Por Iván Paredes Tamayo.
- En Bolivia existe una alianza que pretende preservar los ecosistemas y la biodiversidad de las riberas del río Pilcomayo, en la región del Gran Chaco sudamericano.
- La cuenca del Pilcomayo recibe los impactos de la minería de Potosí, que bota sus residuos a afluentes que se conectan con el río, llevándolos a los territorios indígenas.
- En la parte media del Pilcomayo se encuentra uno de los campos gasíferos más grandes de Bolivia y en una comunidad sostienen que contaminaría el río.
- En esta cuenca también avanzan los efectos de la deforestación y el cambio climático.
Luisa Retamoso suspira al hablar del río Pilcomayo. Lo conoce desde hace más de 30 años. Este río es para ella un refugio, es su todo, asegura. Es artesana y parte de la nación weenhayek, un pueblo indígena que habita en el Gran Chaco de Bolivia y Argentina. Luisa está triste porque el Pilcomayo ya no es el de antes. En su pueblo sostienen que la minería aguas arriba trae contaminación, las petroleras abren caminos en sus orillas, la deforestación avanza en silencio y el cambio climático está dañando su ciclo natural. Además, los pobladores indígenas –aquí también habitan los guaraníes y tapiete- aseguran que su salud está dañada por consumir los pescados con mercurio que pescan cada día.
El Pilcomayo es la columna vertebral en la vida de los guaraníes, weenhayek y tapiete. Este río atraviesa la llanura chaqueña llevando años de historia y resiste a varias amenazas. Sus aguas sangran por dentro, cuentan en estas tierras, ya que en sus orillas el monte lucha por seguir de pie. Actualmente, el río ya no fluye como antes, los desmontes aumentan para dar paso a la ganadería, la minería sigue avanzando en sus aguas y las petroleras dañan sus márgenes. Los peces son cada vez más escasos, pero también se están achicando, aseguran los pobladores.
Para combatir esas amenazas nació una alianza de organizaciones ambientales y pueblos indígenas: se trata del proyecto del Corredor Pilcomayo, un área de manejo integrado de más de 350 000 hectáreas que busca asegurar la protección del bosque chaqueño.

Esta propuesta, liderada por la organización Naturaleza, Tierra y Vida (Nativa) y apoyada por The Pew Charitable Trusts, plantea la creación de un área de manejo integrado de 351 426 hectáreas, que abarcará desde su ingreso en el departamento de Tarija hasta el punto donde el río se pierde en la frontera con Argentina y Paraguay. Según el director de Nativa, Iván Arnold, este corredor no sería un parque cerrado ni una reserva intocable, sino una figura flexible de conservación, que permita coexistir actividades humanas sostenibles con la protección de los ecosistemas ribereños.
“La finalidad de constituir un Corredor Ecológico como área de conservación en las riberas del Río Pilcomayo en el departamento de Tarija es proteger la biodiversidad y los ecosistemas, promoviendo la conservación y el aprovechamiento sustentable de los recursos naturales, para avanzar en el desarrollo sostenible de la región”, detalló Arnold a Mongabay Latam.
Retamoso recuerda que el Pilcomayo era fuente de vida para el pueblo weenhayek. Esta nación indígena –que en Argentina se la conoce como wichí- es tradicionalmente pesquera. Sin embargo, esa actividad se hace cada vez más difícil. “Nosotros hemos crecido al lado del Pilcomayo, nosotros somos parte del río y el río es parte de nosotros”, dice la mujer indígena, que ahora habita en el municipio de Villa Montes, en el departamento de Tarija, en Bolivia.
La mujer indígena tiene un lamento. Compara al Pilcomayo con lo que fue hace 35 años. Ella relata a Mongabay Latam que durante cuatro meses –entre marzo y junio- dejaban su comunidad para acampar a orillas del río. Pescaban todos los días y tenían buena ganancia. “Yo sacaba las tripas de niña y me acuerdo que había muchos pescados. Hoy la situación es muy diferente”, contó Retamoso.
En el Pilcomayo predomina el sábalo (Prochilodus lineatus), un pescado que recorre la cuenca y es el más importante de este afluente. Hay también dorado (Salminus Brasiliensis), surubí (Pseudoplatystoma) y boga (Megaleporinus obtusidens). Todas estas especies son cada vez más escasas y más pequeñas, lo que perjudica al estilo de vida de los pueblos indígenas, afirman las fuentes consultadas en la zona.
Contaminación minera
El río Pilcomayo nace en el departamento de Potosí. Esta región tiene una tradición minera y desde allí las aguas arrastran sedimentos. El río desciende hasta los llanos chaqueños, donde cubre el 42 % del territorio tarijeño. En el Chaco, donde las lluvias son cada vez más escasas y se pierden durante meses, el río alberga humedales, bañados, palmares, jaguares, aves migratorias y peces.
Mongabay Latam realizó un recorrido por el río Pilcomayo, en la región del Chaco tarijeño. Sus aguas están sucias, arrastran sedimentos y la pesca en esta época solo está permitida para los pueblos indígenas, debido a que es parte de su subsistencia. Marcelo Villafuerte, que fue capitán del pueblo indígena weenhayek, ve al Pilcomayo “herido de muerte” porque su cauce está afectado por la contaminación y el mal manejo en el río», asegura.

“La pesca es fundamental para nosotros, es una pieza fundamental en nuestras vidas, es nuestro papá porque provee el alimento diario. Hay muchos cambios que nosotros notamos, por ejemplo, la pesca disminuyó en un 60 % respecto a hace 20 años. Esto pasa por muchas razones, una de ellas por la contaminación por la minería, por el sedimento que arrastra y también por culpa del ser humano”, relató Villafuerte.
El líder indígena, que vive en Villa Montes, explica que los peces no logran realizar su ciclo de reproducción habitual, que empieza en la parte baja del Pilcomayo, en el bañado La Estrella, en el norte argentino, donde los peces no logran subir al Chaco boliviano debido a construcciones y también porque hay foráneos que utilizan redes ilegales para pescar. “También aguas arriba siguen las operaciones de la minería, y por eso hay contaminación de materiales pesados. Eso nos afecta a los que consumimos el pescado que está contaminado”, lamentó Villafuerte.
La minería proveniente de Potosí se da a través de las nacientes del Pilcomayo. Pese a las reiteradas advertencias, las comunidades y organizaciones ambientales resaltan que los mineros de ese departamento siguen arrojando sus residuos al agua, que los transporta hasta las tierras bajas, acumulándose en las aguas que alimentan los sistemas agrícolas, la pesca y el consumo humano.
El capitán grande del pueblo weenhayek, Francisco Pérez Nazario, advirtió que la situación es “insostenible” en las riberas del Pilcomayo. “Consumimos el agua y el pescado del río. Estamos contaminados, pero no tenemos otra alternativa de subsistencia”, reclama.
El Pilcomayo se extiende por más de 2000 kilómetros. Atraviesa cuatro de los nueve departamentos de Bolivia (Potosí, Oruro, Chuquisaca y Tarija) y sirve de frontera natural entre Argentina y Paraguay. Su desgracia, afirman los pobladores indígenas, empieza en Potosí, la cabecera de esta cuenca. Ahí la minería es el motor económico de esa región, pero el manejo de sus residuos no sería el adecuado.
Según datos públicos recogidos por Mongabay Latam, en 1996 se produjo un desastre ante la falla del dique del municipio de Porco, en Potosí. En 2000 hubo un derrame desde el dique de Itos, también en Potosí. En 2014 tuvo lugar un incidente de falla del dique de Santiago Apóstol. En 2022 el dique de colas en la cooperativa Agua Dulce colapsó y vertió 13 000 toneladas de residuos de minería altamente contaminantes en la quebrada de Jayasmayu, que se conecta con el río Pilcomayo. Hasta ahora, la precariedad y explotación ilegal de minas continúa, denuncian organizaciones ambientalistas.
Desde el siglo XVI se vierten metales pesados en la cabecera del Pilcomayo. Sus aguas vehiculizan residuos tóxicos, como plomo, mercurio, boro, arsénico, cadmio, zinc, entre otros. La contaminación con estos metales incide en la afectación de la salud de los seres humanos, por ser potencialmente cancerígenos y por poder ocasionar múltiples lesiones de órganos y varias enfermedades, desde problemas neurológicos y gástricos a pigmentaciones o irritaciones en la piel, incluso a niveles bajos de exposición, debido a su proceso de bioacumulación en el cuerpo humano.
Informe revelador
El Centro de Análisis Investigación y Desarrollo de la Universidad Autónoma Juan Misael Saracho de Tarija realizó un informe sobre la contaminación que existe en el Pilcomayo. Los datos utilizados en este documento provienen de diversas campañas de muestreo de agua, en la que la Comisión Trinacional para el Desarrollo de la Cuenca del Río Pilcomayo (CTN) analizó la presencia de metales pesados, entre otros elementos, durante 2007 y 2022.
El afluente a la altura de Villa Montes registra la presencia de boro, arsénico, cadmio, cromo, hierro, manganeso, mercurio, plomo, níquel y zinc que exceden los parámetros máximos recomendados por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Ley de Medio Ambiente 1333 de Bolivia.
Ludmila Pizarro, bióloga y representante de la Fundación Biochaco, explica que en 2006 investigó para su tesis de grado el origen de la presencia de los metales pesados en el río Pilcomayo. La experta asegura que estos ingresan por la actividad minera a los afluentes, luego pasan a la cuenca principal, después el agua sedimenta los metales pesados y llega a la cuenca baja. En esta cadena de almacenamiento, las personas terminan consumiendo peces, aguas y alimentos potencialmente contaminados.
“Se hizo análisis en cabellos de las personas y peces y se encontró concentraciones de metales por encima de lo permitido. Las comunidades indígenas tenían en el cuerpo cuatro veces más arsénico de lo permitido. Otras comunidades de niñas y niños tenían niveles de mercurio y plomo aún más elevados”, explicó Pizarro.

En la Gobernación de Potosí descartan que haya una alta contaminación en la cabecera del Pilcomayo y aseguran que existen métodos de manejo adecuado en la extracción de minerales, como el zinc, plata, plomo y oro, entre otros. Desde esa oficina explicaron a Mongabay Latam que en 2024 el extinto Ministerio de Medio Ambiente y Agua de Bolivia descartó niveles altos de contaminación en la cuenca del Pilcomayo y aseguran que ahora se está realizando un estudio con una universidad estadounidense.
“No decimos que no haya contaminación, sí la hay, pero es mínima. Ahora, una delegación de profesionales de la Universidad de California llegó a Potosí para consolidar con el Gobierno Autónomo Departamental [de Potosí] un proyecto de evaluación de las aguas de la cuenca alta del Pilcomayo para definir un tipo de intervención para encarar su limpieza”, explicó una fuente de esa entidad regional.
Los peligros que enfrenta la cuenca del Pilcomayo no son solo ecológicos. La frontera agropecuaria ha empujado su avance con fuerza, arrasando con el bosque nativo. La ganadería extensiva y el cultivo industrial de soja han abierto claros en la vegetación que antes regulaba el agua, filtraba el aire y permitía la vida. Los hábitats se han vuelto parches inconexos.
“Este sistema fluvial es el segundo bioma más importante del continente después de la Amazonía, pero está afectado principalmente por la contaminación minera que se concentra en la cuenca alta desde la época de la colonia española, además de la sedimentación por causas naturales y la erosión provocada por la deforestación”, destacó Arnold.
David Tecklin, director del programa de Conservación del Pantanal y Gran Chaco de Sudamérica de The Pew Charitable Trusts, explicó a Mongabay Latam que el Pilcomayo se destaca por su rol clave en conectar a tres países del Gran Chaco -Bolivia, Argentina y Paraguay- y es uno de los pulsos de agua más importantes para la región, donde el agua es extremadamente escasa.
“Cientos de comunidades dependen directamente del río Pilcomayo para alimentarse, para generar ingresos con la producción de miel, la pesca y otras actividades asociadas al rio y para abastecerse de agua. Pero este rol en la seguridad alimentaria e hídrica no capta la importancia fundamental de este rio en las identidades y culturas de la región, que agrega una dimensión aún más vital a su protección. Buscamos colaborar a que el río siga cumpliendo este rol para cada una de ellas”, resaltó Tecklin.

Para el experto, mantener las riberas del rio y su hidrología, es decir, los flujos según su patrón natural, es vital para gran número de especies de la región y en particular para los peces migratorios de la cuenca. “Desde la mirada ambiental del Gran Chaco no existe mayor prioridad que proteger sus ríos. En una región de estrés hídrico permanente, los ríos son las arterias que permiten que la vida persista en un medio ambiente con condiciones de aridez y sequía”, explicó.
Las amenazas en el Pilcomayo
Arnold, de Nativa, ve cuatro amenazas para el Pilcomayo: sedimentación y atarquinamiento (retroceso del río), debido a la deforestación en toda la cuenca y a la extracción de áridos; contaminación por las actividades de la industria minera en las cabeceras de la cuenca; contaminación por las actividades de la industria petrolera en la cuenca media, como proyectos de exploración, explotación y transporte por ductos; y sobreexplotación pesquera y alteración de los ciclos reproductivos de las especies, que se concentran en el municipio de Villa Montes.
“Estos problemas sumados a la acción insuficiente de los gobiernos en todos sus niveles, en los tres países que comparten la cuenca, generan una situación de mayor vulnerabilidad socioambiental e incremento de la pobreza de la población local”, dijo Arnold.
En la comunidad de Yuati, que está a orillas del Pilcomayo, la situación es crítica por la contaminación de las aguas por la actividad petrolera. Allí se encuentra uno de los campamentos más grandes de explotación gasífera de Bolivia: Margarita. Este campo, que es operado por la transnacional Repsol, tiene diez pozos que en su mayoría están prácticamente a orillas del río.

Santiago Camacho es el vicepresidente de la Asamblea del Pueblo Guaraní (APG). El dirigente indígena explicó a Mongabay Latam que su pueblo vive de la pesca y que en los últimos años esa actividad se vio afectada por diferentes amenazas, entre ellas el impacto de la explotación de gas natural y minería aguas arriba.
“Todo botan. [La petrolera] ha perforado pozos inyectores y de ahí salen sus residuos al agua, al Pilcomayo. De acá esa contaminación corre abajo, acá no se ve”, afirma Camacho. “Hemos hecho reclamos al anterior Gobierno y no pasó nada. Ojalá que este Gobierno nos escuche”, dijo.
Mongabay Latam envió una solicitud de información a la oficina de Repsol en Bolivia para obtener su versión sobre estas afirmaciones, pero no obtuvo respuesta. Lo mismo pasó con Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos (YPFB).
El temor en Yuati es que el Pilcomayo se seque. “Nosotros vivimos del río, es como nuestro padre, es todo para nosotros”, exclamó Gabriela Camacho, artesana de Yuati y que realiza diferentes artesanías con la hoja de palma. Ella también ve riesgos por la deforestación, ya que esa expansión puede afectar al crecimiento de la palma, que es la materia prima de sus trabajos.
Otras de las armas para defender el Pilcomayo es el turismo. Tomás Rivero es parte del sindicato de pescadores de Villa Montes y también un emprendedor turístico: creó el restaurante Don Tomás, que está ubicado en la ruta entre Santa Cruz y Tarija. Él dice sentir tristeza al ver el Pilcomayo. “El río ya no es el mismo de antes. El caudal ha bajado, hay más sedimentos y los peces son cada vez más pequeños”, lamentó Rivero.

El pescador recuerda que el río hace 30 años tenía sus aguas más altas y más limpias. Aun así, no se rinde y busca ideas para hacer crecer su negocio. Una de ellas es la pesca deportiva, una actividad turística que tiene como fin pescar y devolver el pez al agua.
Así, todos luchan por poner un “candado ecológico” a las riberas del Pilcomayo. Este corredor no prohibiría las actividades tradicionales. Ni la apicultura que produce una buena miel, ni la ganadería extensiva bajo monte, ni la recolección de frutos nativos por parte de los pueblos indígenas. Lo que se busca es frenar el avance de monocultivos, la tala indiscriminada para carbón vegetal y la expansión de modelos que no respetan el equilibrio del Chaco.
El Maipo/Mongabay
Imagen principal: los pescadores en el río Pilcomayo sostienen que hay menos peces y de menor tamaño. Foto: cortesía The Pew



