A 184 años de la muerte de O’Higgins: sus últimos meses en Chile antes del exilio. Por Álvaro Vogel Vallespir

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Este 24 de octubre se conmemoran 184 años de la muerte de Bernardo O’Higgins, quien, como pocas figuras de la aurora del siglo XIX, está presente y vigente en la memoria colectiva nacional. Para la historia y la identidad de una nación, el legado de este padre de la patria continúa siendo un campo de estudio permanente, proyectando la idea de un ente atemporal, capaz de unir el pasado con el presente.

Escribir reiteradamente acerca de Bernardo O’Higgins tiene poca lógica si el propósito es realizar un ejercicio repetitivo, al estilo de crear datos para los almanaques. Reeditar, sin análisis, la cantidad de obras primarias, secundarias, visuales y afines que llenan con facilidad largos pasillos de bibliotecas y estanterías de librerías cada vez menos visitadas podría convertirse en una tumba para la memoria. Pero si actualizamos la lectura de las fuentes, el O’Higgins del siglo XXI puede volver a cabalgar por los llanos de la patria.

La importancia de revisar entre líneas y proponer una nueva interpretación de las fuentes es, entonces, patente, ya que en cada época histórica la valoración de los personajes va cambiando; es decir, la opinión sobre el prócer de hace un siglo no es la misma que la de hoy. Al mismo tiempo, siempre es bueno bajar a los protagonistas de antaño de sus pedestales, quitarles algunas capas de bronce y ahondar en la humanidad cotidiana que ellos también tenían. Cabe añadir que los planes educativos pueden contribuir al ejercicio de la memoria o caer en el olvido, dependiendo de la orientación de los gobiernos de turno. Empero, nuestro Padre de la Patria dejó una impronta fundamental: la nación libre del dominio español, algo que será recordado por siempre, al igual que la contribución de varios hombres y mujeres de su época.

En este artículo se presentará brevemente una interpretación de sus últimos seis meses en Chile, estableciendo una analogía con la fecha de su fallecimiento, pues su salida del país, sin retorno, significó además su muerte política momentánea —para otros, definitiva— en tierras nacionales.

Nos adentraremos también en su dimensión humana a partir de su estado de ánimo y de sus sentimientos más íntimos, apoyándonos en la lectura epistolar, pues las palabras no se pueden borrar y nos ofrecen indicios de los estados de ánimo de quien las escribe. Estas cartas contienen una alta carga de contenido político contingente y autorreferencial, propia de un gran hombre que sabe que dar un paso al costado es por el bien común. Pero también son letras de consuelo personal que lo convencen de haber hecho lo posible por la emancipación, sin detenerse a repasar algunos de sus errores. El tono de las cartas puede interpretarse como un acto de autocomplacencia, pero también como el cierre genuino de una etapa cumplida. El análisis y el debate quedarán abiertos para los lectores, conscientes de que la historia admite distintas interpretaciones y de que cada persona tiene puntos de vista diferentes.

Por lo tanto, este epistolario de fuentes primarias aporta, desde la óptica de O’Higgins y la del año 2026, elementos para esclarecer la animosidad de aquellos días que, de pronto, catapultaron al país y a sus incipientes «bandos políticos» hacia una anarquía que culminaría en una guerra civil, en un proceso que pasó por el gobierno de los caudillos, quienes fueron sembrando una inestabilidad con escaso control legal.

Un pequeño contexto

Antes de analizar las vicisitudes del Padre de la Patria a través de su correspondencia, es fundamental contextualizar, de forma acotada, los acontecimientos previos al 28 de enero de 1823. El Chile de O’Higgins no contaba con la madurez política necesaria para generar, entre otros aspectos, un pacto social justo. Era un país imberbe, donde abundaban personalidades con rivalidades a flor de piel que, de forma inexperta, cometían errores antaño condenables, pero que hoy, con la distancia del tiempo, resultan más comprensibles. Por ello, las lecturas entre líneas de las fuentes deben ser más indulgentes. La búsqueda de aprendizajes no se consolidaría sino hasta bien avanzada la primera mitad del siglo XIX. Por consiguiente, la forma de ejercer el poder de O’Higgins y, por qué no, la de Carrera no siempre se ajustaba a lo que hoy podríamos considerar más adecuado.

Chile era un país pobre, cercano al desamparo total, con escaso desarrollo agrícola y aún sin un sistema económico definido, a pesar de su dependencia externa. Si bien hubo intentos de establecer un orden político mediante constituciones, estas no llegaron a constituir contratos sociales justos por una razón sencilla: eran apuestas coyunturales, sin una mirada de largo plazo y con algunas contradicciones ideológicas, si tomamos el liberalismo como punto de referencia. La suma de pretensiones que Bernardo persiguió de forma bienintencionada lo llevó a concentrar más poder del aconsejable. Esto fue su tumba —a la postre— frente a una élite poco dispuesta a transar y a una Iglesia ultramontana, sin espacio para concesiones que sobrepasaran los límites de su poder terrenal y espiritual.

Abdicación de Bernardo O’Higgins. Imagen Archivo.

Los caminos hacia la abdicación

La abdicación es difícil de comprender si se analizan pocas aristas; fue el resultado de una suma de acontecimientos multicausales y de decisiones mal tomadas —sin alevosía, en todo caso— por el Padre de la Patria. Quizás su visión no fue lo suficientemente amplia en aquellos días; aunque esta conclusión, desde el presente, puede parecer subjetiva, gana cada vez más peso entre los especialistas. O’Higgins, si bien se trasladó a la capital, no fue centralista y gobernó con una mirada provinciana. Por ejemplo, la independencia no se firmó en Santiago. Esto provocó claras diferencias con la élite capitalina: celosa, conservadora, centralizada y autoritaria. Además, se enfocó excesivamente en el ámbito militar —e incluso naval—, descuidando la búsqueda de un equilibrio pragmático en el ejercicio del poder político. No podemos culparlo, pues la urgencia de aquellos días era de carácter militar; sin embargo, siempre debemos cautelar las relaciones políticas, sobre todo las de pasillos y sobremesas abundantes.

Su reticencia a alcanzar acuerdos políticos con la élite fue suplida por medidas autoritarias, muchas veces excesivamente estrictas, pero que consideraba necesarias para la época, pues era un momento en el que las debilidades no tenían cabida. Sin embargo, estas medidas no siempre fueron respaldadas, ya que, en la práctica —ni entonces ni ahora—, el ciudadano nacional se ha caracterizado por un respeto irrestricto a las normas. En materia religiosa, O’Higgins transgredió diversas directrices, lo que provocó el descontento de una Iglesia católica con un poder considerable tanto en lo terrenal como en lo espiritual y, por supuesto, en lo político. La Santa Sede, bajo el pontificado de Pío VII, mantuvo una posición cautelosa frente a la independencia de las nuevas repúblicas hispanoamericanas, tanto por sus vínculos históricos con la Corona española como por las implicaciones que el nuevo orden político tenía para la organización eclesiástica

Pocos dudarán de que O’Higgins fue un hombre ilustrado; sin embargo, su forma de transmitir esta faceta intelectual a la aristocracia fue, en gran medida, ruda y estuvo marcada por un discurso escasamente atenuado. En lo económico, su gestión tuvo resultados más negativos que positivos si la evaluamos en términos monetarios actuales. Pero ¿podemos culparlo? Chile era inestable y pobre, como hemos dicho; en definitiva, no logró articular un equilibrio entre el desarrollo de un país nuevo y los enormes gastos de la guerra. Nuestra patria nació desvalida y sin arcas fiscales, lo que constituyó una carga casi insostenible para cualquier líder. O’Higgins recurrió en reiteradas ocasiones a impuestos obligatorios, lo que lo enemistó con diversos actores sociales de la aristocracia.

En síntesis, la figura de O’Higgins terminó siendo impopular tanto entre los estamentos altos como en el clero, un panorama más que suficiente para propiciar una guerra civil que fue postergada gracias a su abdicación. Entonces, una de las grandezas de este Padre de la Patria reside en haber dado marcha atrás en el momento justo y haber antepuesto la nación a sus necesidades personales. Esta imagen ha evolucionado a lo largo de los años en la historiografía. Muchos consideran que uno de sus aportes más empáticos, éticos y genuinos fue, precisamente, dar un paso al costado y abandonar el país, evitando con ello derramamientos de sangre entre el poder central y las provincias. Este gesto de reconocer la derrota política es altamente valorado en nuestros tiempos, más que en el momento mismo en que ocurrió.

Las cartas y sus interpretaciones

Desde su renuncia «voluntaria» al poder, a fines de enero, y su viaje sin retorno al Perú, existe un registro de dieciocho cartas que permiten inferir su estado de ánimo, sus relaciones cambiantes con el poder, la amistad con sus cercanos, la pérdida de su autoridad, los guiños a la logia lautarina, su sentimiento de antipatía hacia la élite santiaguina por la incomprensión hacia su persona, su resignación y, finalmente, una mirada de esperanza en el país vecino que lo acogió y que lo recuerda hasta hoy con orgullo, pues fue el salvador del Perú en el momento de su autodeterminación.

Resulta interesante destacar que no existe, hasta ahora, ninguna línea ni referencia implícita —y menos aún explícita— sobre su hijo Pedro Demetrio, nacido de su relación con María del Rosario Puga, su pareja clandestina durante el período de mayor poder. O’Higgins vivía a una cuadra de distancia de María Melchora, y sus caminatas nocturnas fueron comidilla pública, al igual que el intento de ocultar la existencia de su hijo.

Sabemos, por otras fuentes, que Demetrio viajó al Perú junto a su padre, presionado hasta el cansancio por su madre, Isabel. Se trata, al parecer, de una historia circular: los tres O’Higgins —Ambrosio, Bernardo y Pedro— mantuvieron relaciones tormentosas entre sí, con las mujeres y con una sociedad que marcó a los dos últimos con el estigma de ilegítimos o «huachos». No obstante, O’Higgins era, en ocasiones, extremadamente tímido y reservado, al punto de evidenciar una dualidad: por un lado, el militar que detentaba el máximo poder y que se enfrentó a José Miguel Carrera y sus hermanos; por otro, el hombre inseguro, temeroso de su padre, reacio a reconocer a su hijo y a sostener relaciones afectivas abiertas. Estamos frente a un hombre de carne y hueso.

En la primera esquela posterior a su abdicación, considerando el duro revés que suponía su nueva situación, advertimos la premura por encontrar un lugar donde quedarse antes de embarcar rumbo al Perú. Solicita ayuda a Ignacio Zenteno, exministro de Guerra y amigo cercano. El tono de la solicitud puede interpretarse como una humildad ligeramente engañosa y una aparente conformidad con el exilio, aunque, con el paso de los días, ese tono se diluye y da paso a un enojo humanamente comprensible.

Ese mismo día escribe a Ramón Freire con pocas esperanzas, que pronto se verían confirmadas. Freire, ya con aires de futuro caudillo, lo visitó y apoyó tímidamente al comienzo, pero luego fue distanciándose de forma paulatina, pues había sido opositor a su mandato como Director Supremo.

Seis días después, en una tercera carta, O’Higgins nombra como apoderado a Miguel Zañartu, otrora ministro del Interior y de Relaciones Exteriores, además de prominente abogado, previendo eventuales requerimientos judiciales bajo el nuevo gobierno. Bernardo se negó a someterse a un juicio de residencia, por considerarlo un oprobio, y se autodenominó textualmente el primer Padre de la Patria, argumentando su papel como libertador en Chacabuco.

Se repite aquí una constante de su ejercicio del poder: O’Higgins se mostró más atento a la gloria militar que a las tareas propias del gobierno. Esta tensión entre lo militar y lo político fue uno de los factores que lo condujeron a la abdicación y dejó flancos abiertos que fueron aprovechados por una élite carente de claridad doctrinaria.

En la evolución de sus escritos se aprecia que O’Higgins albergaba la esperanza de que el tiempo y la historia lo juzgarían favorablemente y de que podría regresar a Chile. Aunque finalmente obtuvo autorización presidencial para hacerlo, esta llegó tardíamente, casi al final de su vida, y su regreso no se concretó debido a su delicado estado de salud. En la práctica, fue un acto de humanidad, pues entre la autorización y su muerte transcurrieron apenas dieciocho días.

Entre la abdicación y su exilio en el Perú, O’Higgins debió aislarse debido a graves problemas de visión. ¿Un alza de presión por la preocupación? Aun así, escribió a su amigo el general José de San Martín. En esta carta se observa un tono de autocomplacencia y una ausencia de autocrítica: enfatiza sus trece años de sacrificio por Chile y por la causa independentista americana. Aunque ello es cierto, sus últimas actuaciones quedaron grabadas negativamente en la memoria social. En esta misiva también menciona sus proyectos de viajar al Perú y, eventualmente, a Inglaterra.

En una carta dirigida a Antonio Rodríguez, destacado representante del o’higginismo, confirma su estado anímico y reitera el tono de «lamento e incomprensión». Nuevamente escribe a Freire, felicitándolo por su nombramiento como Director Supremo, y le recuerda —entre líneas— su pertenencia común a la logia Lautaro, instándolo a anteponer la patria a todo lo demás. Estas logias fueron sociedades secretas que desempeñaron un papel instrumental en el apoyo a los procesos independentistas de América.

O’Higgins se mantuvo fiel a su participación en la logia cuanto pudo. Esto se evidencia en una segunda carta en la que alude a los lautarinos, esta vez dirigida a José María Rozas. Cabe preguntarse si con ello buscaba frenar su exilio reuniendo apoyos; nunca lo sabremos. Al menos, jugó todas las cartas posibles a la espera de un juicio que nunca llegó.

En una nueva carta a San Martín apreciamos el mayor pesimismo de las dieciocho: llega a expresar que la muerte sería preferible a la situación que atravesaba. En ella se manifiesta una dicotomía entre su amor a la patria, pese a todo, y la dimensión humana de un prócer derrotado, enfermo y enfrentado a una nueva etapa de su vida en una tierra ajena.

En su misiva a Simón Bolívar se evidencia con mayor claridad su análisis de la política chilena y sus justificaciones respecto del ejercicio del poder:

«Mi vida ha sido más gustosa en el campo del honor: mi corazón no es amasado para mecerse en la política insidiosa con que puede sostenerse un Estado enfermo de envidia, de partidos y facciones. Es este un mal casi necesario en los gobiernos nacientes…» (Carta a Bolívar, 10 de abril de 1823).

En este mismo escrito abre, por primera vez, la posibilidad de un retiro definitivo, ofreciendo sus servicios a cualquier país americano que abrazara la causa de la independencia. Aquí se observa un punto de inflexión: O’Higgins comprende que la vida continúa más allá de Chile y que, pese a todo, sigue siendo una figura respetada en América.

Últimos momentos en Chile

Posteriormente, redacta breves felicitaciones a las nuevas autoridades, primando en él la costumbre republicana del respeto institucional. Así cierra su estancia en Chile, ya concentrado en el viaje al Perú: cómo llegar y cómo financiarlo. Activa su red de contactos, especialmente con Simón Bolívar, quien finalmente le abre las puertas del naciente país. Confirmado el viaje, escribe a San Martín para informarle que ya tenía su equipaje a bordo, rumbo al Callao; incluso le envía un cargamento de cigarros.

Su última carta va dirigida al presidente del Perú, a quien agradece la acogida, aunque aclara que viaja como ciudadano y no como militar, pues su objetivo final era llegar a Inglaterra, soñando quizá con Irlanda.

Estas dieciocho cartas muestran una imagen distinta del prócer, centrada en la frustración humana que supone la pérdida del poder. Se observa a un hombre a veces arrogante, otras temeroso y tímido, aferrado a su obra y a su legado, confiando en que la historia lo absolverá y le concederá el perdón por su exilio, sus torpezas y su escaso tacto con la élite. Pero, sobre todo, se revela a una persona que fue aprendiendo de sus errores.

Al final, O’Higgins creyó que los sacrificios realizados —abandonar su hacienda, asumir el mando del ejército, redactar una carta constitucional, firmar el acta de independencia y luchar sin claudicar— borrarían para siempre sus errores. Murió en el Perú; nunca volvió. Su frágil estado de salud fue su silencioso sufrimiento. Falleció de un mal al corazón.

Epílogo

O’Higgins fue repatriado por vía marítima. Al arribar al puerto de Valparaíso, sus restos fueron recibidos por las autoridades y trasladados a Santiago. En la tripulación que transportó el féretro se encontraba el guardiamarina Arturo Prat Chacón. Una vez en la capital, el féretro fue llevado en carroza desde la estación ferroviaria hasta la Catedral Metropolitana. La repatriación tuvo lugar en enero de 1869. Posteriormente, sus restos fueron sepultados en el Cementerio General y, en 1979, trasladados al Altar de la Patria.

Han pasado 203 años desde la abdicación. En estos dos siglos, su figura ha seguido generando debates a favor y en contra. Hoy es común resaltar su enemistad con Carrera, que tiene mucho de cierto, pero también bastante de mito. Hay períodos en que su recuerdo se hace más palpable que en otros, pero, finalmente, es reconocido por todos. En el Altar de la Patria ocupa un lugar destacado, paradójicamente frente a Carrera. ¿Importa hoy la rivalidad? En lo absoluto. Lo que necesitamos hoy es volver a tener hombres como ellos.

Si bien su nombre está presente en libros, calles, plazas, monumentos, series televisivas, obras historiográficas, estampillas y medallas, resulta más relevante conocer su legado con los ojos del presente. O’Higgins, los Carrera y otros personajes omitidos son, en definitiva, arquetipos de hombres valiosos que entregaron lo mejor de sus vidas para que hoy respiremos una democracia sólida y estable.

*Álvaro Vogel Vallespir, historiador y profesor, colaborador permanente del elmaipo.cl

El Maipo

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