León XIV aterrizó esta tarde en Carrasco. Durante diez días recorrerá Uruguay, Argentina y Perú, y la agenda, leída con algo de atención, dice bastante más de lo que suelen decir los itinerarios papales. Tres países gobernados por proyectos políticos casi opuestos reciben a un pontífice que, en cada escala, ha reservado sus gestos de mayor peso para los barrios, las cárceles y las comunidades que el poder rara vez visita. Es difícil pensar que esa coincidencia sea casual.
El viaje empezó, de hecho, un día antes y en Roma. En la misa por los cardenales y obispos difuntos celebrada en San Pedro, el Papa pidió a la jerarquía un ministerio de despojo, de cercanía compasiva y de servicio sin privilegios. La homilía pasó casi inadvertida entre las noticias de la partida, y sin embargo ofrece la mejor clave para entender lo que viene. Antes de hablarles a los gobiernos latinoamericanos, León XIV les habló a sus propios obispos, y lo que les exigió es lo mismo que irá a escenificar en Casavalle, en Devoto o en Pucallpa. Un Papa que reclama a su Iglesia que renuncie a los privilegios queda en mejores condiciones para pedir cuentas a otros sobre el trato que dan a los pobres.
Uruguay y la Iglesia sin poder
Montevideo es la escala más tranquila en lo político y probablemente la más exigente en lo eclesial. Uruguay es el país más secularizado del continente, con una tradición laica que se remonta a comienzos del siglo XX y que forma parte de su identidad nacional. El cardenal Daniel Sturla lo ha planteado con una fórmula que circula en la cobertura de Vida Nueva: se trata de mostrar una Iglesia “pobre, libre y hermosa”, capaz de anunciar el Evangelio sin apoyarse en el poder, en una sociedad donde los sociólogos de la religión detectan un vacío espiritual que el Estado laico tampoco ha logrado llenar.
El programa uruguayo tiene su cuota de protocolo. Hubo bienvenida en la Plaza Independencia, encuentro privado con el presidente Yamandú Orsi, entrega de las llaves de la ciudad en el Cabildo y vísperas con el clero en la Catedral. Mañana el Papa celebrará misa en Paysandú con las comunidades del litoral y por la noche presidirá una vigilia con jóvenes en el Estadio Centenario. El momento que más dice, sin embargo, ocurrirá a media tarde en Casavalle, uno de los barrios más castigados de Montevideo. En el barrio Borro, León XIV bendecirá viviendas levantadas por cooperativas de autogestión, en un encuentro compartido con iglesias evangélicas. Con ese gesto reconoce la organización popular como respuesta legítima a la exclusión y, al mismo tiempo, tiende la mano a un mundo evangélico que en buena parte de la región compite abiertamente con el catolicismo por los mismos fieles.
La relación con el gobierno de Orsi es de cercanía con reservas. En pobreza, vivienda y derechos sociales, la agenda del Frente Amplio y la doctrina social de la Iglesia coinciden en mucho. La diferencia está en la bioética, y El País de Montevideo ya puso sobre la mesa la reciente ley de eutanasia como el punto que el Papa difícilmente dejará pasar en silencio. Uruguay sirve así de recordatorio útil para quienes leen a la Iglesia solo con el eje izquierda-derecha. La sintonía social con un gobierno progresista no implica alineamiento, y la frontera aparece en cuanto se habla del final de la vida.
Argentina, donde todo se vuelve política
En Buenos Aires el tono cambia por completo. Casi toda la cobertura argentina que recoge la pauta gira en torno a una misma tensión, la que existe entre el magisterio social del Papa y el programa de ajuste de Javier Milei. Oscar Campana y Washington Uranga la describen como un choque de cosmovisiones. Guzmán Carriquiri, que conoce como pocos la relación entre la Santa Sede y América Latina, anticipa mensajes capaces de incomodar a la Casa Rosada, empezando por la opción preferencial por los pobres frente a recortes que golpearon a las personas con discapacidad, y siguiendo por las advertencias contra la polarización. Sergio Rubin, que viaja en el avión papal, habla de una pulseada entre el protocolo que quiere el gobierno y la agenda que el Papa ha elegido para sí.
Esa agenda tiene dos paradas que lo resumen todo. El 11 de noviembre, León XIV entrará al penal federal de Devoto para compartir con los presos, a quienes la propia cobertura llama “los descartados”, una palabra que pertenece al léxico de Francisco y que el nuevo Papa ha hecho suya. La visita a Claypole, en el conurbano sur, completa el recorrido. Desde La Matanza, el padre Jean Bosco describe en Página/12 una realidad de comedores desbordados y una pastoral afro que casi nunca llega a los medios, y deja claro que en esos barrios la visita se espera como una forma de reconocimiento.
Hay además un frente que puede resultar más delicado que el económico. Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, junto a otras organizaciones, se hicieron presentes en la Catedral para pedir una audiencia y entregar una carta contra el negacionismo y contra el desmantelamiento de las políticas de memoria, verdad y justicia. Con esa carta, la visita queda inscrita en la disputa por el pasado reciente que el gobierno de Milei reabrió. El Papa tiene pocas salidas neutrales. Si recibe a los organismos, el gesto será leído como respaldo, si lo hace en privado se discutirá la discreción, y si no los recibe el silencio también será interpretado.
Sobre todo esto pesa la memoria de Francisco. León XIV llega al país de su predecesor, con quien Milei pasó del insulto durante la campaña a una reconciliación cuidadosamente protocolar. Cada palabra que pronuncie en Argentina será comparada con lo que habría dicho Bergoglio, y los dos bandos estarán atentos a si el nuevo Papa prolonga esa línea o la atenúa.
Perú, la vuelta a casa
En Perú la visita tiene otra temperatura, porque el Papa regresa al país donde pasó buena parte de su vida. Robert Prevost fue misionero y luego obispo de Chiclayo, tiene nacionalidad peruana y conoce el norte del país desde dentro. La crónica de La República cuenta que en Lambayeque las comunidades de base y los movimientos campesinos lo esperan como a su antiguo pastor, más que como a un jefe de Estado extranjero. En ninguna otra parte de la gira la cercanía es tan biográfica.
El 15 de noviembre, en Pucallpa, el pueblo shipibo-konibo lo recibirá con cantos litúrgicos en su lengua y con un pliego de demandas territoriales y ambientales que lleva meses preparando. ADN Celam y la REPAM hablan de un “sínodo amazónico vivo”, y la expresión importa, porque sitúa la visita en continuidad directa con el Sínodo de 2019 y con la exhortación Querida Amazonia. La gira se cerrará en Las Palmas, en la periferia de Lima, donde las hermandades de la Virgen de Copacabana preparan el altar para la misa final. Es la religiosidad popular de los barrios trabajadores, la misma que la jerarquía limeña ha mirado con distancia durante décadas.
Elisabetta Piqué, en La Nación, describe el escenario peruano como el del poder conservador asentado en Lima. Con ese poder no se anticipa una confrontación ideológica abierta como la argentina. La tensión es más sorda y tiene que ver con la distancia entre la capital y un Papa que conoce de primera mano los conflictos por la tierra, la minería y los derechos indígenas que el centralismo limeño acostumbra a dejar para después.
Lo que se repite y lo que cambia
Si se ponen las tres escalas una al lado de la otra, aparece un patrón difícil de ignorar. En cada país el Papa cumple con el protocolo, pero reserva lo más significativo para la periferia: Casavalle en Montevideo, Devoto y Claypole en Buenos Aires, Pucallpa y Las Palmas en Perú. El lenguaje también se repite. Habla de puentes y de diálogo plural, de los descartados, de una Iglesia sin privilegios, y casi todo ese vocabulario viene de Francisco. La continuidad con el pontificado anterior, que algunos daban por debilitada, resulta en este viaje más visible que nunca.
Detrás de todo está la crisis del catolicismo latinoamericano. Religión Digital recuerda que en Argentina la proporción de católicos cayó del 71 al 58 por ciento, mientras las iglesias evangélicas crecen sin pausa. La gira responde a ese retroceso por dos vías que en otro tiempo habrían parecido incompatibles. Una es el ecumenismo, visible en Casavalle. La otra es la apuesta por la piedad popular, que en Lima ocupará el lugar de la misa de clausura.
Las diferencias son igual de nítidas. En Uruguay el Papa se mueve entre la afinidad social con un gobierno de centroizquierda y la objeción moral a la eutanasia, en un país donde lo difícil es encontrar oídos para el Evangelio. En Argentina enfrenta un contrapunto directo con un gobierno libertario que ha hecho de la batalla cultural su método, y con una herida abierta en torno a la memoria. En Perú no hay un adversario declarado, sino un poder que mira desde la capital y un Papa que viene de provincia y de la Amazonía. Laicidad, justicia social y territorio son los tres temas que ordenan cada etapa.
Las lecturas políticas
La primera conclusión es que la gira funciona como una radiografía ideológica de la región. Piqué lo dijo sin rodeos: el Frente Amplio, el experimento libertario y el conservadurismo limeño. El Papa no eligió a esos gobiernos, pero sí eligió dónde detenerse, y al hablar desde el mismo lugar ante interlocutores tan distintos consigue marcar posiciones sin necesidad de nombrar a nadie.
Argentina será la prueba más exigente. Allí la doctrina social deja de ser un principio general y choca con medidas concretas, como el recorte en discapacidad. Milei y su entorno han demostrado que no rehúyen la polémica, de modo que cualquier frase sobre los pobres, el mercado o el Estado será disputada en las redes antes de que el Papa termine de pronunciarla. La carta de los organismos de derechos humanos agrega otro frente, en el que el margen para la ambigüedad es todavía menor.
Uruguay, en cambio, deja ver los límites de la afinidad progresista. La eutanasia recuerda que la Iglesia mantiene una agenda moral propia que no coincide con la de ningún bloque, y que puede acompañar a un gobierno en lo social mientras lo enfrenta en lo bioético.
En Perú, lo político se juega en la Amazonía. Si el Papa recoge las demandas shipibo-konibo, un conflicto que el Estado trata como asunto local adquiere proyección internacional, con consecuencias para la discusión sobre extractivismo y derechos indígenas. Y en toda la gira late una disputa religiosa que tiene también consecuencias electorales, porque el voto evangélico se ha vuelto decisivo en varios países del continente. La opción por el ecumenismo y por la fe popular puede leerse como una manera de recuperar presencia social sin sumarse a las guerras culturales que buena parte de ese mundo evangélico ha abrazado.
Hay un dato que conviene mirar desde Chile. La Santa Sede oficializó el nombramiento de la teóloga moralista Claudia Leal Luna como subsecretaria del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, junto al jesuita Avelino Chico. El anuncio no forma parte de la gira, pero coincide con ella y apunta en la misma dirección: una mujer latinoamericana en la oficina vaticana encargada precisamente de la doctrina social que el Papa está poniendo en escena en el Cono Sur.
Queda por saber cuánto de todo esto se dirá en voz alta. León XIV es un hombre más medido que Francisco, menos dado a la frase que se convierte en titular. Tal vez confíe en que la agenda hable por él y en que una visita a Devoto o a Pucallpa diga lo que un discurso no necesita decir. Si es así, los gobiernos que lo reciben tendrán que interpretar cada paso, y es probable que sus críticos y sus partidarios lo hagan antes y con más ruido que ellos.
Para El Maipo Álvaro Ramis Olivo, colaborador de El Maipo. Presidente del Centro de Estudios Territorio y Comunidad.
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