Sábado, Enero 17, 2026

La guerra de Trump contra el mundo. Por Álvaro Ramis Olivos

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Donald Trump no concibe la política internacional como un espacio de cooperación, reglas compartidas o construcción de bienes públicos globales. La entiende como una arena de confrontación permanente, donde toda relación es una transacción y todo vínculo puede transformarse en una amenaza. Desde esa lógica, su proyecto político ha derivado en una auténtica guerra contra el mundo, con múltiples frentes abiertos y consecuencias que debilitan tanto el orden internacional como la propia posición de Estados Unidos.

El eje más visible de esta confrontación ha sido la disputa comercial con China. La guerra arancelaria impulsada por Trump, presentada como una defensa de la industria y el empleo estadounidense, provocó represalias cruzadas, distorsiones en las cadenas globales de suministro y una creciente incertidumbre económica mundial. Sin embargo, lejos de cumplir sus objetivos estratégicos, la política fracasó en su propósito central: China anunció cifras récord de exportaciones durante 2025, precisamente en el año en que los aranceles estadounidenses y la política comercial de Trump generaron mayores turbulencias en la economía global. El dato es elocuente: mientras Washington apostaba por la coerción unilateral, Pekín diversificó mercados, reorientó flujos comerciales y consolidó su rol como actor central del comercio mundial.

China no fue una excepción, sino el caso más visible. Trump extendió los conflictos arancelarios a prácticamente todos los países, sin distinguir entre aliados y adversarios. Europa, Canadá, México y diversas economías del sur global fueron objeto de medidas punitivas que erosionaron décadas de acuerdos multilaterales y minaron la credibilidad de Estados Unidos como garante de reglas comunes. El comercio dejó de ser un espacio de cooperación regulada para convertirse en un instrumento de castigo político.

A esta ofensiva se sumó una guerra anti migratoria dirigida contra el sur global. América Latina, África y parte de Asia fueron construidos discursivamente como amenazas, dando paso a políticas de cierre de fronteras, deportaciones masivas y criminalización de la migración. Más que una estrategia de gestión migratoria, se trató de una confrontación política y cultural que profundizó la fractura Norte–Sur y desconoció las interdependencias económicas y sociales que sostienen a la propia economía estadounidense.

Europa tampoco escapó a esta lógica. Trump tensionó al máximo la relación transatlántica, cuestionando abiertamente a la OTAN, no desde una reflexión estratégica compartida, sino desde una lógica contable: cuánto cuesta la alianza y cuánto “pierde” Estados Unidos en ella. A ello se sumó la insólita disputa por Groenlandia, tratada como un objeto de negociación geopolítica, lo que reveló una visión instrumental de la soberanía y un desprecio por las reglas básicas de la diplomacia entre aliados.

La confrontación se extendió también a las Naciones Unidas y al sistema multilateral en su conjunto. Trump atacó organismos internacionales, se retiró de acuerdos clave y debilitó deliberadamente los espacios de gobernanza global. En su visión, las instituciones multilaterales no son mecanismos para resolver problemas comunes, sino obstáculos para el ejercicio unilateral del poder. El resultado ha sido un mundo más fragmentado, menos predecible y con menor capacidad de respuesta colectiva frente a desafíos globales.

Pero quizá uno de los efectos más profundos —y menos discutidos— de esta guerra contra el mundo se observa en el ámbito del conocimiento y la ciencia. Por primera vez, Harvard perdió el primer lugar en el ranking mundial de producción académica del Times Higher Education, posición que ahora ocupan el primer y segundo puesto instituciones chinas. Este desplazamiento no es casual. En 2025, la administración Trump canceló o congeló 2.400 millones de dólares en subvenciones federales destinadas a investigación científica en Harvard, debilitando deliberadamente uno de los pilares históricos de la hegemonía estadounidense: su liderazgo académico y su capacidad de producir conocimiento de frontera.

El contraste es brutal. Mientras China incrementa sostenidamente su inversión en ciencia, tecnología y educación superior, Estados Unidos recorta recursos, politiza la investigación y erosiona su propio ecosistema científico. La guerra comercial buscaba frenar el ascenso chino, pero la política interna de Trump termina acelerando el desplazamiento del poder económico, tecnológico y cultural hacia Asia.

Otros ejemplos refuerzan este patrón: el desprecio por el derecho internacional, el uso extensivo de sanciones económicas como castigo político, la deslegitimación de organismos de derechos humanos y el debilitamiento sistemático de normas que limitan el uso arbitrario del poder. Todo ello configura una estrategia donde la confrontación sustituye a la diplomacia y la imposición reemplaza al acuerdo.

La paradoja es evidente. Esta guerra de Trump contra el mundo, lejos de fortalecer a Estados Unidos, lo aísla, desgasta su liderazgo y socava las bases materiales y simbólicas de su influencia global. La historia es clara: las potencias que renuncian a construir alianzas, reglas y legitimidad terminan perdiendo incluso aquello que buscan proteger.

En un mundo profundamente interdependiente, nadie puede ganar una guerra contra todos. Este tipo de derivas solo pueden augurar una derrota: no necesariamente inmediata, pero sí estructural y duradera, tanto para Estados Unidos como para el orden internacional que alguna vez ayudó a construir.

Para El Maipo, Álvaro Ramis, Rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

Nota: El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de sus autores, y no refleja necesariamente la línea editorial El Maipo.

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