En una economía tan pequeña como la chilena, y con el grado de concentración que la caracteriza, debiera al menos despertar dudas la apelación constante a lo que “piensa el mercado”. Ese supuesto oráculo, lejos de representar una conciencia colectiva o una racionalidad técnica objetiva, no es más que la voz amplificada de un grupo reducido de empresarios, muchos de ellos rentistas de recursos naturales o beneficiarios de modelos colusionados de mercadeo, que hacen valer su peso político como una vía directa – y a menudo cuasi delictual – de influencia sobre las reglas del juego.
Convengamos que las opiniones que realmente pesan – y bien lo saben las pymes y los actores más pequeños del sistema económico – son las de unos pocos que cuentan con acceso privilegiado a los medios, al poder judicial y al Congreso, con particular influencia en el Senado. Cuentan con una corte palaciega que traduce sus intereses en enfoques y contenidos que marcan el tono de la conversación pública, incluso antes de que ésta comience.
Mientras en gran parte del mundo el pensamiento neoclásico y el dogma monetarista enfrentan serios cuestionamientos, en Chile se mantiene – como si fuera un culto cerrado – un enfoque único que restringe lo pensable tanto política como económicamente. Esa ortodoxia oficia de aduana intelectual, dejando fuera modelos alternativos que ya gobiernan parte importante del mundo, tanto en términos de población como de producto.
Incluso los Estados Unidos hace ya tiempo que no sigue al pie de la letra las recetas de las instituciones nacidas de Bretton Woods, las mismas que ayudaron a consolidar su hegemonía económica global. Rusia, en plena guerra con la OTAN, muestra un crecimiento superior al de los Estados Unidos y Europa, que sigue cayendo como paracaídas de concreto. China avanza con logros económicos, sociales e incluso ambientales notables. Y los países del sudeste asiático, lejos de someterse a reglas ajenas, comienzan a trazar sus propios caminos: Indonesia, por ejemplo, ha prohibido la exportación de concentrados minerales, una decisión que Chile ni siquiera se atreve a debatir.
Tampoco se estudian con seriedad las experiencias latinoamericanas. México enfrentó la pandemia sin aplicar los recortes de gasto que dictaban los manuales chilenos: sostuvo el gasto público, invirtió en infraestructura, promovió una política industrial activa y apostó por la investigación y el desarrollo. El resultado fue estabilidad y crecimiento. En cambio, acá seguimos repitiendo fórmulas que solo benefician a quienes ya controlan el tablero.
Cuando te dicen que “el mercado está preocupado”, piensa que el mercado son los mismos sujetos que contratan a los Hermosilla, poseen cada vez más los medios que escuchas y, a través de sus decisiones consolidan como derechos lo que solo son privilegios.
Jorge Coulon: Músico, escritor y gestor cultural. Miembro fundador del grupo Inti Illimani. Ha publicado Al vuelo (1989); La sonrisa de Víctor Jara (2009); Flores de mall (2011) y recientemente En las cuerdas del tiempo. Una historia de Inti Illimani (2024).
Jaime Bravo: Presidente de la Corporación Encuentro Ciudadano. Economista con formación en técnicas de gobierno y estudios en psicología. Asesor de instituciones públicas y privadas en Chile y a nivel internacional en planificación situacional y desarrollo de organizaciones. Escritor y ensayista en áreas de pensamiento crítico, economía, estrategia y análisis de distintas dimensiones de la realidad nacional.
El Maipo/Globetrotter
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