En una columna reciente, publicada en El Mercurio, el consultor comunicacional que diseñó los dispositivos espectaculares de la transición chilena sostuvo que el triunfo de José Antonio Kast representa dos desplazamientos simultáneos en la configuración del poder. Conviene atender a la operación retórica que este diagnóstico ejecuta, a lo que muestra y a lo que oculta en un mismo gesto. El primer desplazamiento sería territorial: el centro político se traslada desde Pío Nono, universidad laica, cultura contestataria, cuna del presidente saliente y su generación, hacia la Facultad de Derecho de la universidad católica en Alameda 340, donde se formó el nuevo mandatario y su círculo conservador. El segundo desplazamiento operaría al interior de la propia derecha: los economistas tecnócratas del campus San Joaquín, esa élite que priorizaba el crecimiento y veía la política como estorbo a gestionar, serían reemplazados por abogados formados en la Casa Central que ponen la moral privada como fundamento del orden público. Como si la economía y la moral no hubieran estado siempre entrelazadas en el proyecto refundacional de la dictadura, como si la distinción entre Chicago Boys y Guzmán Boys no encubriera una continuidad más profunda que el análisis se niega a nombrar. El columnista califica esto de “quiebre ontológico” porque cambiarían fines, métodos y lenguaje: la libertad ya no se definiría por el mercado sino por preceptos morales. Obedecer a los padres, cumplir la ley, rechazar incivilidades. El nuevo mandatario encarnaría así el sueño de Jaime Guzmán mejor que el propio Pinochet, que “ahora sí debe estar sonriendo”, agrega Tironi.
Hay en este análisis una pretensión que conviene interrogar antes de cualquier otra: la pretensión de exterioridad. El columnista se presenta como si contemplara el campo político desde un punto situado fuera de ese campo, como si la mirada que clasifica y distribuye no estuviera ella misma inscrita en aquello que clasifica y distribuye. Pero quien escribe no es un observador desinteresado que arriba al campo político para registrar sus movimientos con la neutralidad del científico. Quien escribe es uno de los arquitectos fundamentales del espectáculo político chileno, uno de los diseñadores del dispositivo comunicacional que durante décadas ha producido la política como escenificación, como superficie de imágenes calculadas, como gestión estratégica de emociones colectivas. La ficción de exterioridad es, en este caso, particularmente reveladora: el cartógrafo que traza el mapa es uno de los ingenieros que diseñó el territorio.
Primera paradoja: quien diagnostica recambios es el mismo que ha dedicado su vida profesional a producir los dispositivos mediante los cuales la política chilena se convirtió en espectáculo. No hay exterioridad posible para quien ha sido protagonista de la transformación que ahora pretende describir con distancia sociológica. El estratega ha confesado en diversas ocasiones haber excluido deliberadamente a los desaparecidos de la franja televisiva del plebiscito, haber optado por “trivializar lo que estaba en juego”, haber preferido el arcoíris a los huesos. Esta confesión revela una concepción de la política como administración de superficies que el diagnóstico actual reproduce sin interrogar. El mismo que decidió que los muertos no aparecieran en pantalla porque “producirían efectos contraproducentes” es quien ahora nos explica, con serenidad olímpica, las mutaciones ontológicas del campo político.
Pero antes de la franja hubo otro laboratorio, un ensayo general que la historia oficial ha preferido olvidar. Aquel partido de fútbol de septiembre de 1989, apenas semanas antes de que el dispositivo comunicacional se desplegara a escala nacional, constituyó el experimento fundacional. La selección chilena perdía ante Brasil en el estadio carioca; la derrota era inminente. Entonces emergió el recurso al simulacro: la bengala que permitió suspender el partido, la herida fingida del arquero, la transmutación alquímica de la derrota en victoria moral, de la vergüenza en indignación patriótica. Este episodio anticipaba la lógica que gobernaría la transición: no se trata de ganar sino de producir la sensación de victoria; no se trata de elaborar el trauma sino de sustituirlo por un espectáculo que absorba las energías; no se trata de justicia sino de gestión emocional del agravio.
La continuidad entre el estadio y la franja televisiva, entre la bengala y el arcoíris, entre el arquero fingiendo y los publicistas diseñando estados de ánimo, no es metafórica sino estructural. El estratega que capitalizó el dispositivo del estadio carioca es el mismo que luego diseñaría la comunicación de la transición, el mismo que ahora diagnostica recambios de élites como si no hubiera participado en la producción del campo que describe.
Segunda paradoja: quien concibe la política como pura gestión de percepciones y afectos administrados es el mismo que ahora diagnostica un “quiebre ontológico”. ¿Cómo puede haber quiebre ontológico en un campo que el propio diagnosticador ha contribuido a constituir como pura superficie, como juego de imágenes sin profundidad? El estratega no puede tener ambas cosas: o bien la política chilena tiene espesor ontológico, en cuyo caso su propia práctica profesional de reducirla a espectáculo constituye una traición a ese espesor, o bien la política es pura superficie, en cuyo caso hablar de “quiebre ontológico” es una inflación retórica destinada a magnificar la importancia de su propio diagnóstico.
Tercera paradoja: quien ha construido su carrera profesional movilizando emociones populares mediante técnicas de comunicación estratégica es el mismo que en su columna trata al pueblo como mero dato sociológico, como fondo pasivo sobre el cual se recortan las figuras de las élites que realmente importan. El experto en comunicación política sabe cómo hablarle al pueblo, cómo seducirlo, cómo conducir sus emociones hacia fines predeterminados, pero no lo concibe como sujeto capaz de pensar o de irrumpir con voz propia. La “muchedumbre” que vitoreaba al nuevo mandatario la noche de su triunfo es, en el análisis, pura receptora de instrucciones morales. No aparece como sujeto político sino como variable a gestionar. Los pobres emergen apenas como aquello de lo que “nace una reacción”, como fuente de un estorbo para la nueva derecha. El mismo que diseñó mensajes para movilizar a esa muchedumbre la trata ahora con la distancia del entomólogo que clasifica especímenes.
Cuarta paradoja: quien ha transitado de la oposición a la dictadura hacia la consultoría para cualquier cliente solvente, de la franja del NO hacia los matinales televisivos, de la producción de consenso democrático hacia la administración del espectáculo como tal, es el mismo que presenta la relación entre el ideólogo constitucional y sus herederos actuales como transmisión “sin fisuras”. ¿No es acaso el propio estratega un ejemplo viviente de herencia traicionada, de legado desplazado, de continuidad fisurada? La trayectoria del columnista desmiente la representación de la herencia como continuidad plena que su propio texto postula. Pero esta contradicción debe permanecer invisible para que el dispositivo funcione. El espectro del ideólogo que la columna invoca cuando sugiere satisfacción póstuma no es presencia plena que se realiza en sus herederos; es ausencia que retorna, huella que insiste, resto inasimilable que ninguna herencia puede integrar completamente. Los herederos no realizan el sueño del fundador; lo traicionan al pretender realizarlo, lo desplazan al repetirlo. Pero nombrar esta lógica implicaría aplicarla también al propio columnista, reconocer que su trayectoria está atravesada por las mismas fisuras que el análisis pretende ignorar.
Quinta paradoja: la columna eleva el recambio de élites a “quiebre ontológico” para maximizar la relevancia del diagnóstico y, con ella, la autoridad del diagnosticador. Si lo que ocurre es transformación del ser mismo de la política chilena, entonces se requieren intérpretes de excepción. El analista habla de cambios monumentales para garantizar que algo permanezca: su propia posición como administrador del sentido, como traductor autorizado de la coyuntura. Esta permanencia del narrador, su capacidad de sobrevivir a todos los recambios que diagnostica, de flotar sobre las aguas turbulentas sin hundirse jamás, es el secreto inconfesable del comentario político de élites.
La columna no describe el campo político; participa en su configuración. No constata identidades; las produce. No analiza el recambio; lo escenifica. Y en esa escenificación el arquitecto del simulacro encuentra su función: ser el narrador imprescindible de un drama cuyo desenlace, cualquiera que sea, lo tendrá siempre entre los sobrevivientes. Como aquel arquero que fingía una herida mientras la bengala humeaba (1989), el estratega sabe que en política lo que importa no es lo que ocurre sino cómo se narra lo que ocurre, no la herida sino su escenificación, no el recambio sino el relato del recambio que garantiza la permanencia de quien relata.
Por fin, entre la bengala y la franja del arcoíris se pudo tejer el consenso, flotando sobre todos los recambios que diagnostica con la serenidad del sobreviviente que narra para nunca ser narrado, del estratega que administra el sentido de las sustituciones, mientras garantiza su propia permanencia como voz autorizada de un campo político que su propio oficio contribuyó a vaciar de todo espesor.
Dr. Mauro Salazar J.
Referencia. Eugenio Tironi: “Doble recambio” – Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales
El Maipo/Le Monde Diplomatique



