Domingo, Mayo 17, 2026

Del mundo líquido al gaseoso: La cultura Snack. Por Frei Betto

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Los nuevos medios digitales introducen ahora la Cultura Snack (Carlos Scolari, La Marca, 2020). La veloz competencia por captar la atención del público ha dado lugar a una multitud de piezas textuales breves: clips, tuits, memes, tráileres, webisodios, teasers (avances), cápsulas informativas, TikTok, spoilers… que se reproducen viralmente en las redes. Este es el arte de la información breve para ser consumida en «mordiscos» aleatorios.

Sociólogo polaco Zygmunt Bauman.

Por eso, la metáfora de la «modernidad líquida», popularizada por Zygmunt Bauman, ya no sirve para describir el momento actual. La idea del filósofo polaco surgió de la transición de una sociedad sólida- marcada por estructuras estables e instituciones duraderas- a una fluida, caracterizada por el cambio constante y la aversión a cualquier forma de fijeza. En este escenario, no se buscan soluciones permanentes; se prefiere la adaptación continua. De ahí la recurrencia de la palabra «innovación».

En la modernidad líquida, ser «flexible» se ha convertido en sinónimo de estar siempre dispuesto a cambiar de opinión, de entorno o de objetivo. La metáfora resultaba pertinente para reflexionar sobre una modernidad aún marcada por una lógica de flujo, desplazamiento y progreso.

Esta imagen presupone un camino lineal: el líquido sigue una trayectoria, aunque irregular, con dirección y destino. Sin embargo, en el siglo XXI, con la introducción de las herramientas digitales, la dinámica social se asemeja menos a un río y más a una nube de partículas que colisionan en múltiples direcciones: caótica, fragmentada e impredecible.

La web no es solo un nuevo medio, sino un metamedio que alberga formatos, lenguajes y prácticas sin precedentes: desde blogs hasta webisodios, desde memes hasta narrativas transmedia.

Esta nueva ecología mediática es la cuna de microtextos instantáneos y megahistorias capaces de difundirse a través de múltiples plataformas. Es una cultura del snack, marcada por la brevedad, la fragmentación, la remezcla, la sobrecarga de información, la movilidad y la velocidad. El culto a la concisión se lleva al extremo.

Si la liquidez simbolizaba el movimiento constante, el estado gaseoso capta mejor la dispersión radical de contenidos e interacciones. Aquí, los «textos» son como moléculas agitadas: múltiples, independientes y en constante colisión.

En este ecosistema, pequeños cambios, como la aparición de una nueva aplicación o formato, pueden desencadenar transformaciones a escala global. El propio coronavirus, como un «meme biológico», demostró el poder de algo diminuto para generar impactos masivos.

Un amigo me comentó que solo creerá en la eficacia de la Inteligencia Artificial (IA) el día que lo reemplace en el gimnasio y él, en casa, pierda peso… Si bien este ejemplo roza lo absurdo, es un hecho que la IA tiende a atrofiar el razonamiento, la cultura y la creatividad de muchos usuarios. Estamos transmitiendo a las máquinas habilidades humanas que tardaron milenios en perfeccionarse. Quizás el brote mundial de obesidad tenga que ver con la pereza de mover el cuerpo, ya que los vehículos pueden transportarnos de un punto a otro en el espacio y los equipos, como los robots, pueden prescindir del trabajo manual.

Quizás el riesgo más inminente reside en ignorar que un bloque de granito, tan consistente al tacto, es el resultado de una danza de moléculas. En su interior, los átomos se encuentran en constante movimiento, vibrando continuamente alrededor de posiciones de equilibrio debido a la energía térmica. Visto al microscopio, el bloque es una danza continua de vibraciones. A nivel macroscópico, esta danza está tan organizada que nos parece sólida.

Esto es lo que observamos en la situación actual, cuyo mayor ejemplo es la política de Donald Trump, quien ignora el derecho internacional, las leyes y los tratados, incluyendo a socios históricos de la Casa Blanca como la OTAN. Actúa según sus caprichos intervencionistas sin que nadie lo detenga. Ante esto, individuos y entidades jurídicas se sienten alentados a hacer lo mismo, lo que erróneamente se denomina la «ley de la selva», una expresión paradójica, pues si hay ley, hay reglas.

Thomas Hobbes y Jean-Jacques Rousseau ya nos advirtieron que la naturaleza no es puro caos, violencia y ausencia de reglas. Los ecosistemas funcionan con patrones, equilibrios y restricciones bastante estructurados. En la selva, existen relaciones relativamente estables entre depredadores y presas, competencia por los recursos, cooperación, simbiosis y nichos ecológicos. La selva no es una falta de orden; es otro tipo de orden. Y los pueblos indígenas son casi siempre más civilizados que quienes no habitan la selva.

El concepto darwiniano de «selección natural» como mera supervivencia del más apto es ampliamente criticado. En general, sobreviven quienes son más adaptables, cooperativos o están mejor integrados con el medio ambiente.

De ahí la importancia de evitar que este estado gaseoso evolucione a plasma, el cuarto estado de la materia, lo que provocaría un apocalipsis civilizatorio. El antídoto es la globalización de la solidaridad en busca de la paz como fruto de la justicia.

*Frei Betto es escritor brasileño y fraile dominico, conocido internacionalmente como teólogo de la liberación, autor de 60 libros de diversos géneros literarios –novela, ensayo, policíaco, memorias, textos infantiles y juveniles y de temas religiosos.

El Maipo/PL

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial El Maipo.

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