado, pues el Libro Becerro, que contenía las actas del Cabildo y, por ende, la de la fundación, se quemó por completo en el incendio del once de septiembre y fue reescrito de memoria tres años después. Pase a la metodología de la historia, que es muy rigurosa, y a la ética de los historiadores cuando investigan, al final del día, la disciplina y la historiografía son siempre subjetivas.

A pesar de los acuerdos, Bartolomé Flores no volvió el día 12, aunque mandó a decir que llegaría la jornada siguiente para la misa dominical, a la cual tampoco asistió. ¿Qué pasó con el primer carpintero de la historia de Chile, que no vivió la fundación junto a sus demás camaradas? Pues bien, Flores quedó prendado de una de las nietas del cacique Talagante; nada menos que una princesa de unos veinte años había cautivado su corazón.

Recordemos que estas mujeres nobles eran ofrecidas en matrimonios estratégicos entre las familias reales —las denominadas panacas— o mediante alianzas que resultaban fundamentales para el Imperio, favoreciendo la endogamia. Sin embargo, con el mestizaje, las princesas comenzaron a casarse con los capitanes de conquista en un esfuerzo por conservar ciertos privilegios y mantener viva la tradición ancestral.

Al comienzo de la consolidación de la República, nuestra élite nacional hacía lo mismo: para perpetuarse en el poder se casaban dentro de la misma clase social. Quizás el caso más famoso sea el de Diego Portales, quien se casó con su prima hermana, Josefa Portales. Al final, el círculo cerrado era lo que importaba. Pese a todo, la muerte de Josefa y de su pequeña hija fueron una verdadera tortura en vida para el ideólogo de la Constitución de 1833, quien se refugiaba en las chinganas para sobrellevar sus penas. Famosa es la cueca de Portales… “Caramba revivió, revivió Diego Portales, la flor de la independencia…”

En tanto, comenzaban a inquietarse por la ausencia del alemán Flores, hasta convertirse en el comentario obligado del día. «¿Dónde anda el teutón?», se preguntaban. A lo que el capitán Antonio de Pastrana, uno de los fundadores de Santiago, que a menudo andaba conspirando, respondió muy suelto de cuerpo que Flores rondaba a las mujeres del cacique y que, como era luterano, poco le importaba faltar a la misa posterior al día de la fundación. Pastrana, a la postre, murió en la horca por tratar de asesinar a Valdivia.

No obstante, Bartolomé no solo andaba viendo mujeres. Encontró una feroz resistencia inicial por parte de los caciques Malloco y Talagante y, persistiendo en las órdenes de Valdivia, se preocupó de entablar amistad con ellos o, al menos, de estudiar mejor la situación. Fortuitamente, un hijo de Talagante cayó prisionero en manos de Flores, y aquello fue la puerta de entrada para iniciar el contacto con el gran jefe local.

Flores se las ingenió para conversar diariamente con el cacique. Comenzaron a intercambiar alimentos, regalos y a compartir momentos cotidianos. Por cierto, al comienzo existía una amistad política que el cacique supo manejar hasta lograr, a fuerza de halagos, la libertad de su hijo prisionero. Pero también comenzó a forjarse un genuino compañerismo. Era, a la postre, el encuentro de dos mundos que no necesariamente debía tener un final violento. Había admiración mutua y un profundo intercambio de nuevos conocimientos para ambas partes: es lo que llamamos el sincretismo cultural.

Cierto día, Talagante reunió a cuatro de sus nietas y se las ofreció en matrimonio. Así es, las cuatro al mismo tiempo, como era usual en esos parajes. Algunos jefes llegaron a tener veinte esposas y, sin ir más lejos, varios españoles tuvieron decenas de hijos. Con todo, Flores rechazó el matrimonio, pero se cuidó mucho de no hacer público aquel ofrecimiento. ¿Quién sabe por qué? Sin embargo, Pastrana logró enterarse y, por supuesto, su ánimo burlesco no tuvo parangón ni misericordia con el secreto mejor guardado de las tierras Talagantinas.

Pese a lo anterior, Valdivia e Inés de Suárez recibieron a Flores con los brazos abiertos —aunque no estuvo exento de reprimendas— y no dieron mayor importancia a los chismes de Pastrana. A esas alturas, Pastrana era una piedra en el zapato para cualquiera; sus días estaban contados. Valdivia, Inés y Flores se sentaron a comer. Allí Bartolomé les comentó que el cacique enviaba regalos —cincuenta indígenas para el trabajo— y les relató la propuesta nupcial, que provocó la risa de Inés de Suárez. A pesar de lo jocoso del episodio, Valdivia lo reprendió por llegar tarde y no asistir a la misa, olvidando por un momento la propuesta matrimonial.

El tema es que Flores efectivamente entró a Santiago con las cuatro nietas del cacique, pero, en vez de casarse con ellas, inicialmente las encomendó a Inés de Suárez para su evangelización y servicio personal. Inés dejó constancia de la nueva educación que recibieron. La mayor, llamada Elvira, de veinte años, fue bautizada. Tiempo después, luego del fatídico once de septiembre de 1541, cuando Michimalonko destrozó la ciudad de Santiago hasta sus cimientos, Elvira no pudo ocultar las señales de su avanzado embarazo y nació una de las primeras niñas en la segunda ciudad de Santiago, levantada entre las ruinas y a duras penas a la espera de los refuerzos de Alonso de Monroy cuyo viaje da para una novela.

Al nacer, Flores se ofreció de inmediato para ser el padrino de la niña, llamándola Águeda Flores. Pero, en realidad, Flores era el padre. Nunca sabremos qué pasaba por su mente. Años más tarde, ya adulta, Águeda se casó con Pedro Lisperguer, de gran fortuna, con quien tuvo ocho hijos. Entre aquellos vástagos había dos mujeres; una de ellas fue Catalina de los Ríos, sí, la mismísima Quintrala, quien fue biológicamente concebida con el ADN de una de las princesas de Talagante, de la más pura ascendencia incaica.

Catalina arrastra hasta hoy por partes iguales mala fama y admiración; bien podríamos analizar si ambas aristas fueron realmente ciertas. También se presume que envenenó al  gobernador Alonso de Ribera. La Quintrala fue bautizada en Santiago, en la iglesia de San Agustín a la cual legó su fortuna. Más tarde, para su primera comunión, fue confeccionado en el Cuzco un gran crucifijo de madera policromada por dos expertos ebanistas. Ya en Chile, tras el fatídico terremoto de mayo de 1647, la corona de espinas quedó en el cuello del Cristo para siempre.

La Quintrala es, entonces, fruto del sincretismo biológico —del mestizaje—: descendiente de la nobleza incaica Talagantina y de un aventurero alemán.

Epílogo

Flores fue, quizás, el primer alemán en tierras chilenas. Nació en Núremberg, ciudad que luego pasaría a la posteridad —tristemente— por ser el escenario de los juicios a los jerarcas militares nazis, tras una de las violaciones sistemáticas de los derechos humanos más macabras de la historia: el Holocausto.

Ya en 1522, Flores se encontraba en la isla La Española, uno de los primeros lugares donde los españoles fondearon sus naves en 1492 bajo el mando de Colón y los hermanos Pinzón. Posteriormente, aventurero como era, se vio envuelto en las guerras civiles de los Pizarro en Perú, en plena lucha por heredar las tierras de Atahualpa y Huáscar. Si bien no integró desde el comienzo el segundo viaje a Chile —luego del torpe intento de Diego de Almagro por cruzar los Andes—, se reunió con Valdivia en Tarapacá cuando el conquistador inició su ruta en medio de los combates con los atacameños, logrando llegar al valle de Santiago tras once meses de escaramuzas, teniendo como único amuleto a la Virgen del Socorro, que llevó en las alforjas de su caballo y que hoy descansa en el altar mayor de la iglesia de San Francisco, en plena Alameda; la misma Cañada que vio Bartolomé hace 485 años, cuando entonces era un brazo del río y, en uno de sus vértices, se alzaba un frondoso castaño donde hoy está emplazado el ya comentado templo mayor de los discípulos de Asís.

Este fundador de Santiago y, por cierto, primer habitante —por omisión— de Talagante, ejerció diversos cargos, pero nunca dejó de lado su verdadero oficio: la carpintería, que abandonó en 1560 debido a la enfermedad. Alcanzó a fabricar las primeras bancas del Cabildo de Santiago y la primera puerta de la futura Catedral de Santiago, que ciertamente hoy ya no existe. Asimismo, construyó un molino a los pies del cerro Santa Lucía, aprovechando las aguas del río Mapocho, donde se molieron las materias primas con las que se elaboraron las primeras hogazas de pan en Chile.

Como buen amante del vino, plantó una viña en 1548, hecho que coincide con las viñas que Pedro de Valdivia solicitó a los sacerdotes y, años más tarde, al rey, inaugurándose así la tradición vitivinícola nacional que hoy nos posiciona entre los principales productores de vino del mundo.

Por supuesto, recibió una encomienda en Talagante y otra en el río Maule. Las encomiendas eran sistemas de trabajo que escondían una triste realidad para los indígenas, pues en la práctica constituyeron formas legales de esclavitud encubierta que ocasionaron una elevada mortalidad, a la par del mestizaje. Hoy no existe una fuente que precise la fecha de su muerte ni el lugar de su entierro, pero la estimación más razonable la sitúa hacia 1585. Para bien o para mal, su legado aún resuena en las aguas del Maipo.

*Álvaro Vogel Vallespir, es historiador, profesor y colaborador de elmaipo.cl

El Maipo

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