Un yacimiento en Turquía revela que ambas especies no solo coexistieron, sino que se transmitieron técnicas de talla de piedra, estrategias de caza y hasta gustos ornamentales
Durante décadas, la relación entre neandertales y humanos modernos fue vista como la de dos especies que, como mucho, coincidieron brevemente en algunos rincones del planeta antes de que una sustituyera a la otra. Investigaciones recientes venían matizando esa idea: hace unos meses, un estudio sobre la cueva israelí de Tinshemet ya sugería que ambos grupos compartieron aspectos de su vida cotidiana e incluso de sus prácticas funerarias.
Ahora, un nuevo trabajo publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences aporta la evidencia que faltaba: no se trató de una coincidencia puntual, sino de un legado cultural compartido y sostenido a lo largo de más de 20.000 años.
La cueva que guardaba la respuesta
El hallazgo procede de Üçağızlı II, una cueva en el sur de Turquía que funcionó como refugio natural en un punto estratégico: el Levante mediterráneo, la región que actúa como puerta de entrada desde África hacia Eurasia. Pese a la importancia de esta zona en la expansión de los humanos modernos, el registro fósil de aquel periodo había sido siempre muy fragmentario.
Un equipo internacional con participación de investigadores de Turquía, Francia y Japón —con la Universidad de Kioto a la cabeza— pasó cinco años excavando la cueva de forma minuciosa, logrando reconstruir su ocupación a lo largo de 30.000 años. Los dientes fósiles hallados en las distintas capas permitieron identificar quién habitaba el lugar en cada momento: primero los neandertales, entre hace 77.000 y 59.000 años, y después, casi sin solución de continuidad, los humanos modernos, entre hace 59.000 y 47.000 años.
Las mismas herramientas, generación tras generación
El análisis de 19.252 herramientas de piedra recuperadas en el yacimiento mostró algo sorprendente: ambas especies utilizaron métodos de fabricación prácticamente idénticos, con las técnicas propias del Paleolítico Medio Tardío y las características “puntas musterienses” presentes en las producciones de los dos grupos.
Naoki Morimoto, investigador de la Universidad de Kioto y uno de los autores principales del estudio, subraya que estos hallazgos apuntan a una interacción cultural profunda entre ambas poblaciones, que no solo se habrían adaptado de forma independiente al mismo entorno, sino que probablemente llegaron a compartir gustos y códigos simbólicos.
Más allá de la supervivencia: los primeros adornos
Lo más llamativo del estudio no son solo las herramientas, sino los objetos sin ninguna utilidad práctica. Entre los restos aparecieron 59 conchas marinas repartidas en distintos niveles de la cueva, la mayoría de la especie Columbella rustica, un caracol de mar sin ningún valor como alimento.
Todo indica que estas conchas se seleccionaban deliberadamente por su forma para usarse como adorno personal, un comportamiento que implica pensamiento simbólico y abstracto, algo que la arqueología tradicional atribuía casi en exclusiva a los sapiens.
El fin de un estereotipo
El hallazgo refuerza una idea que paleontólogos como Juan Luis Arsuaga llevan tiempo defendiendo: los neandertales no eran los brutos primitivos de la imaginería popular, sino seres con una vida mental compleja, capaces de adornarse y de tejer vínculos culturales con los humanos modernos.
Los análisis de restos vegetales y animales confirman además que las estrategias de caza y recolección se mantuvieron estables independientemente de qué especie ocupara la cueva en cada momento.
Un vínculo que va más allá de los genes
Los fósiles de humanos modernos encontrados en Üçağızlı II, datados entre hace 60.000 y 50.000 años, coinciden con el momento genético clave de la gran salida de África, lo que sugiere que sus habitantes podrían haber sido parientes directos del linaje del que descienden todas las poblaciones no africanas actuales.
Ya sabíamos, gracias a la genética, que la mayoría de la población mundial conserva entre un 1% y un 4% de ADN neandertal. Este estudio añade una capa nueva: aquel encuentro entre especies no se limitó al intercambio biológico, sino que incluyó ideas, ritos y tecnología compartidos durante milenios. Una prueba más de que la historia de nuestra evolución no fue una simple sustitución de una especie por otra, sino una red de influencias mutuas cuya huella todavía llevamos con nosotros.
El Maipo




