Lunes, Febrero 9, 2026

Super Bowl 2026 Halftime: una colisión cultural en tres actos. Por Constanza Schaub

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Punk de resistencia, geopolítica del perreo y nostalgia patriótica disputaron el relato del imperio en el espectáculo más visto del planeta.

Hubo un tiempo en que el show del Super Bowl era apenas un intermedio musical: fuegos artificiales, pop anglo y un despliegue coreográfico diseñado para entretener entre tackles y comerciales millonarios. Pero ese tiempo terminó.

El Super Bowl 2026 no fue solo deporte ni espectáculo: fue una alegoría cultural transmitida en horario prime. Una colisión simbólica donde tres relatos distintos sobre Estados Unidos chocaron frente a millones de espectadores en todo el mundo.

Tres actos. Tres bandas sonoras. Tres versiones de un mismo imperio.

Acto I: Punk de resistencia

La noche no comenzó con celebración, sino con disidencia. Green Day abrió la ceremonia previa al partido —el opening oficial— acompañando el desfile de leyendas deportivas bajo la liturgia patriótica habitual. Pero lo que en papel parecía homenaje institucional, en escena se transformó en disonancia simbólica.

La puesta en escena arrancó con un cuarteto de cuerdas interpretando “Good Riddance (Time of Your Life)” mientras desfilaban MVPs históricos como Tom Brady y Peyton Manning.

Después irrumpió la banda, vestida de negro, con un medley comprimido de su trilogía insurgente: Holiday, Boulevard of Broken Dreams y American Idiot.

En registros de setlist y crónicas, el bloque incluyó además la apertura orquestal de Good Riddance antes del medley principal. Es que el trasfondo no es casual. Holiday es una crítica directa al belicismo estadounidense, Boulevard of Broken Dreams narra la alienación del sujeto estadounidense y American Idiot es una sátira contra el nacionalismo mediático.

La analogía es inevitable, a todas luces, dada la contingencia, parecía ser que a alguien se le ocurrió invitar un elefante a una cristalería. Sin embargo, la rebeldía apareció contenida.

Diversos medios consignaron que el frontman de la banda, Billie Joe Armstrong evitó cambios líricos políticos habituales y omitió versos anti-Trump que sí había usado días antes en conciertos paralelos. Incluso la performance fue descrita como “largely restrained”, con censura de un exabrupto en televisión abierta.

Esa moderación, por supuesto, revela la tensión estructural. El sistema invita al punk como símbolo de pluralismo… pero negocia su contenido cuando el micrófono es masivo.

Aun así, el gesto permaneció: la distorsión sonando en el altar del soft power estadounidense. La conciencia crítica del imperio abriendo su ceremonia cívica.

Acto II: La geopolítica del perreo

Si el prólogo fue disidencia, el medio tiempo fue transformación cultural explícita, porque Bad Bunny no dio un concierto: montó una declaración identitaria puertorriqueña.

Acompañado de otras leyendas del espectáculo como Lady Gaga, Ricky Martin y el propio Pedro Pascal, su performance convirtió el estadio en un enclave caribeño con el español como lengua dominante, estética boricua y escenografía que recreaba una “casita” isleña, trasladando el imaginario doméstico puertorriqueño al centro del espectáculo global.

El setlist recorrió hits como: Tití Me Preguntó, Yo Perreo Sola, Voy a Llevarte Pa PR, El Apagón y Mónaco. No hubo traducción cultural hacia el mainstream anglo. Hubo desplazamiento del eje, porque el halftime del Super Bowl convoca más de 100 millones de espectadores solo en EE.UU., más audiencias globales adicionales.

En ese escenario, el español no fue nicho: fue hegemonía demográfica escenificada.

Como era de esperar, la política no tardó en aparecer. La elección de Bad Bunny provocó críticas desde sectores conservadores y del propio entorno de Donald Trump, quien calificó la decisión como “ridículo”, mientras autoridades migratorias insinuaron una presencia reforzada de ICE en el evento.

Y es que ya el conflicto no era musical sino simbólico. El medio tiempo estaba exhibiendo que la identidad cultural estadounidense ya no coincide con su relato anglo fundacional.

Bad Bunny no solo cantó. Reafirmó que el imperio habla español aunque su narrativa histórica aún intente negarlo. Eso es geopolítica del perreo: poder blando caribeño ocupando el altar del soft power estadounidense.

Acto III: La nostalgia paralela o el refugio identitario

Mientras el estadio vibraba entre memoria punk y perreo global, en streaming alternativo se desplegaba otra escena: el All-American Halftime Show. Organizado por Turning Point USA, el evento se presentó como contraprogramación patriótica al medio tiempo oficial.

Su line-up incluyó artistas country y rock sureño como Kid Rock y Lee Brice, enmarcados en narrativa de valores tradicionales y patriotismo escénico. Y aquí el punto ya no era musical: era identitario.

Cuando un sector necesita montar su propio halftime, lo que está diciendo no es “queremos otro show”, sino “no reconocemos el país que vemos en pantalla”.

Pero en términos de audiencia, el contraste fue brutal: el espectáculo oficial alcanzaba más de 100 millones de espectadores solo en Estados Unidos, mientras que el All-American logró peaks de alrededor de 5 millones de espectadores en streaming según reportes digitales.

Con todo, no se trataba de competir en escala sino en relato. Funcionó como museo emocional: una escenografía destinada a preservar la versión tradicional del imaginario estadounidense frente a un mainstream que mutó demográficamente. No buscaba proyectar futuro sino resistir el presente. Algo así como en un karaoke geopolítico de la hegemonía perdida.

El relato en disputa

Quizás la imagen más precisa de la noche no fue un artista, sino la secuencia: Primero, una guitarra recordando que el sueño americano siempre fue defectuoso. Después, un estadio bailando en español y en paralelo, un país aferrado a su versión pasada de sí mismo.

Las columnas del imperio siguen en pie pero ahora vibran al ritmo de otra música porque todo indica que la geopolítica del siglo XXI también se coreografía.

A veces se distorsiona, a veces se perrea y otras… se transmite en un show paralelo para los nostálgicos que sienten que el imperio que conocían va desapareciendo.

El espectáculo continúa, pero la batalla cultural seguirá en disputa.

Constanza Schaub, periodista y colaboradora de elmaipo.cl

El Maipo

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