Domingo, Febrero 15, 2026

Little Saint James o los 120 días de Sodoma de Jeffrey, Donald y la elite mundial. Por Miguel Jara Gómez

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Soy de una generación que vivió su adolescencia en dictadura. Quienes crecimos como jóvenes de izquierda, nos acostumbramos a vivir bajo sospecha y persecución. También bajo censura.

En espacios acotados y periféricos a la industria de la entretención dominante, como el Cine Arte Normandie, pudimos tener acceso a obras cinematográficas de valor estético y que desafiaban desde el pensamiento crítico, definitivamente prohibido en los años más oscuros de la Dictadura.

Especial encono sufrieron las películas de Pier Paolo Pasolini, varias de las cuales fueron objeto de prohibición. El Consejo de Calificación Cinematográfica vetó especialmente Saló o los 120 días de Sodoma, considerada una amenaza al orden moral y político del régimen, mientras títulos como Teorema y El evangelio según San Mateo tampoco tuvieron exhibición comercial regular. La censura a Pasolini formó parte de una política cultural más amplia que restringió obras críticas, sexualmente explícitas o ideológicamente disidentes, relegándolas a circuitos marginales o clandestinos hasta el retorno a la democracia.

Saló o los 120 días de Sodoma

La última película de Pier Paolo Pasolini —estrenada en 1975 poco antes de su asesinato— es considerada una de las obras más perturbadoras y radicales del cine del siglo XX. Inspirada libremente en la novela del Marqués de Sade, Pasolini traslada la acción a la República de Saló, el último bastión del fascismo italiano bajo Benito Mussolini, para construir una alegoría brutal sobre el poder, la dominación y la degradación humana.

Personalmente, pude ver la película en Brasil a fines de 1987, dos años después del fin de la Dictadura local. Fue una experiencia perturbadora. Con una narrativa directa y una cámara que fuerza al espectador a sumergirse en la obscenidad y el morbo. Escenas extremas, deliberadamente repulsivas, van reflejando la banalización de la violencia y la pérdida de moral colectiva.

Ambientada en 1944-45, la película sigue a cuatro jerarcas —un duque, un obispo, un magistrado y un presidente— que secuestran a un grupo de adolescentes y los encierran en una mansión aislada. Allí, durante 120 días, los someten a humillaciones y abusos sistemáticos, organizados bajo una lógica burocrática y fría. El horror no es caótico: está reglamentado, narrado, clasificado. La estructura del filme —Anteinfierno y tres “círculos”— traduce cinematográficamente el orden meticuloso de la novela original de Marqués de Sade, Los 120 días de Sodoma, donde el libertinaje no es impulso irracional, sino sistema filosófico.

En Sade, el libertino actúa bajo la convicción de que la naturaleza es amoral y que la moral social no es más que una ficción que limita la soberanía del más fuerte. La transgresión, en su lógica, revela la hipocresía del orden establecido. Pasolini recoge esa radicalidad, pero la reubica: en Saló, el libertinaje ya no es desafío marginal al poder, sino su expresión institucional. El goce se integra al aparato estatal; el sadismo se convierte en política.

Esta lectura se profundiza si se la cruza con las tesis de Michel Foucault en Historia de la sexualidad. Foucault mostró que el poder moderno no se limita a prohibir, sino que produce discursos sobre el sexo, clasifica, examina y normaliza. En la mansión de Saló, el deseo es administrado como un expediente: hay reglamentos, contratos, jerarquías, rituales. No se trata solo de soberanía que castiga, sino de una biopolítica que gestiona cuerpos y placeres. El poder no es explosión irracional, sino racionalidad aplicada a la dominación.

La versión actual de esta advertencia puede leerse en la convergencia entre concentración económica, captura institucional e impunidad. El caso de Jeffrey Epstein expuso, y seguirá exponiendo, cómo redes de poder económico y político pueden operar durante años bajo una lógica de protección mutua. Más allá de las especificidades judiciales, lo que inquieta es la arquitectura de complicidades: espacios cerrados, circulación de privilegios, silencios compartidos. Allí, el cuerpo vulnerable vuelve a aparecer como mercancía y como territorio de ejercicio soberano.

Little Saint James, la Saló Neoliberal

Si el fascismo clásico aspiraba al control total del Estado sobre la vida, el neoliberalismo radical puede perseguir un ideal distinto pero convergente: la expansión ilimitada del poder económico desregulado. En ese horizonte, el “santo grial” del poder no es solo acumular riqueza y poder de fuego, sino asegurarse impunidad ante cualquier situación o acto soberano. La impunidad funciona como forma suprema de soberanía: la capacidad de actuar sin consecuencias, de situarse por encima de la ley mientras se invoca el discurso de la libertad y la moralidad para las masas.

Saló anticipa esta deriva al mostrar que el poder absoluto no se satisface con dominar; necesita neutralizar todo límite. Cuando la ley se convierte en instrumento del fuerte o en mera formalidad, la impunidad deja de ser excepción y se vuelve estructura. En ese punto, el mercado, el Estado o las élites pueden compartir una misma tentación: convertir la desigualdad extrema en norma y la vulnerabilidad ajena en recurso disponible.

La vigencia de la película radica precisamente allí. Pasolini no filmó solo una parábola sobre el fascismo histórico, sino una anatomía del poder cuando pierde frenos éticos y democráticos. Su advertencia sigue resonando: toda forma de poder que aspire a la impunidad como condición de existencia contiene en sí misma la semilla del totalitarismo, aunque adopte ropajes modernos y lenguajes de libertad.

Si la moral termina siendo solo contención para los débiles y la impunidad el “Santo Grial” del poder, qué rol juega la Ley. ¿Qué esperar hoy de los tribunales en un mundo en que las reglas solo se aplican a los débiles y no a los poderosos? Poderosos que no solo controlan el armamento y la riqueza, sino, incluso más que en los siglos oscuros de la Edad Media, la verdad y el relato en Redes Sociales modeladas a partir de los algoritmos y la Inteligencia Artificial, propiedad de ellos mismos.

Lo que describe Pasolini en su película, ya lo había descrito el Marqués de Sade, y muchos otros, y no es la fantasía creativa del artista que explora mundos oscuros en su interior. Es la etnografía del poder sin límites que las elites han cultivado desde siempre, desde las grandes sociedades imperiales de la antigüedad, pasando por las sociedades esclavistas de la modernidad, hasta las redes de trata y prostitución de niños, niñas, mujeres y minorías sexo genéricas de la actualidad, en donde crimen organizado, elites políticas y económicas, y hasta culturales, se entrecruzan de manera grotesca.

En Chile, son los abusos sistemáticos a menores y mujeres de la(s) Iglesia(s), Colonia Dignidad, la Venda Sexi, las Fiestas de Spiniak, los adolescentes de El Bosque de Karadima, los yates de Hermosilla, entre muchos casos que se conocen y más por conocer, son claro ejemplo de que tenemos nuestras propias Little Saint James. ¡No es de extrañar! seguimos rankeando en desigualdad a nivel mundial.

Una referencia esperanzadora que nos deja Pasolini. La trama se produce entre 1944 y 1945, cuando el fascismo de Mussolini y el Tercer Reich Alemán estaban por ser derrotados. Es decir, las condiciones materiales que estaban en la base del abuso extremo que narra la película no solo podían cambiar, sino que efectivamente cambiaron.

Ciertamente, otras elites tomaron su lugar, pero es innegable, desde una perspectiva histórica, que también podrán ser derrotadas. De hecho, el desenfreno autoritario y amoral que muestra Trump es indicio de decadencia más que de fuerza, como coinciden buena parte de los analistas hoy por hoy.

Miguel Jara Gómez, colaborador y miembro del equipo de El Maipo, es antropólogo social, magister en Educación y Comunicador Social.

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