En la política chilena actual, pocas imágenes son tan recurrentes como la de José Antonio Kast prometiendo mano dura contra la migración irregular. Su retórica se construye sobre la idea del orden absoluto: zanjas en la frontera norte, expulsiones inmediatas, cercos económicos y retiro de organismos internacionales. Todo con el fin de bloquear al migrante “malo”, trazando una línea tajante entre quienes entran con papeles y quienes no. Sin embargo, esa rigidez moral con la que juzga la irregularidad ajena se desvanece curiosamente cuando mira hacia su propia historia.
La hipocresía migrante de Kast radica en su incapacidad para ver que, bajo sus propios estándares actuales, su padre habría sido el primero en ser expulsado y posiblemente juzgado en su país de origen al ser parte de un partido autoritario que hasta el día de hoy es recordado como uno de los más brutales y crueles de la historia.
El líder republicano habla de la migración irregular como una amenaza a la seguridad nacional. Nos dice que quien entra sin papeles es, por defecto, sospechoso. Pero la historia es testaruda: Michael Kast, miembro del partido nazi, no llegó a Chile con una “visa de talento” ni haciendo la fila en el consulado. Llegó huyendo de la justicia de los aliados, utilizando una identidad blanqueada con papeles falsificados de la Cruz Roja y aprovechando los vacíos de seguridad de la época.
Aquí es donde la actitud de Kast se vuelve moralmente insostenible. El candidato castiga con su retórica al venezolano que cruza una trocha porque la dictadura de Maduro no le entrega pasaporte, tildándolo de delincuente por no tener papeles. Sin embargo, venera la “astucia” de su padre, quien teniendo papeles (su identificación militar alemana), decidió ocultarlos para inventarse una nueva vida.
Para Kast, la irregularidad es un crimen imperdonable cuando la comete un pobre que escapa del hambre en el Caribe, pero se convierte en una épica de emprendimiento cuando la comete un soldado alemán escapando de la derrota en Europa.
Kast mira a los inmigrantes actuales desde la comodidad de la hacienda en Paine que su familia pudo construir precisamente porque Chile no tenía una zanja en 1950. Si el Estado chileno de esa época hubiera tenido la actitud xenófoba y policial que Kast promueve hoy, Michael Kast habría sido interceptado en el puerto y devuelto a Europa para responder por su pasado.
La actitud de José Antonio Kast no es solo dura; es arrogante. Es la arrogancia de quien ha tenido el privilegio de olvidar que es hijo de un refugiado irregular, la misma arrogancia con la que corta el bienestar de familias, que como lo hizo su padre, buscan en nuestro país un refugio donde poder desarrollarse. Al exigir “mano dura” y expulsiones inmediatas, Kast está pateando la escalera por la que subió su propia familia.
La próxima vez que José Antonio Kast hable de cerrar fronteras y perseguir a quienes buscan un futuro mejor, deberíamos recordarle que la sangre que corre por sus venas llegó a este país gracias a la compasión y al “desorden administrativo” que él tanto desprecia. Su “zanja” no solo es inhumana; es una traición a su propia memoria.
Para El Maipo, Felipe Ignacio Sanhueza Wells. Psicólogo Universidad San Sebastián, Lic. en Psicología, diplomado en Psicología Social y Comunitaria y activista por los derechos humanos.
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