Por qué debemos seguir diciendo que Kast es un fascista, por Álvaro Ramis

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En la arena política chilena, afirmar que José Antonio Kast es un fascista ha generado todo tipo de críticas. Algunos sostienen que esta calificación es poco conducente, inútil o incluso contraproducente. Argumentan que para el elector despolitizado, estas palabras resultan incomprensibles y, si logra entenderlas, no constituyen motivo suficiente para dejar de votarlo. Otros insisten en que la campaña debería centrarse exclusivamente en los atributos de la propia candidata, y no en la calificación del contrincante. Algunos incluso sugieren que llamar a Kast fascista podría beneficiarlo, colocándolo en la categoría de antisistema y reforzando su atractivo para ciertos votantes.

Estos argumentos, aunque deben tomarse en serio, contienen un error de fondo: abandonar el señalamiento de los riesgos que representa Kast equivale a renunciar a una parte esencial de la política: educar y responsabilizar a los electores sobre las decisiones que van a tomar. No se trata de una estrategia electoral fría, sino de un deber de conciencia cívica.

Por eso sostengo que debemos seguir diciendo que Kast es un fascista, porque es cierto y porque esa verdad es irrebatible. Debemos decirlo porque su fascismo es grave y exige generar la alerta necesaria en la sociedad sobre los riesgos que implican sus propuestas y su liderazgo. Y debemos decirlo porque sabemos, por la historia y la experiencia reciente de Chile, cuáles son los efectos de este tipo de liderazgo: la respuesta autoritaria al estallido social de 2019 generó un espiral de odio, violencia y caos que aún hoy se siente difícil de superar.

Una campaña política no puede limitarse únicamente a los criterios electorales; debe cumplir con un compromiso público de información y prevención. Señalar los riesgos del autoritarismo, del fascismo y de la intolerancia no es un acto de hostigamiento, sino de responsabilidad ciudadana. Es un deber ineludible en todas las etapas de la campaña, de manera que nadie pueda alegar desconocimiento en el momento de acudir a la urna.

Decir la verdad sobre Kast no es solo una estrategia política: es una obligación ética y cívica. La democracia exige que los electores tengan plena conciencia de a quién y con qué valores están entregando su voto. No se trata de simplismos ni de ataques personales; se trata de proteger el futuro de Chile frente a los riesgos que hemos visto emerger en otros contextos y que ya vivimos en nuestro propio país.

Por Álvaro Ramis, Rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano (UAHC), colaborador de El Maipo.

El Maipo/Le Monde Diplomatique

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial El Maipo

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