Con todos los atributos y potencialidades que Internet y las tecnologías digitales han probado poseer, facilitando procesos productivos y servicios, mejorando el relacionamiento social de las personas, entre mucho más, no dejan de ser un reflejo de la realidad concreta en que se desarrollan. Lo mismo ocurre con la Inteligencia Artificial.
Ese es, en efecto, el punto en el que quisiera manifestar una posición divergente a la concepción sobre el impacto de la IA que hace unos dias publicó en El Mostrador el ex senador Guido Girardi, junto a Rodrigo Ramírez, Exsubsecretario de Telecomunicaciones. https://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/columnas/2026/01/27/las-tres-izquierdas-y-el-fin-de-la-politica-del-siglo-xx/
Un poco de historia
A comienzos de siglo, la llamada Web 2.0 -concepto impulsado por Tim O’Reilly -fue presentada como el umbral de una nueva era democrática. Se hablaba de inteligencia colectiva, comunicación horizontal, participación ciudadana ampliada. Las jerarquías tradicionales parecían diluirse en una red donde se podía producir contenido, opinar, organizarse. La tecnología prometía algo más que eficiencia, prometía emancipación.
En Chile, ese discurso encontró terreno fértil. La retórica del “2.0” impregnó políticas públicas, estrategias empresariales y campañas políticas. Gobierno digital, municipios digitales, ciudadanía digital. Modernizar era digitalizar. Conectar era democratizar. El progreso se medía en ancho de banda, cobertura móvil y número de plataformas implementadas, como si mayor conectividad implicara más transparencia y cohesión social.
Sin embargo, en octubre de 2019, el país altamente conectado vivió la revuelta social: La mayor crisis política y social desde el retorno a la democracia no ocurrió en una sociedad analógica, aislada o informativamente precaria. Ocurrió en una de las sociedades más digitalizadas de América Latina. En el marco de las desigualdades, clasismo y discriminación que caracterizan la vida social de nuestro país, ¿Habrían podido evitar las tecnologías digitales, todas ellas reunidas a octubre de 2019, la revuelta social?
El episodio dejó una lección incómoda de la que no se habla: la modernización tecnológica propiciada por la modernización capitalista, coexiste, hasta el día de hoy, con desigualdad estructural, precarización laboral, alto endeudamiento de las familias y crisis de representación política.
Inteligencia Artificial y Web 2.0
Hoy, la Inteligencia Artificial ocupa el lugar que tuvo la Web 2.0 hace dos décadas. Nuevamente se despliega una promesa totalizante: eficiencia productiva, personalización de servicios, automatización de tareas, optimización del Estado. La IA aparece como la nueva frontera del progreso. Y, nuevamente, se insinúa la idea de que su adopción acelerada es condición suficiente para el desarrollo. Pero la experiencia reciente obliga a cuestionar tanta certeza. Cuando la tecnología se convierte en un fin en sí mismo, deja de ser herramienta y pasa a ser ideología.
Al convertirse en ideología, el riesgo mayor reside en el desplazamiento del debate político hacia un imaginario tecnocrático donde las preguntas ¿para qué sociedad?, ¿bajo qué principios?, ¿con qué distribución de poder? – quedan subordinadas a preguntas meramente instrumentales ¿qué tan rápido podemos implementarla?, ¿cuánta productividad generará?, ¿qué ventaja competitiva obtendremos?
La fascinación tecnológica tiende a confundir innovación con transformación social. Un fetichismo que asume que digitalizar procesos equivale a democratizarlos. Pero automatizar un sistema desigual no lo vuelve justo; solo lo vuelve más eficiente en su desigualdad.
Si hoy la automatización de procesos precariza el empleo en los trabajadores menos calificados, sin que en muchos casos tengan opción de reconversión laboral ¿quién podría asegurar que se detendrá en ese segmento y no arrastrará a la precarización a trabajadores más especializados? Automatización de tareas analíticas, generación automática de informes, programación asistida, optimización de campañas digitales, atención al cliente mediante sistemas inteligentes, en una economía desregulada como la chilena y un Estado ausente, bien podría reducir equipos de trabajadores con mayores competencias ahora que “la herramienta lo hace más rápido”.
Por otra parte, a diferencia de economías centrales que producen las grandes plataformas tecnológicas, Chile ocupa una posición periférica en la cadena de valor digital. Importamos software, importamos infraestructura, importamos modelos de inteligencia artificial. El valor estratégico se captura en otros territorios, no en el nuestro. Sin una política industrial, a la que en estos tiempos tendríamos que añadir, sin una política industrial digital propia, la modernización tecnológica puede profundizar la dependencia al tiempo que exportamos datos, consumimos tecnología y ahondamos las desigualdades, arrastrando a la precarización a otros segmentos de nuestra sociedad.
Esa dinámica también refuerza la lógica meritocrática: si pierdo mi empleo, será porque no me adapté lo suficiente. La precariedad se vive como fracaso individual. Ese es el contexto en el que se fortalece la eficiencia tecnocrática y reducción de lo público, bajo la idea de que el problema es la rigidez estatal y no la estructura de acumulación en la que se encuentra inserta.
La Web 2.0 prometió horizontalidad, pero su modelo económico terminó concentrando poder en grandes plataformas, más poderosas que muchos estados. La IA promete inteligencia distribuida, pero su infraestructura se encuentra en manos de un número reducido de corporaciones globales, consolidando nodos de poder en una sola mano.
En Chile, esa narrativa convivió durante años con niveles persistentes de endeudamiento, inseguridad social y percepción de abuso. La conectividad no eliminó la sensación de injusticia. Al contrario, facilitó su circulación. El malestar encontró canales de expresión, pero no soluciones estructurales, que entendemos es la función principal de la izquierda, en todas sus variantes.
Desafíos
De ahí que el desafío actual no consista en acelerar sin más la adopción de IA, sino en someterla a deliberación democrática. Por eso, desde esta perspectiva, la pregunta central no es tecnológica, es social y política: hacia dónde queremos ir como sociedad y cuales instrumentos resultan más idóneos para avanzar integrando y cohesionando.
¿La automatización reducirá la precariedad laboral o la profundizará?
¿La eficiencia algorítmica ampliará derechos sociales o continuará por el camino de seguir disolviendo los vínculos sociales?¿La personalización de servicios fortalecerá la ciudadanía o seguirá fragmentándola en nichos de consumo? ¿Los adultos mayores serán apoyados desde las políticas públicas o deberán ellos mismos arreglárselas para incorporarse a un mundo digitalizado que les resulta estresante y por lo demás los margina?
Tal vez la lección más profunda que deja la transición desde la euforia 2.0 al presente algorítmico es que ninguna arquitectura digital sustituye la construcción de comunidad política. Ningún algoritmo reemplaza el conflicto social ni la necesidad de justicia. Ninguna innovación técnica clausura la pregunta por el tipo de sociedad que aspiramos habitar.
La clave está en la sociedad y en la política, entendida como el espacio donde decidimos colectivamente qué futuro queremos y cuáles usos y bajo qué condiciones necesitamos que funcionen, cómo distribuir sus beneficios y con cuáles políticas públicas enfrentamos las causas estructurales de la desigualdad y los desafíos futuros, las diferentes transiciones en las que nos encontramos.
Finalmente, si la Web 2.0 nos enseñó que la conectividad no garantiza cohesión, la irrupción de la IA nos demanda algo más que entusiasmo. Nos exige deliberación, cometido que cumple el citado texto, pero también exige una convicción básica, esto es, que la tecnología debe estar al servicio de un proyecto humano compartido, no convertirse en su sustituto.
Para El Maipo, Carlos Cerpa Miranda, Ex concejal y ex director laboral Banco del Estado. Colaborador de El Maipo.
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