Miércoles, Marzo 11, 2026

La sumisión como estrategia: Kast y el costo de alinearse con Trump. Por Álvaro Ramis Olivos

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Entre el abrazo con Trump en Miami, el portazo de Lula en Santiago y la humillación pública a los ministros salientes de Boric por el cable submarino, la diplomacia del nuevo gobierno chileno nace atrapada en una contradicción: los aliados ideológicos de Kast son los mismos que acaban de patear el tablero con Chile como si fuera un protectorado.

La imagen es poderosa y deliberada. A solo cuatro días de asumir la presidencia, José Antonio Kast sostiene un diálogo extendido con Donald Trump en Miami, rodeado de los líderes de la derecha continental: Javier Milei, Nayib Bukele, Daniel Noboa y Santiago Peña. La cumbre “Shield of the Americas” no es un encuentro casual; es la puesta en escena del eje republicano que el nuevo mandatario chileno impulsará desde el 11 de marzo.

Pero mientras Kast posa junto al presidente estadounidense y su círculo de aliados, en Santiago se confirma la ausencia de Luiz Inácio Lula da Silva en la investidura. El mandatario brasileño decidió restarse por “el riesgo de situaciones incómodas” ante la presencia del senador Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro.

Dos eventos, ocurridos con apenas días de diferencia, dibujan el mapa completo de la política exterior que se avecina: una hoja de ruta que prioriza las afinidades ideológicas por sobre la tradicional pragmática diplomática, con todas las fracturas que ello implica.

El abrazo de Miami: la apuesta por Washington

La participación de Kast en la cumbre convocada por Trump en Miami no es un gesto simbólico menor. El presidente electo fue uno de los líderes que concitó mayor atención, con una agenda que incluyó seguridad regional, control migratorio y combate al narcotráfico. Pero el tema de fondo, el que explica la urgencia del encuentro, es otro: la contención de la influencia de China en América Latina.

El proyecto del cable submarino impulsado por Pekín, que involucra directamente a Chile, ha sido el detonante de una fricción geopolítica que Kast decidió abordar yendo personalmente a dar garantías a Washington. Acompañado de su futuro canciller Francisco Pérez y su asesor internacional Eitan Bloch, el mensaje al gobierno estadounidense fue explícito: bajo su mandato, la infraestructura crítica chilena estará alineada con los estándares de seguridad de Estados Unidos.

Este acercamiento a Trump y su círculo más cercano —que incluyó reuniones con el presidente del Partido Republicano de EE.UU., Kevin Cooper, y una cena estratégica con el secretario de Estado Marco Rubio— consolida lo que el propio encuentro denominó el “eje republicano” continental.

La otra cara de la moneda: el portazo de Lula

Pero mientras Kast tejía alianzas en Miami, en Santiago se gestaba la primera crisis diplomática de su gobierno. La decisión de Lula de no asistir a la investidura, vinculada directamente a la presencia de Flávio Bolsonaro, expone el costo de esa apuesta.

El senador Bolsonaro no es un invitado más. Es el hijo del hombre que representa justamente el proyecto que Lula busca desmantelar en Brasil. Su presencia en la ceremonia, y por extensión la decisión de Kast de mantenerlo en la lista de asistentes, transformó lo que debía ser una transmisión de mando protocolar en un escenario de polarización regional.

La lectura desde Brasilia es clara: si el nuevo gobierno chileno elige rodearse de los adversarios más duros de Lula en el momento mismo de su investidura, la relación bilateral partirá con una losa difícil de levantar. Y Brasil, vale recordarlo, no es un actor secundario en la geopolítica sudamericana: es el principal socio comercial de Chile en la región, con lazos que trascienden cualquier administración.

El elefante en la habitación: la crisis del cable submarino y la “Doctrina Donroe”

Lo que ni Kast ni sus asesores pueden ignorar es que, mientras ellos celebran la alianza con Trump, la administración saliente de Gabriel Boric acaba de recibir un castigo ejemplar de Washington por atreverse a considerar lo que el nuevo gobierno probablemente enterrará: el cable submarino a China.

El Departamento de Estado revocó las visas del ministro de Transportes y Telecomunicaciones, del subsecretario y de su jefe de gabinete por el simple hecho de que el gobierno chileno estaba considerando autorizar un cable de fibra óptica de Valparaíso a Hong Kong.

El argumento de Washington es que ello “pone en riesgo la seguridad regional”. La realidad es otra: actualmente todas las comunicaciones electrónicas de Sudamérica a Asia deben pasar por Estados Unidos, lo que las hace más lentas y caras. Existen unos 30 cables que unen Asia con Norteamérica, pero ninguno directo entre Sudamérica y Asia. El proyecto chino, de 500 millones de dólares y 18.000 kilómetros, sería el primero.

La hipocresía de la administración Trump es mayúscula. Mientras exige a Chile que no tenga conexión directa con Asia, Estados Unidos opera decenas de cables similares sin que nadie cuestione su seguridad. Lo que Washington defiende, en los hechos, es su monopolio de las comunicaciones digitales de Sudamérica.

Pero lo más grave es el precedente: se castiga a Chile no por aprobar una política que desagrada a EE.UU., sino por considerarla. ¿Cuál será el próximo paso? ¿Sancionar a un ministro por proponer una medida en un consejo de gabinete?

El mensaje es brutal y explícito: para la administración Trump, Chile no es un socio, sino un espacio geográfico donde sus empresas deben tener privilegios y donde cualquier intento de diversificación digital es visto como una afrenta.

La bofetada a Boric y la lección para Kast

Hay un detalle que el nuevo gobierno debería considerar con atención. El presidente Boric ha sido uno de los pocos líderes de izquierda en el mundo que apoyó lealmente a Washington en dos de sus principales batallas internacionales: la guerra en Ucrania y la crisis en Venezuela.

Sin embargo, en sus últimos días de gobierno, la administración Trump lo ha arrojado al basurero de la historia, con Marco Rubio declarando que Boric ha “empañado” su legado y el embajador Brandon Judd acusando sin pruebas de “incursiones de actores extranjeros malignos” en las telecomunicaciones chilenas.

La famosa frase de Henry Kissinger resuena con fuerza: “Puede ser peligroso ser enemigo de Estados Unidos, pero ser amigo de Estados Unidos es fatal”.

Kast llega al poder abrazado por Trump y Rubio, los mismos que acaban de humillar a Chile. La pregunta incómoda es: si esto es lo que Washington hace con sus amigos leales (Boric), ¿qué hará con un gobierno alineado ideológicamente pero que representa a un país con intereses propios? ¿Recibirá Kast un trato diferenciado o Chile seguirá siendo visto como un territorio donde se puede revocar visas de ministros sin mayor consecuencia?

La fractura estratégica

Lo que estos eventos revelan es una política exterior que camina sobre dos rieles que no siempre convergen. Por un lado, la alianza explícita con el bloque conservador hemisférico liderado por Trump, Milei y Bukele. Por otro, la necesidad de mantener relaciones funcionales con potencias regionales de signo opuesto, como Brasil, y con actores globales como China, cuyo vínculo comercial con Chile es imposible de ignorar.

La paradoja es que el propio contenido de la cumbre en Miami —la preocupación por la influencia china— choca con la realidad económica chilena. Pekín es el principal socio comercial de Chile, destino de más de un tercio de sus exportaciones. El 60% de las exportaciones chilenas van a Asia, y el 40% a China. Cualquier gesto que pueda interpretarse como parte de una estrategia de “contención” será leído con atención en Beijing.

Chile aspira a convertirse en el hub digital de Sudamérica. Tiene la mayor penetración digital de la región, está entre los 10 países con mejor gobierno digital del mundo y entre los tres de mayor velocidad de internet. Sus universidades forman ingenieros de primer nivel. Un cable directo a Asia no es un capricho de Boric: es una aspiración de Estado que viene de 2016, cuando el gobierno de Bachelet firmó el primer memorándum de entendimiento con China.

Kast tendrá que decidir si entierra definitivamente ese proyecto para complacer a Trump, o si busca un equilibrio que permita a Chile mantener su autonomía estratégica.

La fractura de la política exterior del nuevo gobierno se confirma ahora con hechos concretos. La fractura tiene múltiples dimensiones: con Brasil por la polarización ideológica; con Estados Unidos porque su alianza es con un socio que exige lealtad absoluta y castiga sin miramientos; con China porque cualquier gesto de acercamiento a Washington será leído como una amenaza en Pekín.

El nuevo gobierno ha decidido con quién quiere sentarse en la mesa ideológica. Falta ver si esa decisión le permitirá mantener las sillas necesarias en la mesa de los negocios y la diplomacia de Estado. Y, sobre todo, falta ver si Kast ha entendido la lección de Boric: en la relación con Washington, la lealtad no garantiza nada.

Para El Maipo, Álvaro Ramis, Rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

Nota: El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de sus autores, y no refleja necesariamente la línea editorial El Maipo.

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