Duele un vacío que no es solo de papel. En esta época donde todo grita y nada dice, donde la noticia nace y muere en el mismo segundo, la ausencia de Punto Final se siente como un silencio abrupto en medio de la batalla. Como cuando en la trinchera, de pronto, deja de oírse la voz del compañero.
Hubo revistas que pasaron por los kioscos sin dejar más huella que el polvo. Otras, muy pocas, se instalaron en la memoria como se instalan los verdaderos amigos: con la certeza de que estaban ahí cuando más se les necesitaba. Punto Final fue esa clase de amiga. La que no te cuenta lo que quieres oír, sino lo que necesitas saber. La que te incomoda a conciencia, porque creía —como muchos creímos— que el periodismo no era un oficio para complacer, sino para despertar.
Hoy, cuando miramos hacia atrás, vemos sus páginas como quien hojea un álbum de fotografías prestadas. Allí estaba la letra del Che en Bolivia, escrita a la luz precaria de una lamparilla, y allí estaba Punto Final para rescatarla del polvo de la historia oficial. En un continente acostumbrado a que le cuenten los relatos desde el balcón de los vencedores, ella se agachó para recoger las voces caídas, las derrotas dignas, los sueños hechos trizas que aún así brillaban.
La revista fue mucho más que papel impreso. Fue una mano tendida en los años de plomo, cuando las dictaduras del Cono Sur sembraban el silencio con sangre. En aquellos días de miedo, Punto Final sostenía la línea como quien sostiene un farol en la tormenta: para que alguien, en alguna parte, supiera que no estaba solo. Sus análisis críticos, sus denuncias, su obstinada defensa de los derechos humanos fueron, para tantos, el oxígeno en el encierro. No fue neutral, claro que no. ¿Cómo ser neutral frente al horror? Fue situada, apasionada, humana. Y por eso, imprescindible.
Pero también supo ser hogar de la palabra bella. Por sus páginas caminaron Pedro Lemebel, con su pluma de colores insurgentes; Juan Radrigán, que hizo del marginado un personaje trágico y digno; Ramón Díaz Eterovic, que convirtió la llovizna de Santiago en escenario de las heridas más profundas. Ahí, en ese cruce entre la política y la literatura, Punto Final encontró su voz más auténtica: la que sabe que transformar el mundo también es nombrarlo de otra manera.
Y al frente de todo, hasta hace tan poco, estaba Manuel Cabieses. Su figura de periodista total, de hombre que entendió el oficio como un acto de amor combativo, se confunde con la propia historia de la revista. Con él se nos fue un modo de estar en el mundo: ese que no negocia la verdad por un titular, que no se arrodilla ante el poder, que escribe como quien siembra, sabiendo que quizás no verá la cosecha.
Por eso esta nostalgia no es la de quienes miran atrás para llorar lo que se fue. Es, más bien, la de quienes encuentran en la memoria un mapa para seguir caminando. Porque Punto Final no fue un punto de llegada, sino de partida. Una trinchera desde la cual seguir pensando el Sur, nombrar lo innombrable, resistir el olvido oficial que siempre viene bien engalanado.
Mientras haya quien recuerde, quien relea, quien se anime a discutir sus páginas amarillentas, Punto Final seguirá abriendo esa grieta. Porque la palabra verdadera, la que nace del compromiso y no de la conveniencia, nunca es la última. Siempre es la que viene. Siempre es la que espera.
Para El Maipo, Álvaro Ramis, Rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.
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