Ayer Kast dio su primera Cuenta Pública. Discurso ordenado, tono firme, buena producción. No movió nada.
Porque el problema no está en cómo comunica. Está en lo que tiene para mostrar. En tres meses ya perdió entre quince y veinte puntos. No se los robó nadie. Se los llevó la realidad.
Kast llegó a La Moneda con un electorado que nunca fue lo que parecía. En primera vuelta sacó el 23%. Ese es el número honesto, el piso real, la gente que lo votó a él y no contra alguien más. Todo lo que vino después fue una suma de miedos, rechazos y votos prestados que el ejercicio del poder está devolviendo uno a uno.
Hay un núcleo que aguanta. Los convencidos de siempre, los que comparten de verdad su visión del orden, del Estado, de la familia. Ese segmento no se mueve. Pero tampoco crece, y con él solo no se puede gobernar.
Luego estaba el bloque del “No a Jara”. Gente que llegó a las urnas con pinzas, que no elegía a Kast sino que bloqueaba al PC. En cuanto se concretó el cambio de mando, recuperaron su libertad. Hoy ya no están. No se fueron a la izquierda. Simplemente desaparecieron.
Después está el votante que llegó furioso con su boleta de la luz, con las pensiones, con la inseguridad. Ese no quería ideología. Quería que alguien resolviera.
En seguridad el símbolo del fracaso tiene nombre: Trinidad Steinert. Duró pocas semanas como ministra, la destituyeron, y no había un plan detrás ni llegó uno después. Para ese votante, el cambio de cara no fue una corrección de rumbo. Fue la confirmación de Kast tampoco tenía respuesta.
En economía los números son peores todavía. El PIB se contrajo 0,5% en el primer trimestre, el peor registro en 17 años. El Imacec lleva cuatro meses seguidos en negativo — el de abril fue 1,2%, más grave aún de lo que proyectaban los analistas. El desempleo acumula 3 meses consecutivos sobre el 8%. La desocupación femenina llegó al 10%, una de cada diez mujeres sin trabajo. Uno de cada cuatro trabajadores está en la informalidad, sin contrato, sin cotizaciones, sin nada. Y el propio Ministerio de Hacienda, en su primer informe, reconoce que el PIB no va a superar el 2,3% de crecimiento en ningún año de este mandato. El gobierno que prometió duplicar el crecimiento proyecta ahora, con sus propios números, un crecimiento menor al del gobierno de Boric.
Ese votante buscaba gestión. No la está viendo.
El votante de centro tampoco cuadra, pero por otras razones. No es solo la desconfianza de siempre hacia Kast. Es que el mapa fiscal de este gobierno es difícil de defender en una conversación normal. Recortaron 413 mil millones en Salud, 200 mil millones en Vivienda, 198 mil millones en Educación. Y al mismo tiempo aprobaron una rebaja del impuesto a las empresas del 27% al 23%, que cuesta más de dos mil millones de dólares al año. Mientras tanto la deuda pública va camino al 45% del PIB en 2028, cruzando el umbral que el propio sector que hoy gobierna estableció durante años como la línea roja.
¿Quién se aprieta el cinturón acá, y para beneficio de quién? No es una pregunta retórica. Es lo que mucha gente se está cuestionando.
El que más duele, quizás, es el votante antipolítico. El que aplaudía cuando Kast hablaba de los parásitos del Estado, de los que viven del presupuesto público sin dar nada a cambio. Ese votante lleva semanas con un dato atravesado: los asesores presidenciales y ministeriales pueden ganar hasta $9,9 millones mensuales. Más del doble que bajo Boric. Ese votante no lee minutas de Dipres. Ve la imagen. Y la imagen es la del presidente que difundió columnas contra los parásitos del Estado rodeado ahora de los asesores mejor pagados de la historia reciente.
.
Lo que queda es un gobierno que tiene su base, pero nada más. El núcleo de adhesión ciega a Kast está y permanecerá fiel hasta el final. El resto se fue o nunca llegó del todo.
Los votos que lo llevaron a La Moneda eran prestados. La mayoría siempre lo fueron. Y gobernar con votos prestados tiene un problema simple: en algún momento hay que devolverlos. Ese momento llegó antes de lo que nadie esperaba. Mayorías legislativas, acuerdos con gente que no te votó, legitimidad más allá del núcleo duro — nada de eso está. Sin eso, el triunfo electoral se convierte en otra cosa: se incuba una crisis de gobernabilidad.
Para El Maipo Álvaro Ramis Olivo, colaborador de El Maipo. Presidente del Centro de Estudios Territorio y Comunidad.
Nota: El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de sus autores, y no refleja necesariamente la línea editorial El Maipo.




