Domingo, Enero 11, 2026

Nuestra América frente a la Doctrina Monroe. Por Álvaro Ramis Olivos

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La oposición entre la Doctrina Monroe y Nuestra América, formulada por José Martí, condensa dos proyectos antagónicos para el continente. No se trata solo de una diferencia histórica, sino de una tensión que sigue marcando, hasta hoy, la relación entre América Latina y Estados Unidos.

Proclamada en 1823, la Doctrina Monroe afirma que “los continentes americanos… no deben ser considerados en lo sucesivo como sujetos de colonización por parte de las potencias europeas”. En su formulación original, el principio aparece como una defensa frente al colonialismo europeo. Sin embargo, con el paso del tiempo, esa doctrina se transforma en un fundamento ideológico de la hegemonía estadounidense en el hemisferio. Lo que comenzó como rechazo a la intervención europea devino en legitimación de una tutela permanente sobre América Latina.

José Martí escribe Nuestra América en 1891 con plena conciencia de ese giro. Su texto es una advertencia temprana frente al ascenso de Estados Unidos como potencia imperial. Por eso afirma sin ambigüedades: “El desdén del vecino formidable que no la conoce es el peligro mayor de nuestra América”. Martí no habla desde el temor abstracto, sino desde la experiencia histórica de pueblos que han reemplazado una dominación por otra.

La contraposición entre ambos enfoques es profunda. La Doctrina Monroe establece una relación jerárquica, donde una potencia se arroga el derecho de definir el destino del continente. Nuestra América, en cambio, afirma la soberanía como autodeterminación real, no solo formal. De ahí la célebre sentencia martiana: “El gobierno ha de nacer del país”. Gobernar con ideas importadas, advierte, es una forma de subordinación tan eficaz como la coerción directa.

La diferencia no es solo geopolítica, sino también cultural e intelectual. Mientras la lógica monroísta presupone que el orden y el progreso provienen de un centro que irradia hacia la periferia, Martí sostiene que no hay proyecto político viable sin conocimiento profundo de la realidad propia. Donde Monroe ve territorios estratégicos, Martí ve pueblos diversos, mestizos, indígenas y afrodescendientes, que deben ser integrados como sujetos políticos plenos.

Esta tensión no pertenece únicamente al siglo XIX. Aunque hoy la influencia ya no se ejerce solo mediante intervenciones militares, la lógica de la tutela persiste bajo formas económicas, tecnológicas y culturales. Frente a ello, Nuestra América conserva su vigencia como una idea de resistencia intelectual y política. “Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra”, escribe Martí, subrayando que la autonomía comienza por el pensamiento.

Más que un programa cerrado, Nuestra América ofrece un criterio que sigue interpelando al presente: o América Latina se piensa desde sí misma, o acepta que otros definan su destino. En esa disyuntiva, la confrontación entre Monroe y Martí no es un episodio del pasado, sino una disputa abierta sobre soberanía, dignidad y futuro.

Para El Maipo, Álvaro Ramis, Rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

Nota: El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de sus autores, y no refleja necesariamente la línea editorial El Maipo.

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