Lo que dice el diccionario, lo que dice la calle
La Real Academia Española define reconstruir en dos acepciones: la literal, volver a construir; y una más sugerente, evocar recuerdos para completar el conocimiento de un hecho. Se reconstruye un edificio, una casa, un crimen, una época o un proceso político. No se reconstruye desde la nada, sino desde una base y desde lo que se decide recordar.
El uso venezolano actual funde ambas ideas. Cuando una vecina dice “estamos reconstruyendo”, habla de bloques y de cabillas, pero también de la red de afectos, la rutina y la esperanza. La reconstrucción material y la del sentido ocurren al unísono, y ninguna es neutral.
En otros idiomas, las traducciones revelan los imaginarios que carga el término. En inglés, reconstruction remite a la posguerra civil estadounidense y al breve acceso a derechos de la población negra. En alemán, Wiederaufbau evoca el Plan Marshall: un proceso condicionado por la potencia hegemónica para su propia economía. En árabe, designa hoy lo que se discute para Gaza o Libia, donde la reconstrucción es botín geopolítico y negocio para las corporaciones.
La lección es clara: reconstruir nunca es solo ingeniería. Es una disputa política sobre quién ordena lo que se apila, especialmente tras una guerra o una ocupación, escenarios muy distintos de un terremoto.
El problema de los «ismos»
En Venezuela, la pregunta por las bases remite casi de inmediato a respuestas que parecen evidentes: el bolivarianismo, el chavismo, el antiimperialismo, el socialismo. Sin embargo, estas respuestas deben ser revisadas.
Los “ismos” no son esencias, son campos de disputa. El bolivarianismo comparte con el cristianismo o el marxismo – e incluso con su propio antónimo histórico, el monroísmo – la condición de que su contenido depende de cómo se interpreta. Bolívar ha sido estatua conservadora, emblema de dictaduras y, desde 1999, fundamento de un proyecto popular: el chavismo.
El monroísmo, por su parte, se mostró rápidamente como doctrina de la injerencia que, para 2026, con el trumpismo, ya ni siquiera finge actuar en nombre de la libertad.
¿Cuáles serían esas bases?
Decir que reconstruimos “sobre bases bolivarianas” no resuelve el problema si no definimos de cuál Bolívar hablamos y al servicio de qué mayorías está.
Conceptos como antiimperialismo, soberanía, poder popular o democracia forman parte del acumulado histórico del proceso bolivariano, pero si son consignas aisladas no funcionan como cimientos. Un discurso antiimperialista puede convivir con formas de dominación interna; la democracia sin contenido participativo y popular se reduce a su sentido burgués, a un procedimiento administrativo.
Las bases no son palabras: son relaciones sociales y políticas de producción y de propiedad. El desafío es saber si la reconstrucción restituye lo perdido a quienes lo perdieron o inaugura un nuevo ciclo de acumulación por desposesión: quién posee el suelo, quién pone el trabajo y quién se apropia del valor que la reconstrucción genera.
Lo que revelan los escombros
Los terremotos del 24 de junio no golpearon a todos por igual. Las fallas geológicas siempre exponen las fallas estructurales, y en América Latina esas deficiencias tienen un orden, el de la colonialidad del poder, que clasifica a la población según la raza y, a partir de ahí, distribuye el trabajo, el suelo y el riesgo. Por eso quienes viven en la vivienda precarizada en los cerros, en barrios, villas y favelas, suelen ser los mismos cuerpos racializados, y es allí donde una mujer sola sostiene el peso de los cuidados. La reconstrucción es el momento en que esas jerarquías pueden desarmarse o consolidarse.
El Chocó colombiano lo ilustra con crudeza. También sufrió un terremoto, en un territorio afrodescendiente integrado a la economía colonial por la minería esclavista y hoy marcado por la violencia, pero no obtuvo la visibilidad mediática de La Guaira. Esa disparidad no solo revela qué territorios y qué cuerpos merecen ser vistos: reproduce la jerarquía que decide.
La experiencia global enseña que tras el desastre llegan el capital inmobiliario o los marines escudados en la ayuda humanitaria. Reconstruir sin preguntar para quién es, muchas veces, gentrificar con otro nombre; en Gaza, es completar y justificar un genocidio. Mientras tanto, en Ciudad Caribia, en La Guaira, se reparan y levantan viviendas unifamiliares para las familias afectadas. La diferencia de fondo estará en si quienes históricamente fueron excluidos del poder deciden ahora sobre su territorio; el polvo aún no deja verlo del todo.
La prueba real para las bases está en ese territorio. ¿Tendrán las comunas que hicieron asambleas para la consulta comunal la fuerza para controlar el suelo liberado? ¿Qué lugar ocupan las mujeres, que representan el 70 % de esas bases y sostienen la reconstrucción con su trabajo, sus redes de cuidado y su potencia política? El poder popular exige que las comunidades no sean meras ejecutoras de obras diseñadas desde arriba, sino las planificadoras soberanas de su entorno.
Lo que el proceso determinará
En este proceso, asumido por las autoridades, las organizaciones populares, la cooperación y la solidaridad internacional – no siempre con el mismo peso ni con los mismos intereses –, la pregunta por las bases no es retórica. Cada decisión técnica – qué se construye y dónde, con qué materiales, con qué financiamiento, con qué participación y a quién se adjudica – es una toma de posición política. Ni siquiera el cemento salido de la fábrica nacionalizada es neutral: nacionalizar no solo cambia el propietario.
El bolivarianismo será lo que se haga en estos meses y años. Si la reconstrucción devuelve a las familias a sus territorios, fortalece la organización popular comunal, reconoce el trabajo de cuidados de las mujeres, frena la especulación y recupera un sentido de nación desde las bases, palabras como antiimperialismo y socialismo tendrán, por fin, donde habitar.
Retomemos la segunda acepción de la Academia: reconstruir es evocar recuerdos para completar el concepto de una cosa. Venezuela tiene memoria de sobra para reconstruirse: la de cimarronas y cimarrones que se negaron a la esclavitud y levantaron cumbes; la de llaneras y llaneros cruzando los Andes; la de las mujeres que construyeron barrios enteros con sus manos; la de quienes sobrevivieron a la represión puntofijista; la del pueblo que bajó de los cerros en abril de 2002; y la de quienes saben que inmolarse el 3 de enero solo le habría facilitado el trabajo al invasor.
La palabra que hoy se ve, se oye, se toca, se huele y se paladea seguirá sonando por mucho tiempo. Y el sol sigue secando el cuero.
*Carmen Navas Reyes, politóloga venezolana, con maestría en Ecología para el Desarrollo Humano (UNESR). Actualmente cursa un doctorado en Estudios de Nuestra América en la Fundación Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG) en Venezuela. Investigadora del Instituto Tricontinental de Investigación Social.
El Maipo/Globetrotter



