Miércoles, Mayo 22, 2024

Las isapres, la derecha y el pueblo, por Pablo Varas

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Hoy las isapres lloran. Su modelo se está cayendo y los cotizantes miran asustados a qué lugar deberán emigrar. El sistema público de salud, despreciado, agredido y recortado, al parecer deberá acoger a los hijos que le creyeron a los mercaderes y embaucadores.

En el programa de gobierno de Gabriel Boric está escrito: hacer del sistema público de salud uno de los pilares fundamentales para una mejor calidad de vida de los chilenos es urgente y en eso no hay que cometer errores.

El sistema privado de salud heredado de la dictadura que durante años funcionó bajo la forma de isapres, obteniendo millones de beneficios, se cae. Deja en evidencia que el modelo no es ni sólido, ni creativo; sencillamente unos usurpadores de fondos para millones de chilenos que fueron engañados diciendo que los privados son mejores que el Estado para sanar a las personas.

El sistema les falló. No son ni lindos ni perfectos.

Algo de historia. Las isapres aparecieron allá por el año 1981. Tiempos de Pinochet, la CNI, sin Parlamento, desapariciones forzadas, ejecuciones bajo falsos enfrentamientos, cárceles abarrotadas de presos políticos, miles en el exilio. Un modelo defendido y empujado por los grupos económicos que actualmente son representados por la UDI/RN/EVOPOLI y algunos del PDC. Finalmente son sus cajas negras en el financiamiento ilegal de la política.

La salud pública en Chile, hasta aquella fatídica fecha, era evidentemente insuficiente. El crecimiento de la población, el abandono de la población en las zonas extremas, pero aun así fue un modelo digno de seguir por otros países de América Latina. El Sistema Nacional de Salud (SNS) fue creado el año 1952 y administraba casi la totalidad de la capacidad hospitalaria, entregaba las consultas médicas y los chilenos podían acceder a ella sencillamente para seguir viviendo dignamente.

En un momento posiblemente de locura se entregó el sistema de salud al mundo privado. Los padecimientos de los chilenos convertidos en nichos de negocios: isapres se llaman. Levantaron argumentos tales como entregar el máximo de beneficios y mejores condiciones del nuevo sistema de salud para todos los chilenos, o el que pueda pagar sencillamente. El Estado se quedaría intentando cubrir las urgencias de los más pobres. Los miserables, los que no tiene nada que perder, quedaban en manos de lo que restaba del sistema público de salud.

Comenzaron entonces los mercaderes a promover sus intenciones, argumentando que la libertad económica en la salud acertaba en el camino, donde las inversiones privadas aportarían a satisfacer la demanda por la calidad en las atenciones. Y comenzaron a levantarse edificios de muchos pisos, gerentes con sueldos millonarios sacados de los aportes obligatorios que mensualmente millones de chilenos les acarreaban a sus elevados pisos. Las clínicas también se expandieron, es que todo era un festín. La vida en manos de unos cuantos grupos económicos, algo así como estar viviendo en estado de ahorcamiento constante, caminar con los brazos levantados.

Hoy las isapres lloran. Su modelo se está cayendo y los cotizantes miran asustados a qué lugar deberán emigrar. El sistema público de salud, despreciado, agredido y recortado, al parecer deberá acoger a los hijos que le creyeron a los mercaderes y embaucadores.

Los que colocaron capitales para sostener y ganar dinero tienen nombres y apellidos. Las leyes no caen el cielo, los modelos y proyectos económicos tienen sus orígenes.

Cuando en 1981 se abren las puertas de la salud al mundo privado, los personajes eran Miguel Kast, quien ejercía el cargo de ministro del Trabajo y Previsión Social; Hernán Buchi Buc, quien fuera el candidato de la dictadura en las primeras elecciones post dictadura, se vestía de subsecretario de salud; Roberto Verdugo estaba arropado como ministro de Economía; y el contralmirante Hernán Rivera Calderón, como si de la conducción de un barco se tratara defendía los valores uniformados. La foto en esos tiempos no era mala, todos contentos teniendo a El Mercurio con los brazos abiertos, sin nadie que se oponga. Eran los tiempos de plomo.

La derecha, en conjunto con los grandes grupos económicos, instalaron la idea y la difundieron sosteniendo que las isapres eran el mejor sistema de salud en Chile.

La realidad es absolutamente contraria a esta miserable declaración de principios. Hoy, cuando llegan pidiendo amparo al gobierno y le ruegan que no los abandone, es sin lugar a dudas el momento para dar realmente un duro golpe de timón, volver al programa, perfilar los contenidos y también tirar el lastre para alcanzar mayor velocidad. Apura entonces dotar al sistema público de mayores recursos, aumentar la cantidad de médicos; el aumento de la población no siendo muy acelerado es una realidad evidente. El país soportó una pandemia de largos tiempos y que al parecer se comienza a retirar.

Esa mirada dura del neoliberalismo fracasa una vez más. No es sostenible. Pero está escrita a fuego en la declaración de principios de la derecha. Eso se hace preocupante dado que serán unos cuantos reyecitos a los que se les regala un derecho conculcado al pueblo chileno para redactar una Constitución.

No hagan que vuelva nuevamente a llover fuego en Santiago y más allá.

No hay duda que los esfuerzos por mantener el modelo serán siempre el norte de los que miran por sobre el hombro a la clase trabajadora, a los empleados, a los artistas y creadores, a los músicos y pescadores, a los maestros y barredores de calles. No le gusta el olor a perro mojado.

Llegó el momento de parapetarse sosteniendo que el Estado es fundamental en asegurar derechos como la salud, la educación y un justo sistema de previsión social, no como el que defendiera Kast allá por los años 80 y que se convirtiera en la lámpara de Aladino.

Una vez más la izquierda tiene razón. El modelo capitalista en su expresión neoliberal no es la solución, no da las respuestas a las urgencias de millones de hombres y mujeres. Es sencillamente una ilusión pero que maltrata y provoca dolor cada fin de mes.

Gabriel, vuelve al programa y escucha a la plebe que desde la plaza pública espera y grita.

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