Domingo, Mayo 31, 2026

El teatro del castigo. Por Vijay Prashad

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El trato que el ministro de Seguridad Nacional de Israel, Itamar Ben Gvir, dispensó a los activistas de la flotilla fue impactante solo para quienes siguen disfrazando la violencia colonial con el lenguaje edulcorado de la seguridad. Ahora hay una montaña de pruebas ante la humanidad: Gaza se ha convertido no solo en un lugar sitiado, sino en una geografía de desesperación calculada, donde el hambre y los bombardeos se han convertido en instrumentos de gestión política. Los activistas a bordo de la flotilla no eran combatientes armados, ni soldados que amenazaran con una invasión. Eran voluntarios internacionales, defensores de los derechos humanos, médicos, parlamentarios y organizadores que intentaban romper el asedio impuesto a Gaza. Su viaje era político, moral y humanitario. Sin embargo, el Estado israelí los recibió con humillación, detención y violencia teatral.

Ben Gvir comprendió con precisión la función simbólica de sus acciones. La política de la extrema derecha israelí no se trata simplemente de seguridad; se trata de pedagogía. La violencia debe ser vista y la humillación debe difundirse públicamente. La dominación debe reproducirse constantemente a través del espectáculo. La degradación pública de los palestinos y sus aliados es fundamental para la maquinaria ideológica de la extrema derecha israelí. Cada arresto se convierte en una lección de obediencia, cada paliza se convierte en un mensaje, cada detención se convierte en una declaración de que la resistencia, incluso la resistencia simbólica, será recibida con una fuerza abrumadora.

Los activistas de la flotilla entraron en una geografía ya transformada por el bloqueo y la devastación. Gaza hoy no es simplemente territorio ocupado; es un laboratorio de castigo. Durante años, Israel ha controlado el movimiento de alimentos, medicinas, combustible, electricidad y personas hacia la Franja. El bloqueo no ha producido seguridad, sino asfixia social. Las organizaciones internacionales han advertido repetidamente sobre las catastróficas condiciones humanitarias. Sin embargo, el asedio continúa porque sirve a un propósito político: fragmentar la vida palestina y quebrantar la moral colectiva.

Cuando los activistas intentaron desafiar este orden a través de la flotilla, Ben Gvir y sus aliados respondieron como suelen hacerlo las potencias coloniales cuando se enfrentan a un testimonio moral. A los activistas se les presentó no como seres humanos motivados por la conciencia, sino como enemigos del Estado. Su detención fue acompañada de burlas e intimidación. El objetivo no era simplemente detener la flotilla, sino desalentar futuros actos de solidaridad. Este patrón es más antiguo que la crisis actual. Los sistemas coloniales sobreviven no solo a través de la superioridad militar, sino también mediante rituales de dominación. El Imperio Británico lo practicó en la India y Kenia, las autoridades coloniales francesas lo emplearon en Argelia, y el apartheid sudafricano lo institucionalizó con precisión burocrática. La humillación se convierte en parte del gobierno.

La retórica de Ben Gvir revela la profundidad de esta cultura política. Habla de los palestinos no como un pueblo con derechos, sino como una amenaza demográfica que debe ser controlada y contenida. En esta visión del mundo, la solidaridad misma se convierte en un delito. El humanitarismo se reconfigura como terrorismo. El derecho internacional se convierte en un inconveniente. Los activistas de la flotilla eran, por lo tanto, peligrosos no porque portaran armas, sino porque portaban un testimonio. Amenazaban con exponer la arquitectura del asedio ante una audiencia global. Su mera presencia socavaba la narrativa cuidadosamente elaborada de que el sufrimiento de Gaza es un daño colateral inevitable y no una elección política. Lo que más teme Ben Gvir no es solo la resistencia armada. Teme la imaginación política y la posibilidad de que la gente común de todo el mundo pueda ver a los palestinos no a través del lenguaje de los informes de seguridad, sino a través del lenguaje de la humanidad compartida. Y así, la brutalidad dirigida contra los activistas de la flotilla no fue una aberración. Fue totalmente coherente con el mundo ideológico en el que habita Ben Gvir: un mundo en el que la dominación debe reproducirse constantemente a través de la fuerza, la humillación y el miedo.

La política del borrado

Mucho antes de que los activistas de la flotilla fueran detenidos y maltratados, Ben Gvir dirigió su furia hacia uno de los presos políticos palestinos más importantes de la era moderna: Marwan Barghouti (nacido en 1959).

Marwan Barghouti ocupa un lugar singular en la vida política palestina, no porque esté ajeno a las contradicciones políticas, sino porque encarna la continuidad de una lucha nacional que muchos actores poderosos desean borrar. Para muchos palestinos, representa a una figura capaz de unificar tendencias políticas fragmentadas. Surgido de las filas de Fatah durante la Primera Intifada, Barghouti se asoció con la movilización política de base y la exigencia de liberación nacional. Incluso entre quienes discrepan de algunos aspectos de su estrategia política, existe un reconocimiento generalizado de su importancia simbólica. Israel comprende bien este simbolismo. Por eso el encarcelamiento de Barghouti desde 2002 nunca ha sido meramente judicial. Es profundamente político.

La hostilidad de Ben Gvir hacia Barghouti refleja una estrategia israelí más amplia: la destrucción sistemática del liderazgo político palestino. Los sistemas coloniales suelen intentar criminalizar al liderazgo porque la conciencia política organizada representa una amenaza mayor que los disturbios espontáneos. Un pueblo sin liderazgo puede fragmentarse. Un pueblo sin memoria política puede ser controlado.

El encarcelamiento de Barghouti se convirtió en un escenario a través del cual la extrema derecha israelí pudo llevar a cabo su política de venganza. Ben Gvir abogó repetidamente por condiciones carcelarias más duras para los detenidos palestinos. Bajo su influencia política, se intensificaron las medidas represivas contra los derechos de los presos, las restricciones a las visitas familiares y las medidas punitivas diseñadas no solo para encarcelar, sino para degradar. Informes de presos palestinos y organizaciones de derechos humanos han descrito unas condiciones marcadas por el aislamiento, el hacinamiento, el abuso físico y la presión psicológica. Las redadas en las prisiones se convirtieron en espectáculos de dominación. Se confiscaron libros. Se intensificó el castigo colectivo. La prisión, en este sistema, no es solo un lugar de detención; es un instrumento de gestión colonial.

El caso de Barghouti revela algo esencial sobre la visión del mundo de Ben Gvir. Él no se opone simplemente a los grupos armados palestinos, sino a la propia existencia política palestina. Por eso figuras como Barghouti resultan tan amenazantes. Barghouti habla el lenguaje de la liberación nacional. Invoca tradiciones anticoloniales conocidas en Asia, África y América Latina. Su simbolismo político conecta a Palestina con una historia más amplia de lucha contra la ocupación y la dominación racial. Para Ben Gvir, tales figuras deben ser quebrantadas psicológicamente. Su dignidad debe ser destrozada públicamente. Su imagen debe transformarse de líder político a recluso criminal.

Sin embargo, la historia ofrece muchos ejemplos de líderes encarcelados que se convierten en símbolos más poderosos a través del encarcelamiento. Nelson Mandela pasó veintisiete años en prisión bajo el apartheid de Sudáfrica. Los Estados encarcelan a aquellos a quienes temen políticamente. La resistencia de Barghouti se ha convertido, por lo tanto, en algo profundamente simbólico. Su encarcelamiento no se trata simplemente de un hombre. Representa la condición palestina más amplia bajo la ocupación: el confinamiento, la fragmentación y el intento de borrar la agencia política.

En 2025, Ben Gvir publicó un video de 13 segundos en el que se le veía burlándose de un Barghouti muy demacrado en una prisión y dijo: “No ganará. Quienquiera que se meta con la nación de Israel… lo aniquilaremos”. Un digno Barghouti intentó intervenir varias veces para defenderse. El clip mostraba la desesperación de Ben Gvir, tratando de vencer al hombre que había ayudado a redactar el Documento de los Prisioneros en 2006, el cual pedía la revitalización de la política palestina y que sigue circulando hoy en día. La celda de la prisión puede convertirse en una escuela de resistencia. El intento de borrar la memoria puede, por el contrario, fortalecerla. Barghouti sigue siendo, a pesar de años de encarcelamiento, un recordatorio de que la identidad política palestina ha sobrevivido a todos los intentos de fragmentación.

La larga historia de la política fascista israelí

Para comprender a Ben Gvir, hay que ir más allá de la reconfortante ficción de que es una aberración. No es una interrupción en la historia política israelí, sino uno de sus resultados lógicos. Ben Gvir no surgió de la nada. Es el producto de décadas de radicalización en sectores de la sociedad israelí moldeados por el colonialismo de asentamiento, la militarización y la ideología etnonacionalista.

De joven, Ben Gvir estuvo vinculado al movimiento prohibido Kach, fundado por el rabino Meir Kahane. El kahanismo defendía abiertamente la supremacía judía y la expulsión de los palestinos de la Palestina histórica. Incluso el Estado israelí consideró en su momento a Kach como demasiado extremista, prohibiéndolo como organización terrorista. Pero las ideas que antes se consideraban marginales han ido migrando de manera constante hacia la corriente política dominante. Ben Gvir construyó su carrera a base de provocaciones. Se hizo famoso por su retórica incendiaria, la incitación pública y sus apariciones conflictivas en barrios palestinos. Durante años cultivó la imagen de un activista callejero militante que consideraba el compromiso como una debilidad.

Un episodio infame ocurrió en 1995 cuando Ben Gvir apareció en la televisión israelí sosteniendo el emblema del automóvil del primer ministro Yitzhak Rabin. “Llegamos a su automóvil”, declaró, “y también llegaremos a él”. Semanas más tarde, Rabin fue asesinado por un extremista israelí de extrema derecha opuesto a los Acuerdos de Oslo.

Esta historia es importante porque revela el ambiente político del que surgió Ben Gvir: una cultura en la que el odio contra los palestinos, y a menudo contra los propios defensores de la paz, se normalizó. Con el tiempo, la política israelí se desplazó progresivamente hacia la derecha. La expansión de los asentamientos se aceleró. La ocupación militar se endureció. El proceso de paz se derrumbó en una diplomacia ritualizada desconectada de las realidades sobre el terreno. En este entorno, figuras como Ben Gvir ganaron legitimidad. Su ascenso también refleja realidades estructurales más profundas. Los sistemas coloniales suelen generar formaciones políticas extremistas porque la dominación requiere una justificación ideológica. La violencia debe moralizarse y la desigualdad debe racionalizarse. Ben Gvir cumple precisamente esta función ideológica. Transforma la violencia estructural en virtud nacionalista. Su lenguaje político se basa en gran medida en el miedo. A los palestinos no se les presenta como una población colonizada, sino como enemigos existenciales. Las organizaciones de derechos humanos son retratadas como traidoras. Las críticas internacionales se convierten en evidencia de conspiración.

Esto no es exclusivo de Israel. Se pueden observar patrones políticos similares a nivel mundial. Desde el nacionalismo Hindutva de Narendra Modi en la India hasta el etnonacionalismo autoritario visible en partes de Europa y las Américas, los movimientos contemporáneos de extrema derecha se basan en una política del miedo permanente. Las minorías se convierten en chivos expiatorios, y la disidencia se convierte en traición.

Lo que hace que Ben Gvir sea especialmente peligroso no es solo su retórica, sino su acceso al poder estatal. Como ministro de Seguridad Nacional, tiene influencia sobre la policía, la administración penitenciaria y la represión interna. La política callejera extremista de décadas anteriores ha entrado ahora en la maquinaria de gobierno.

Esta transformación conlleva graves consecuencias. El trato dispensado a los activistas de la flotilla y a presos como Marwan Barghouti no son incidentes aislados. Son síntomas de una trayectoria política más amplia en la que la crueldad misma se convierte en política. Sin embargo, la historia también nos recuerda que los sistemas construidos sobre la dominación permanente acaban enfrentándose a crisis de legitimidad. Los regímenes coloniales a menudo parecen invencibles hasta que, de repente, dejan de serlo. La Argelia francesa parecía permanente. El apartheid sudafricano parecía profundamente arraigado. El colonialismo portugués en África parecía inamovible. La represión contiene contradicciones, la violencia genera resistencia y la humillación produce solidaridad.

La indignación mundial por Gaza, el poder simbólico que siguen ejerciendo los presos palestinos y la persistencia de los movimientos de solidaridad internacional indican que la lucha palestina sigue profundamente viva. Ben Gvir representa el extremo más radical de un proyecto político que intenta preservar la dominación a través del miedo. Pero el miedo por sí solo no puede producir justicia, legitimidad ni paz. Y esa es, en última instancia, la tragedia del momento actual: una clase política incapaz de imaginar la coexistencia salvo a través del lenguaje de la fuerza. Los activistas de la flotilla lo entendieron, y también lo entiende Marwan Barghouti. Millones de personas en todo el mundo también lo entienden. La pregunta ahora es si el sistema internacional seguirá normalizando tal brutalidad, o si la opinión pública mundial reconocerá finalmente que lo que se está desarrollando no es simplemente un conflicto entre dos partes iguales, sino una lucha por el significado básico de la libertad, la dignidad y la propia humanidad.

*Vijay Prashad es un historiador y periodista indio. Es autor de cuarenta libros, entre los que se incluyen Balas de Washington, Una estrella roja sobre el Tercer Mundo, Las naciones oscuras: una historia del Tercer Mundo; Las naciones pobres: una posible historia del Sur Global y How the International Monetary Fund Suffocates Africa, escrito con Grieve Chelwa. Es el director ejecutivo de Tricontinental: Instituto de Investigación Social, corresponsal jefe de Globetrotter, y el editor jefe de LeftWord Books (Nueva Delhi). También ha hecho apariciones en las películas Shadow World (2016) y Two Meetings (2017).

El Maipo/Globetrotter

Nota: El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de sus autores, y no refleja necesariamente la línea editorial El Maipo.

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