La composición del gabinete del futuro presidente José Antonio Kast deja entrever una arquitectura de poder que puede leerse en tres registros: políticos profesionales, gerentes sectoriales y provocadores mediáticos. La tipología no es solo descriptiva; permite anticipar tensiones internas y estilos de gobierno en una administración que busca combinar conducción ideológica, eficiencia tecnocrática y alto impacto comunicacional.
El primer grupo —los políticos— se expresa sobre todo en el Ministerio del Interior y en la Secretaría General de la Presidencia. Son figuras con trayectoria parlamentaria y oficio partidario que encarnan la noción weberiana de la política como vocación y profesión. Saben que la política estatal se ejerce menos en la prensa que en el Diario Oficial: en decretos, reglamentos, vetos y tramitaciones. Su capital no es la visibilidad, sino la capacidad de articular mayorías, anticipar costos y sostener estrategias de largo aliento. En un gabinete heterogéneo, serán los llamados a administrar conflictos y traducir impulsos en decisiones institucionales viables.
El segundo grupo —los gerentes— aparece en la Cancillería y en varios ministerios sectoriales. Son ejecutivos o especialistas con conocimiento profundo de la industria vinculada a su cartera: energía, obras públicas, economía, telecomunicaciones. Su promesa es la eficiencia: gestión por resultados, redes empresariales, familiaridad con mercados y cadenas de valor. Pero su fortaleza es también su flanco débil: los conflictos de interés, inevitables cuando quien regula proviene del mundo regulado. La sospecha de captura o sesgo pro-industria puede erosionar legitimidad y condicionar decisiones, obligando a estándares de probidad y transparencia particularmente exigentes.
El tercer grupo —los provocadores— se simboliza en el Ministerio de Vivienda con Iván Poduje y en otras figuras de alto perfil mediático. No son políticos profesionales ni gerentes expertos, sino agitadores de opinión que ponen en juego visibilidad, narrativa y polarización. Su activo es la capacidad de instalar temas y tensionar consensos; su riesgo, sustituir la gestión por la performance. En un gobierno que busque la llamada batalla cultural como parte de su identidad, estos perfiles son funcionales: amplifican señales, movilizan bases y desplazan el eje del debate.
Para un gobierno como el de Kast, estas tres lógicas son a la vez inevitables y contradictorias. La eficiencia gerencial requiere discreción y técnica; la provocación demanda exposición y choque; la política profesional exige tiempo, negociación y prudencia institucional. La pregunta no es cuál prevalecerá, sino quién arbitra cuando colisionan. En esa tarea, los políticos en sentido weberiano —los que conocen el Estado como máquina normativa y no como escenario— tendrán el deber de administrar los excesos, encauzar los intereses y convertir la diversidad del gabinete en una estrategia coherente. Al final, gobernar no es solo declarar o ejecutar: es sostener en el tiempo decisiones que resistan tanto al mercado como a la tribuna pública.
Para El Maipo, Álvaro Ramis, Rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.
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