Miércoles, Febrero 4, 2026

Kast señala a su enemigo. Por Álvaro Ramis Olivos

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En política, nombrar al enemigo nunca es un gesto inocente. José Antonio Kast lo sabe bien y por eso su reciente gira por Europa —marcada por reuniones con líderes de la ultraderecha global— no fue solo una secuencia de fotos diplomáticas, sino una operación ideológica cuidadosamente diseñada. En sus intervenciones públicas, Kast volvió a un repertorio ya reconocible: denunció lo que llamó “ismos destructivos”:  el animalismo, el ambientalismo, el indigenismo y el feminismo. No se trató de exabruptos ni de improvisación retórica, sino de un acto deliberado de señalización política: la delimitación explícita de un campo de batalla cultural.

¿Por qué esos adversarios y no otros? ¿Por qué convertir en amenaza a movimientos que, con todas sus tensiones internas, buscan responder a crisis reales —ecológica, social, de cuidados, de reproducción de la vida— que atraviesan al mundo contemporáneo? La respuesta no está solo en la coyuntura chilena ni en el cálculo electoral inmediato, sino en una disputa más profunda sobre el sentido del progreso, el poder y el futuro.

Una mirada de largo plazo permite comprender mejor esta estrategia. El orden que hoy se defiende como natural descansa sobre una arquitectura de poder económico, militar e ideológico cuyas raíces se remontan a los primeros Estados y civilizaciones jerárquicas de hace unos cinco mil años. Desde entonces, la historia ha estado marcada por la concentración del poder, la expansión territorial y la subordinación de la vida —humana y no humana— a lógicas de dominación. En ese proceso, la dominación patriarcal no fue un rasgo accesorio, sino un pilar constitutivo del orden social y económico.

La modernidad capitalista no desmanteló esa estructura; la profundizó. En los últimos quinientos años, el sistema-mundo moderno consolidó una idea de progreso basada en el crecimiento ilimitado, la explotación de la naturaleza, la división sexual del trabajo y la acumulación permanente de capital. Colonialismo, extractivismo y Estados centralizados se articularon con una organización social que invisibilizó el trabajo de cuidados, subordinó a las mujeres y naturalizó jerarquías de género como si fueran parte del orden mismo de las cosas. Las mitologías occidentales del progreso funcionaron así como una coartada para múltiples formas de devastación.

Desde esta perspectiva, el ataque al feminismo ocupa un lugar clave. No se trata solo de una disputa moral o cultural, sino de la defensa de un modelo que depende de la desigualdad estructural entre géneros para sostenerse. El feminismo, al politizar el trabajo doméstico, los cuidados, la violencia y la autonomía de los cuerpos, cuestiona directamente los cimientos invisibles sobre los que se reproduce el orden económico y social. Lo mismo ocurre con el ambientalismo, el indigenismo y el animalismo: cada uno, desde su propio campo, interpela una lógica que convirtió la vida en recurso y la diferencia en jerarquía.

Por eso estos movimientos son presentados como amenazas existenciales. No porque destruyan el orden, sino porque revelan sus costos. El ambientalismo expone los límites ecológicos del planeta; el indigenismo cuestiona la soberanía homogénea del Estado moderno y recupera otras formas de relación con el territorio; el animalismo desborda el antropocentrismo clásico; el feminismo desarma la ficción de neutralidad de un sistema que ha descansado históricamente en la subordinación de las mujeres y las disidencias.

No es casual que este discurso se articule en Europa, corazón histórico del sistema que hoy muestra signos evidentes de agotamiento. Allí, Kast no solo busca aliados políticos, sino que se inscribe en una tradición que percibe la crisis contemporánea como una amenaza al orden que garantizó jerarquía, control y acumulación. Frente a la inestabilidad del siglo XXI —económica, climática, demográfica, cultural— la respuesta no es la transformación, sino la restauración reaccionaria, envuelta en un lenguaje de guerra cultural.

Nombrar enemigos cumple entonces una doble función. Por un lado, simplifica un mundo complejo, reduciendo conflictos estructurales a disputas identitarias. Por otro, desplaza la atención: el problema deja de ser la concentración de la riqueza, la precarización de la vida, la crisis de cuidados o el colapso ecológico, y pasa a ser la existencia de movimientos que se atreven a poner esos temas en el centro del debate público. El sistema, enfrentado a sus propias contradicciones, necesita convencer de que quienes señalan la crisis son los responsables de ella.

La crisis actual, sin embargo, no solo abre peligros, sino también posibilidades. El agotamiento del modelo dominante rompe la ilusión de que no hay alternativas. De ahí la virulencia con que ciertos liderazgos reaccionan frente a cualquier intento de cambio sistémico. Atacar al feminismo, al ambientalismo, al indigenismo o al animalismo es, en el fondo, atacar la idea misma de que otro futuro es pensable.

Kast señala a su enemigo porque necesita hacerlo. Su proyecto político se define menos por lo que propone que por lo que niega. Y en esa negación se transparenta un temor más profundo: no a los “ismos” que denuncia, sino a la posibilidad de que la historia deje de organizarse en torno a una lógica de acumulación, dominación y jerarquía que, durante milenios, ha beneficiado a unos pocos y ha llevado al mundo al borde de sus propios límites.

Para El Maipo, Álvaro Ramis, Rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

Nota: El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de sus autores, y no refleja necesariamente la línea editorial El Maipo.

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