Lunes, Marzo 16, 2026

Chile entre dos bloques: los costos económicos de una política exterior subordinada. Por Miguel Jara Gómez

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Los datos del comercio exterior muestran que el bloque BRICS+ se ha convertido en el principal motor del superávit comercial chileno. Sin embargo, las señales geopolíticas del gobierno de Kast apuntan hacia un alineamiento con la estrategia hemisférica de Washington que podría tensionar ese espacio económico y consolidar la dependencia extractivista del país.

En un artículo anterior publicado en El Maipo planteé una pregunta estratégica: ¿son los BRICS+ una oportunidad para Chile? La respuesta, basada en los datos de las “Fichas País” elaboradas por la Dirección de Estudios de la SUBREI, era difícil de eludir. El intercambio chileno con ese bloque alcanzó en 2024 cerca de 78.700 millones de dólares, muy por encima de los 51.700 millones que el país comercia con el grupo de potencias industriales del G7.

Pero la diferencia más significativa aparece en la balanza comercial. Con los países del BRICS, Chile obtiene un superávit superior a 18 mil millones de dólares, mientras que el saldo positivo con el G7 ronda apenas los 6 mil millones. Es decir, el BRICS+ es hoy el principal generador de divisas netas para la economía chilena.

Fuente: Elaboración propia a partir de Información analizada y verificada en “Fichas País” elaboradas por la Dirección de Estudios de la SUBREI. Cifras en millones de dólares (MMUS$).

El eje de esta relación es China, cuyo comercio bilateral con Chile supera los 58 mil millones de dólares, cifra que por sí sola excede el intercambio total con todos los países del G7 combinados.

Esta realidad explica por qué durante décadas la política exterior chilena se construyó sobre un principio básico: pragmatismo económico y autonomía estratégica. Chile buscó integrarse simultáneamente a los mercados occidentales y al dinamismo del Asia-Pacífico.

Ese equilibrio es el que hoy comienza a tensionarse.

Las señales que ha ido dando el gobierno de José Antonio Kast sugieren un alineamiento cada vez más explícito con la estrategia hemisférica que impulsa Donald Trump en su segundo mandato. Una estrategia que revive, bajo nuevas formas, la lógica histórica de la Monroe Doctrine, según la cual América Latina debe permanecer dentro de la órbita geopolítica de Washington.

El problema es que esa lógica no coincide con la estructura real del comercio chileno.

Las dudas levantadas respecto al proyecto de cable submarino transpacífico —clave para conectar digitalmente Sudamérica con Asia— o el modo en que se discute la explotación de minerales estratégicos como las tierras raras son señales que apuntan en la misma dirección: Chile comienza a ordenar decisiones económicas en función de un alineamiento geopolítico externo.

El riesgo de ese giro no es solo ideológico. Es, primariamente, económico.

En un mundo cada vez más polarizado, las cadenas de suministro, las inversiones tecnológicas y los flujos comerciales están cada vez más atravesados por la geopolítica. Y un país pequeño y abierto como Chile depende, más que otros, de mantener credibilidad y autonomía frente a todos los polos del sistema internacional.

Si Chile comienza a ser percibido como un actor subordinado a la estrategia de Washington, podría debilitar precisamente el espacio económico que hoy sostiene su superávit comercial.

Existe además una consecuencia menos visible, pero potencialmente más profunda. El alineamiento absoluto con Estados Unidos no solo condiciona la política exterior chilena; también tiende a consolidar el actual patrón de inserción económica del país.

Hoy la relación de Chile con el bloque BRICS reproduce, en buena medida, el patrón histórico de la economía chilena: exportación de materias primas e importación de bienes manufacturados. Esa estructura —basada en cobre, minerales y recursos naturales— ha sostenido el crecimiento exportador del país durante décadas, pero también ha limitado sus posibilidades de diversificación productiva.

Sin embargo, el surgimiento de un mundo emergente como el Sur Global abre, al menos potencialmente, nuevos espacios de negociación económica. La creciente demanda de minerales críticos para la transición energética, las cadenas globales de electromovilidad y la expansión de mercados industriales en Asia crean condiciones para discutir algo más que la simple exportación de concentrados.

En otras palabras, el dinamismo del BRICS podría ofrecer a países como Chile márgenes para renegociar su lugar en las cadenas globales de valor, impulsando procesos de mayor industrialización de sus recursos estratégicos o el desarrollo de nuevas capacidades tecnológicas vinculadas a ellos.

Nada de eso está garantizado. Pero son escenarios que solo pueden explorarse si el país mantiene una política exterior flexible y autónoma.

Una subordinación geopolítica demasiado rígida frente a Washington, en cambio, puede cerrar prematuramente esas opciones. Al restringir los márgenes de cooperación con economías emergentes y alinear las decisiones estratégicas del país con la lógica de contención tecnológica que Estados Unidos impulsa frente a China, Chile corre el riesgo de quedar atrapado en el mismo modelo extractivo que históricamente ha intentado superar.

En ese sentido, la paradoja es evidente: una política exterior diseñada para reforzar alianzas tradicionales podría terminar debilitando las posibilidades de transformación productiva del país.

La discusión sobre el BRICS, por tanto, no es solo comercial ni diplomática. Es una pregunta sobre el lugar que Chile quiere ocupar en el mundo que está emergiendo.

Un país pequeño y abierto difícilmente puede darse el lujo de elegir enemigos estratégicos. Mucho menos cuando esos países son, al mismo tiempo, los principales compradores de sus exportaciones y el motor de su superávit comercial.

Por eso la cuestión de fondo no es si Chile debe acercarse al BRICS o mantenerse cerca de Occidente.

La verdadera pregunta es otra:
Si Chile seguirá defendiendo su autonomía estratégica en un mundo multipolar o si terminará subordinando su política económica a la geopolítica de otros.

Miguel Jara Gómez, colaborador y miembro del equipo de El Maipo, es antropólogo social, magister en Educación y Comunicador Social.

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