Martes, Abril 14, 2026

Los científicos lo confirman: la humanidad ya ha agotado los recursos de la Tierra y la vida va a dejar de ser sostenible

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¿Cuánta gente puede vivir en el planeta sin dejarlo sin «margen» para regenerarse? Un nuevo trabajo científico revisado por pares pone esa pregunta en primer plano y lo hace con modelos ecológicos aplicados a más de dos siglos de datos demográficos.

La idea central es incómoda. Según los autores, la humanidad ya está usando más recursos de los que la Tierra puede proporcionar de forma sostenible y, si seguimos creciendo con los patrones actuales de consumo, aumentará la presión sobre comida, clima y bienestar.

El dato que más llama la atención

El equipo, liderado por el ecólogo Corey J. A.Bradshaw (Universidad de Flinders), calcula que una población global «sostenible» rondaría los 2.500 millones de personas si todos viviéramos dentro de límites ecológicos y con un nivel de vida cómodo y económicamente seguro. Es una cifra alejada de la población actual, que los propios investigadores sitúan en torno a 8.300 millones.

Conviene leer ese número con cuidado. No es un «tope» inmediato ni un mensaje de alarma tipo película, es una forma de medir el «sobrepaso», la distancia entre lo que el planeta puede reponer y lo que estamos gastando ahora. También podría cambiar si cambia la forma de producir energía y alimentos y de repartir el consumo.

El giro demográfico que empezó en el siglo XX

Los autores describen un cambio clave a mediados del siglo pasado. Antes de la década de 1950, el crecimiento de la población tendía a acelerarse a la vez que aumentaba el número de personas, como si el sistema se autoimpulsara con más trabajo, más innovación y más energía disponible.

Pero esa dinámica se rompe en los años 60. En 1962, explican, la tasa de crecimiento empieza a bajar de forma consistente mientras la población sigue subiendo, algo que llaman «fase demográfica negativa».

Hay un detalle que ayuda a situar el contexto. El estudio señala que ese giro se produjo unos 8 años antes de que empezara un déficit global de biocapacidad en 1970, una idea que encaja con lo que otras métricas de huella ecológica sitúan en los primeros años 70 como inicio del «descubierto» ambiental.

La energía barata que lo hizo posible

Si hoy podemos alimentar, mover y abastecer a miles de millones de personas, en buena parte es por una ventaja enorme, la energía abundante y barata, sobre todo de origen fósil. Los autores sostienen que esa «era fósil» ha enmascarado durante décadas el exceso de consumo al disparar producción de alimentos, transporte, fertilizantes e industria.

En la práctica, basta pensar en algo cotidiano. La comida que llega al súper depende de maquinaria, transporte, frío y envases, y casi todo eso se ha sostenido con un sistema energético que no «pasa factura» en el momento de pagar en caja, aunque el coste real aparezca después en forma de CO2 y contaminación.

El propio Bradshaw lo resume así, «la Tierra no puede seguir el ritmo de cómo estamos utilizando los recursos» y añade que ni siquiera puede sostener la demanda actual «sin cambios importantes».

Más población y más presión, aunque no todos consumamos igual

El estudio también intenta responder a una duda frecuente. ¿Pesa más el número de personas o lo que consume cada una? En sus análisis, durante esta fase demográfica, el tamaño total de la población explica más variación en indicadores como la anomalía de temperatura global, la huella ecológica y las emisiones totales que el consumo per cápita.

Esto no significa que el consumo individual no importe. Lo que sugiere es que, cuando se entra en una situación de sobreexplotación, cada incremento de población añade presión con rapidez, incluso si el consumo medio no crece al mismo ritmo.

Y hay otra lectura que suele pasar desapercibida. La presión no se reparte igual, porque el consumo es muy desigual, pero el impacto final se acumula en el mismo «sistema común», la atmósfera, los suelos, el agua y la biodiversidad. El resultado suele ser más tensión social cuando los recursos se vuelven escasos.

Qué cambios propone el equipo y por qué el reloj corre

Los investigadores insisten en que no están prediciendo un colapso repentino. Hablan de un deterioro gradual con más impactos climáticos, pérdida de biodiversidad, inseguridad de agua y alimentos y desigualdad creciente a medida que se intensifican las crisis.

También dejan una puerta abierta. Recuerdan que el crecimiento demográfico se está ralentizando y que la población podría alcanzar un máximo entre 11.700 y 12.400 millones hacia finales de la década de 2060 o en la de 2070 si se mantienen las tendencias que analizan.

Bradshaw lo plantea con un mensaje directo, «poblaciones más pequeñas con menor consumo generan mejores resultados», aunque advierte de que la ventana para actuar se está estrechando. En la práctica, eso empuja a acelerar cambios conocidos, energía más limpia, eficiencia, movilidad con menos emisiones, menos desperdicio de comida y más reutilización y reciclaje, porque son palancas que reducen presión sobre energía, tierra, agua y materiales.

El Maipo/Ecoticias

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