Viernes, Abril 17, 2026

El eje equivocado: la discusión “fascismo–comunismo” oculta las prioridades reales y termina reforzando a la derecha. Por Juan Pablo de la Torre Morales

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En el debate público de esta campaña presidencial ha vuelto a instalarse el eje “fascismo–comunismo”. Es un marco que fue funcional en 2021 para ordenar posiciones y movilizar adhesiones en torno a la candidatura de Gabriel Boric, pero que hoy, lejos de esclarecer el escenario, contribuye a reforzar las ventajas discursivas de la derecha. Y es importante precisar: no fue el comando de Boric ni la izquierda institucional quienes instalaron ese eje, sino la propia ciudadanía politizada.

Fue la gente que se identifica con la izquierda —no los partidos— la que respondió al avance de Kast con el rótulo de “fascista”, del mismo modo que la ciudadanía de derecha instaló “comunista” para referirse a Boric. Ambos polos construyeron así, desde abajo, un sentido común binario que terminó ordenando emocionalmente una elección marcada por la memoria reciente del estallido, la represión y el proceso constituyente.

Ese marco no funcionó por sofisticación ideológica, sino porque resonaba con el clima social del momento. Existía un trauma inmediato, una alerta democrática y un país atravesado por debates sobre derechos humanos y legitimidad institucional. En ese contexto, señalar riesgos autoritarios o retrocesos democráticos tenía una potencia emocional innegable.

Pero hoy el país es otro. No porque la amenaza haya desaparecido, sino porque la experiencia social cambió. La mayoría de la población está cansada, apática y profundamente preocupada por cuestiones concretas: seguridad, costo de la vida y estabilidad económica. La memoria política perdió centralidad y el miedo histórico dejó de movilizar. Las categorías del 2021 se volvieron, para amplios sectores, abstractas o irrelevantes.

A esta transformación se suma una asimetría estructural: para el electorado despolitizado —que no es un “centro” ideológico, sino ciudadanía esforzada adaptada al modelo neoliberal— llamar “comunista” a una candidatura es verosímil porque existe una adscripción formal. Llamar “fascista” a su adversario, en cambio, no lo es. En el sentido común, uno de los términos calza; el otro no. El resultado es evidente: este eje reafirma a quienes ya están convencidos y aleja a quienes deben persuadirse.

En ese vacío irrumpió un actor clave: Franco Parisi. Su lema “ni facho ni comunacho” conectó con un malestar profundo hacia la polarización moralizante y la pelea identitaria. Le habló directamente a quienes sienten que la política los encasilla, los juzga o los obliga a elegir entre dos etiquetas que no representan ni su experiencia ni sus inquietudes materiales. Esa fórmula —aparentemente banal— reveló algo fundamental: la ciudadanía despolitizada rechaza el eje identitario y premia discursos que prometen resolver problemas concretos sin adscribirse a bandos ideológicos.

La seguridad completa este cuadro. En este terreno, la derecha ofrece certezas simples, inmediatas y emocionalmente efectivas: deportaciones masivas, mano dura, estados de excepción. Su lógica es performativa, no institucional. La izquierda, en cambio, debe explicar, detallar y justificar. Su propuesta es más seria —inteligencia financiera, coordinación institucional, persecución del lavado de activos— pero también más difícil de comunicar en un país donde la emoción dominante es el miedo cotidiano, no la reflexión técnica.

Por eso insistir en el eje “fascismo–comunismo” no solo es inútil: desplaza la conversación justo donde la ciudadanía no está. La línea divisoria de esta elección no pasa por etiquetas ideológicas, sino por una distinción más simple y decisiva: orden real versus orden ficticio. Seguridad eficaz, inteligencia financiera, persecución patrimonial, Estado presente en el territorio, estabilidad económica para las familias. Ese es el terreno donde debe darse la disputa.

La democracia exige claridad estratégica. Y la claridad estratégica hoy implica abandonar marcos que, aunque legítimos, ya no producen mayorías. No se trata de renunciar a convicciones, sino de hablar en un lenguaje que conecte con la vida real de las personas. El desafío de este ciclo no es repetir la campaña de 2021, sino comprender el país que tenemos hoy. Solo así podremos reconstruir un proyecto capaz de disputar sentido, sumar mayorías y conducir al país en un momento decisivo.

Juan Pablo de la Torre Morales, Ingeniero. Magíster en Ciencias de la Ingeniería. Docente Universitario Usach.

El Maipo/Le Monde Diplomatique

Nota: El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de sus autores, y no refleja necesariamente la línea editorial El Maipo.

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