La mamita grande de Paine “Paula Jaraquemada”. Algunas anécdotas. Por Álvaro Vogel.

Compartir:

Por antonomasia, los parajes campesinos donde vivía doña Paula los encontramos hoy en la comuna de Paine. Este precioso lugar tiene un microclima excepcional para el cultivo de las hortalizas y algunos productos agrícolas crecen como si del paraíso se tratara. El maíz, de hecho, es uno de los mejores de la zona central y en la época estival se prepara el mejor pastel de choclo que puedan encontrar, haciéndole honor a Cintéotl, el dios del maíz mesoamericano, o a Mama Sara, la inca del generoso maíz blanco. En el Chile colonial su consumo era masivo y aún sigue siendo un producto apetitoso, el sello de Paine, sin lugar a dudas.

Angostura, en tanto, otorga un sentido especial para el clima humano y geográfico de estos meridianos centrales, ya que moldeó la forma de ser del habitante painino del privilegiado reino de las sandías, pero eso ya sería un tema enciclopédico para otra jugosa oportunidad. Paine es un pequeño “mundo” dentro de Chile, fue la cuna de la resistencia en los inicios de todo; por ahí transitaba Manuel Rodríguez, mientras Paula Jaraquemada apoyaba sin claudicar la causa emancipadora, además de ser una filántropa generosa sin pedir nada a cambio. Otros patriotas que buscaban la independencia cabalgaban hacia la puerta giratoria que da hacia Rancagua; más allá del desastre, Rancagua fue un aprendizaje de resiliencia, de costumbres campesinas, de protección y la síntesis de un enorme orgullo histórico nacional que se puede unir al El Monte de los Carrera. Santiago no es Chile: está claro que los derroteros de la libertad estuvieron en la cuenca del Maipo.

Paine significa ‘cielo azul’ (Payne en mapudungun); morfológicamente podría ser un encierro entre cordilleras, pero es la libertad para los paininos y paininas que viven en medio de cielos límpidos y hermosos. En ocasiones se hace difícil evitar el asombro que produce ver el espectáculo de ambos cordones montañosos cuando están nevados: es unir la tierra con el cielo. Paine es el último bastión huaso antes de entrar al sur (bien lo sabían los incas en Chena) y fue el camino secreto de Manuel Rodríguez hacia Aculeo en las montañas; estos lugares lo contactaban con la costa y el sur. Manuel se disfrazaba en Payne de inquilino servil y observaba las andanzas españolas; a veces era un fraile más. Los habitantes de Paine aún rememoran la resistencia de Rodríguez, quien es el símbolo de misticismo y rebeldía de la comuna. Pero había una mujer altiva, valiente, inteligente y patrona como ella sola, tal como aún es recordada en la memoria colectiva. Doña Paula será la protagonista de la crónica de hoy.

Casa hacienda de Paula Jaraquemada en Paine, El Maipo.

Acerca de doña Paula

Paula Jaraquemada Alquízar era dueña de un mapa de tierras que incluía varias haciendas y propiedades menores en Santiago. Para los estándares de principios del siglo XIX, vivió una vida inusualmente larga, falleciendo a los 83 años. Excelente jinete, era seca y hasta áspera de carácter, pero amable a la vez; una mujer desprendida que lo dio todo por la causa patriota, incluso su vida misma si hubiese sido necesario, tal como lo demostró frente a aquel soldado español a quien amedrentó con su sola determinación. Astuta como pocas, se reunía con otras mujeres en salones cerrados. Mientras los soldados españoles apostados afuera pensaban que solo bordaban, ellas maquinaban acciones clandestinas y se pasaban, de mano en mano, los panfletos prohibidos de las últimas juntas de gobierno. Entre tacitas de té, agujas y dedales, transaban plata, monedas y joyas ocultas bajo las faldas de encaje para financiar la compra de fusiles. Aquella jarana del té y el bordado ocurría frente a los soldados realistas, quienes las veían simplemente como señoras de bien, incapaces de conspirar.

En los días más crudos de la Independencia, hacia 1818, doña Paula bordeaba los 50 años, pero su estampa confundía al tiempo: se le veía cabalgando de sol a sol supervisando el fundo Las Eras en Paine y su hacienda de Alto Jahuel —donde hoy, en los terrenos de la Viña Santa Rita, sobreviven el museo, el hotel y el famoso restaurante que fue, nada más y nada menos, su propia casona patronal—. Ella misma administraba sus tierras sin intermediarios; no necesitaba un capataz ni a un hombre al lado: dirigía a los inquilinos con mano firme y supervisaba directamente la trilla y las cosechas. Le gustaba el olor a pólvora y estaba llena de dicotomías: vestía con la elegancia pulcra de su rango social, pero no dudaba en arremangarse las polleras para saltar un canal o gritar una orden. Su sola presencia, imponente y severa, hacía correr al más flojo de los inquilinos.

De Cancha Rayada a las bodegas de Paine

La peor noche del ejército chileno se vivió en el asalto sin aviso de Cancha Rayada, en esa jornada de desesperanza la figura de Paula se agigantó. En Paine, el maltrecho ejército se lamió las heridas y Jaraquemada fue la salvadora, pues puso la hacienda a disposición como hospital, lugar de descanso y cuartel militar pensando a pasos agigantados en una nueva estrategia de revancha. El amparo, la comida y la pólvora al por mayor fueron su aporte abnegado. Pero ¿cómo se gestó esto?

Primero, es posible que la excesiva confianza tras la Batalla de Chacabuco haya adormecido a los soldados; empero, hay que situar al Chile de la aurora del siglo XIX: era un país pobre, como hoy lo puede ser alguna nación del Cuerno de África, una tierra administrada sin una política económica clara. Es más, todos los gastos iban a la guerra de independencia; el ejército en su mayoría era amateur, sin disciplina; políticamente los caudillos eran los líderes y socialmente mandaban los cuatreros y las pandillas de bandidos. Sin embargo, había personalidades que estaban construyendo la nación: hombres y mujeres que, por más que nombremos a los mismos de siempre, albergaban una causa y un convencimiento fruto del aprendizaje de la Reconquista.

En las vísperas del 19 de marzo, en las cercanías de Talca, se enfrentaron los realistas contra los patriotas; estos últimos duplicaban en número a los seguidores del Rey. En las filas de los patriotas estaba al frente del mando máximo el argentino José de San Martín, secundado por Bernardo O’Higgins, aunque el más destacado de la jornada sería a la postre Juan Gregorio de Las Heras. En Santiago se encontraba Manolito Rodríguez, quien estaba por cruzar la cordillera en una misión diplomática; pero al oír los rumores del sitio de Cancha Rayada y las informaciones falsas de la muerte de Bernardo, no dudó en armar a sus húsares, defendiendo no solo a la nación, sino también ordenando la capital. El grito inconfundible que pasará a la memoria colectiva nacional: “¡Aún tenemos patria, ciudadanos!”, aún retumba en la posteridad de los rincones de Santiago.

San Martín movió al ejército al alero de la oscuridad; sin embargo, los españoles sabían lo que hacían y atacaron al amparo de la noche mientras se movían. Era una jugada de ajedrez: reinando el caos, hubo muertes y los batallones se retiraron sin orden. En la refriega, un balazo le astilló el hueso de la mano diestra a O’Higgins, creando la noticia errada de que había caído muerto; así, cientos de santiaguinos apostaban por escapar a Mendoza. Es ahí donde Manuel Rodríguez pone orden y se erige como el salvador de Santiago.

Paula, conocedora del terreno – y de las noticias -, no solamente puso su hacienda al servicio de la patria: sabía que el ejército derrotado pasaría por Angostura y los esperó con víveres y medicina. Su bodega quedó a disposición para esconder soldados —ahí cabían unos 120 al menos—; no era cualquier escondite: las bodegas pasaron a ser una reserva para el futuro de Chile. El corazón de la resistencia era Paine y su heroína máxima, doña Paula. A la mañana siguiente, la hacienda de Jaraquemada se transformó en el refugio civil más importante: fue un hospital y un abrevadero para los caballos cansados. Los inquilinos de doña Paula fueron armados para acrecentar la resistencia y ella puso sus propias cabalgaduras a disposición del ejército para cobrar la revancha inmediata.

El momento más sublime fue cuando una patrulla realista irrumpió en su casa y le exigía a nuestra heroína abrir las bodegas. Si eso hubiera pasado, habría sido el fin, pues yacían ahí el ejército, las armas y los víveres. Jaraquemada, con las manos en la cintura y el ceño fruncido, se negó rotundamente y argumentó que era su hacienda y ahí mandaba ella. Los realistas insistían; ante esto, Paula clavó su mirada en el oficial y, con un puntapié, derribó un brasero con carbones encendidos a sus pies, dispuesta a quemarlo todo antes que ceder ante el opresor. Aquel fuego en sus ojos paralizó el acero enemigo y salvó las vidas de quienes, semanas más tarde, sellarían la libertad de Chile en los llanos de Maipú.

Un niño que sería presidente

La noche del brasero quedó registrada en la retina de un chico con pantalones cortos, un mocoso que no fue un chicuelo cualquiera: era el ahijado de Paula. El mismo, siendo ya presidente, relataría este episodio en honor a su famosa madrina, quien murió el mismo año en que asumió la magistratura.

Los días eran tensos y largos en la hacienda de Paine, pues los soldados sanaban, pero los realistas rondaban; era cosa de tiempo para que se asomaran a la madriguera. Montt contaba con nueve años, había quedado huérfano de su familia en Petorca y su posición era más que precaria; pero el pequeño Manuel estaba emparentado con la madre de doña Paula, quien lo acogió en su hacienda, lo bautizó y lo quiso como un hijo más de los siete que ya tenía.

Manuel era un buen observador: desde un rincón vio cuando los realistas le exigían a su madrina que entregara las llaves de la bodega y ella, con determinación, no se movió ni un paso, apoyó su pecho contra las bayonetas y les dijo con voz alta, como si fuera la protagonista de una novela de Salgari: «Yo soy la dueña; si me quieren matar, háganlo». Los realistas se enfurecieron: «¡A quemar esta casa, por Dios!». Y el expresidente contaba para el recuerdo: en lugar de suplicar, mi mamita se adelantó, estiró el pie y, de una sola patada certera, volcó un brasero de hierro repleto de carbones encendidos, desparramándolos por el piso de madera. «¿Quieren fuego? ¡Ahí tienen fuego para quemar la propiedad!», les gritó en la cara.

Al final, los españoles, estupefactos y molestos, se fueron, y la bodega de la salvación nunca fue profanada por los peninsulares. Los soldados curaron sus heridas y levantaron el ánimo para ganar la mítica Batalla de Maipú; el que no se mejoró fue O’Higgins, quien, cabestrillo en mano, se abrazó al final del día con San Martín. Paradójica y tristemente, quien no entró en acción fue José Miguel Carrera, quien tenía prohibición estricta de ingresar a Chile y, para la época de la desventura de Cancha Rayada, estaba exiliado en Uruguay emprendiendo una guerra de papel, pues usaba la prensa —y su pluma humanista— para denunciar la tiranía de la Logia Lautaro. De forma paralela, ignoraba la suerte de sus hermanos, quienes, intentando cruzar los Andes, fueron a la postre fusilados. Manuel Rodríguez, el salvador de Santiago, a los dos meses fue tomado preso y asesinado en Tiltil. Tales motivos enfurecieron a Carrera, quien también terminó enfrascado en una guerra civil allende los andes ofreciendo su vida ante el pelotón de fusilamiento en 1821.

Epílogo

Paula murió un septiembre, al florecer nuevamente un ciclo más de la vida; falleció a los 83 años. Una vez consolidada la independencia, esta heroína cambió la pólvora por la beneficencia, acrecentando aún más el cariño y su leyenda. Fue un ángel dentro de una era donde el Estado no apoyaba al pueblo. Reformó la cárcel de mujeres de Santiago, siendo una asidua visitante que protestaba ante los gobiernos por el desamparo y las malas condiciones de vida de las reclusas, logrando dignificar la existencia de muchas mujeres del pasado.

Trabajó con niños huérfanos, asilos y con la tercera edad; donó parte de su fortuna a la causa más noble: mejorar la dignidad humana de las personas más necesitadas. Fue mediadora entre la sociedad y el Estado, salvando vidas de la pena capital al abogar sin claudicar por sus necesidades.

Han pasado ya cientos de años, pero en Angostura y en Paine aún se recuerda a la «Mamá Grande», y en cada rincón del campo resuena el eco de su existencia.

**Álvaro Vogel Vallespir, historiador y profesor, colaborador permanente del elmaipo.cl

El Maipo

spot_img

Mas noticias

Más Noticias

España va a las urnas, último bastión europeo de la centroizquierda

(Madrid) Aunque a veces los calificativos políticos suenan grandilocuentes, lo cierto es que España es probablemente hoy el...

Dos muertos y nueve heridos deja ataque ucraniano con drones a Moscú

(Moscú) Dos personas murieron y nueve más resultaron heridas hoy por un ataque ucraniano con drones contra la...

China impulsa en ONU documento sobre accesibilidad y derechos humanos

(Beijing) El Consejo de Derechos Humanos de la ONU aprobó por consenso una resolución propuesta por China y...

Italia afronta rezago salarial frente a otras economías europeas

(Roma) Italia afronta hoy un persistente deterioro de los salarios frente a las principales economías europeas, fenómeno que...