- ¿Será el momento para que tenga lugar una excepcionalidad radical en la historia de la humanidad como sería el hecho (fenómeno) de que una mujer comunista sea elegida democráticamente presidenta de la república?
De darse algo así, Chile volvería a reconocerse en su condición de país “laboratorio”; en esa metáfora química en la que se fusionan o separan elementos de manera aleatoria esperando resultados, también, impredecibles. El laboratorio es el lugar de la experimentación y de los riesgos, sin embargo, también el de los descubrimientos fantásticos.
No estoy seguro de que esto ocurra, y aunque espero que el experimento sea realidad y haga retroceder el enjambre y voluptuosidad epocal de las derechas, sí creo que a estas últimas se les puede llamar fascistas, de nuevo cuño tal vez y sin el vector militar tan propio de los fascismos del XX, pero fascistas al fin.
Y a diferencia de lo que pasa con la candidatura de coalición liderada por una comunista, el ascenso de las derechas es un eco planetario y Chile, en este propósito, es caja de resonancia de lo que ocurre en el mundo; eco no de lo furtivo o de lo acontecimental, sino de la tendencia nítida y despejada de la fascistización global, al menos de esa globalización que emparentamos con las llamadas democracias liberales.
De este modo, tenemos dos alternativas, o volvemos ser el país probeta o nos reconocemos en el trenzado general en el cual el mundo está capturado y cantamos en un gran coro tanático –un réquiem– la llegada del fascismo en una de sus variantes: “nostálgico-pinochetista-neoliberal” con Matthei; “autoritario-guzmaniano-nacionalista” con Kast; o “anarco-libertario-capitalista” con Kaiser. La verdad es que no hay un concepto para agruparlos a todos y, al final y frente a esta falta de decir, se tomó la decisión de pluralizar para simplificar, como en España: “Las derechas”.
- Quizás José Antonio Kast, en esta perspectiva y siendo el que tiene la primera posibilidad de llegar a La Moneda, y como lo sostuvo Mauro Salazar en este mismo medio, sea “el sublime monárquico”. La dupla de palabras es intensa, densa, sobre todo si entendemos a lo sublime propiamente tal desde el psicoanálisis freudiano, el cual indicará que la sublimación es un destino posible de la pulsión, la que ha abandonado su objeto de deseo original redirigiéndolo hacia otro lugar. En las propias palabras de Freud: “A esta facultad de permutar la meta sexual originaria por otra, ya no sexual, pero psíquicamente emparentada con ella, se le llama la facultad para la sublimación” (Ensayos sobre sexualidad, 1908).
Y digo que la dupla es intensa (sublime-monárquico), porque si Kast es el producto de una sublimación a nivel social y no de un sujeto –cuidado con esto– asumimos que Kast mismo es el receptáculo de un deseo del cuerpo social que encadenó a él sus pulsiones políticas, por decirlo de alguna forma. Si en un momento de nuestra historia reciente el objeto de deseo fue la Revuelta de octubre, que cotejaba la posibilidad de una refundación pues, a través del mecanismo de la sublimación, hoy es José Antonio Kast, es decir. la aquiescencia del josepiñerismo-guzmaniano; la rehabilitación del pacto económico-jurídico de fines de los 70. De otro modo, el matrimonio entre la fiesta neoliberal y la Constitución del 80.
Entonces Kast es ese fascismo que transitó por el camino de la sublimación para ser lo que es. Y que así como el transformismo operó (Tomás Moulian dixit) desde la dictadura a la democracia notarial, manteniendo sus instituciones fundamentales, ahora Kast puede ser entendido como la poliglosia de un fascismo que habla muchos idiomas: el guzmanista, el neoliberal, el autoritario, el segregacionista, el castrense, en fin ¿Cómo reunir todo esto en una sola palabra? o, todavía ¿cuál es la palabra para este fenómeno polisémico y anárquico que no se deja categorizar?
- Mauro Salazar también apunta a “lo monárquico”. Y esto tampoco puede quedar suelto, no es baladí la palabra; releva lo feudal, la nobleza, los siervos, el poder total concentrado en el “señor”. Entonces si la sublimación operó transformando a Kast en el depositario del deseo sociológico de una comunidad de individuos, ésta toma la forma de una monarquía con todo lo que esto implica. Me parece, en general y atendiendo a lo que se sostuvo, que la noción de Salazar es correcta, imaginativa, lo esencial por venir.
La posibilidad de que el sublime monárquico reine el feudo de Chile es alta y trae consigo bruma y temor (sino terror), mas, y como lo sostiene Furio Jesi: “Contemporáneo es aquel que percibe, no las luces, sino la oscuridad de su tiempo como algo que le concierne y no deja de interpelarlo” (Spartakus. Simbología de la revuelta, 2014).
Las voces del tiempo despejan las tinieblas que podrán llegar.
Javier Agüero Águila, Sociólogo y doctor en Filosofía, Centro de Formación Integral Universidad de los Lagos.
El Maipo/Le Monde Diplomatique
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