Durante décadas fuimos educados para rechazar esta dicotomía. Nos contaron que existía una tercera vía. Que frente al capitalismo decadente de Estados Unidos y al autoritarismo chino, la Unión Europea ofrecía algo distinto: una síntesis de libertad política y bienestar material, un proyecto civilizatorio genuinamente superior.
La Unión Europea se autodestruyó. No solo por el Brexit. No solo por la parálisis en el terreno internacional. Sino porque los europeos nunca pudieron resolver la contradicción básica: predicaban valores de cooperación multilateral mientras ejecutaban una subordinación silenciosa a Washington. Los tecnócratas de Bruselas enunciaban principios mientras los gobiernos nacionales cedían poder real. Eso no es retraso técnico. Es la muerte de un proyecto.
Hoy esa ilusión desapareció. En su lugar queda la dicotomía entre China y Estados Unidos. No es solo diferencia de sistemas políticos. Es conflicto abierto sobre el orden mundial.
Estados Unidos reclama el derecho al intervencionismo. Eso es su doctrina real, más allá de los discursos sobre democracia. Toma recursos naturales bajo coacción. Impone marcos regulatorios que sirven a sus corporaciones. Mantiene militares en cien países. Su libertad electoral es verdadera, pero está capturada por elites corporativas que hacen la política real. La posdemocracia funciona así: vota lo que quieras, el resultado es siempre el mismo.
China construye un orden diferente. Abre mercados sin condiciones políticas. Financia infraestructura en Laos, Sudán, Pakistán. No enviará tropas para “proteger inversiones”. Su régimen es autoritario, sí, pero coherente: subordina interés privado a interés general. Daniel Bell lo llama meritocratia política. Es otro orden, donde la obediencia a un proyecto común se valora más que la autonomía individual. Eso es lo que choca. No es democracia versus dictadura. Es dos concepciones irreconciliables de qué hace un Estado legítimo.
La Unión Europea eligió la comodidad de la subordinación atlántica. Ahora ve, paralizada, cómo el mundo se redefine sin ella.
América Latina no construyó alternativa propia. El socialismo del siglo XXI prometió liberación pero dependía del petróleo venezolano y de precios altos del cobre. Cuando cayeron, el modelo se derrumbó. La derecha que llegó después simplemente se arrodilló ante Washington: más mercado, menos Estado, fronteras abiertas al capital. Entre una izquierda que no pudo sostener lo que prometía y una derecha que renuncia a pensar, América Latina fue presa fácil de la dicotomía global.
Chile encarna esto perfectamente. China es nuestro principal cliente. Compra el 90% de nuestro cobre. Pero nuestra clase dirigente mira a Washington como si Washington ofreciera algo. En julio, Trump impuso aranceles del 12,5% a nuestras exportaciones. Un gobierno de derecha lo ayudó a llegar, visitó a Trump, se alineó con su causa. Aun así: aranceles. El canciller respondió con diplomacia. El ministro de Defensa dijo que fue “injusto”. Ambos tenían razón. Es que Trump no es confiable. No es un socio. Es un depredador sin estrategia a largo plazo.
China ofrece lo que Estados Unidos rechaza: acceso seguro a mercados, financiamiento para proyectos de infraestructura, posibilidad de crecimiento donde no hay conflicto ideológico. No es altruismo. Es que China necesita clientes y proveedores. Construye eso en lugar de enviar marines.
La pugna interna de la derecha chilena lo muestra bien. Dos visiones que no pueden coexistir. Una dice: alineémonos con Trump ideológicamente. Otra dice: protejamos la economía de Trump. Son incompatibles cuando Trump es proteccionista. Porque la política de Trump no es libre mercado. Es capitalismo nacional. Nacionalismo económico. Apropiación de recursos donde puede. Eso no tiene nada de liberal.
Lo que requiere Chile es autonomía estratégica. Leer a China desde nuestros propios intereses, no desde prejuicios ideológicos. Negociar, no vasallear. Entender que los recursos, los mercados reales, están donde están. Que Estados Unidos no va a volver a ser lo que fue. Que China será para las próximas décadas lo que Estados Unidos fue en el siglo XX.
Pero eso exigiría una clase dirigente capaz de pensar. Que no tenemos.
Para El Maipo Álvaro Ramis Olivo, colaborador de El Maipo. Presidente del Centro de Estudios Territorio y Comunidad.
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