Lunes, Febrero 9, 2026

Gobierno de México busca construir una “República Lectora” en la era de los algoritmos

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Por Rodrigo Duarte

El pasado 21 de enero, la Secretaría de Cultura anunció la creación del Consejo Nacional de Fomento para el Libro y la Lectura, que buscará contrarrestar la caída del interés en el consumo y producción de la literatura. “Es una decisión importante en esta era de los algoritmos, pero deberá juzgarse por sus resultados”, dijo un experto a Sputnik.

El Consejo, descripto por la secretaria de Cultura, Claudia Curiel de Icaza, como “un órgano consultivo y de vinculación”, tiene como mandato articular los esfuerzos entre el sector público, privado y la sociedad civil a favor de reavivar el hábito de la lectura y fortalecer la industria editorial en México, según sus estatutos.

En una reunión virtual realizada a finales de enero que fungió como la sesión inaugural de trabajo, la funcionaria dijo que la iniciativa persigue “una política pública esencial: construir una República Lectora”, añadiendo que trabajarán para cimentar un país en el que el acceso a la palabra “sea una garantía de Estado en cada territorio” y donde “leer y escribir no sea un privilegio”.

Otros de los objetivos, explicó, es diseñar y proponer iniciativas que fortalezcan toda la cadena de valor del libro, desde la creación literaria hasta el acceso final del lector. Otras de las metas mencionadas fueron el fortalecimiento de la Red Nacional de Bibliotecas Públicas y las librerías independientes, además de descentralizar la oferta cultural para que las comunidades más alejadas del país tengan acceso real a materiales de lectura de calidad.

En lo que refiere a su integración, el Consejo cuenta con una estructura diversa. Está presidido por la Secretaría de Cultura e incluye además representantes de otras dependencias gubernamentales, como la Secretaría de Educación Pública y de Hacienda. También participan miembros reconocidos del sector editorial, cámaras de la industria, asociaciones de libreros, como así también escritores, expertos y académicos mexicanos.

Si bien la creación de un organismo de este tipo estaba prevista en la Ley de Fomento para la Lectura y el Libro, aprobada en 2008 durante la presidencia de Felipe Calderón, recién ahora el Estado mexicano formaliza su creación para buscar crear una hoja de ruta clara de apoyo a la literatura.

Lo hace, quizás, en el momento en el que la industria editorial más lo necesita, cuando desde los más pequeños hasta los más grandes prefieren otros soportes y tecnologías para obtener sus dosis de entretenimiento y aprendizaje diarias, relegando al libro y a la práctica de la escritura y lectura a un lejano segundo lugar.

Números en caída

Las cifras oficiales sobre la población lectora en México exhiben un panorama preocupante. De acuerdo al último Módulo sobre Lectura (MOLEC) elaborado por el INEGI, el porcentaje de la población alfabeta de 18 años y más que lee libros, revistas, diarios o historietas ha caído fuertemente en los últimos años, pasando del 84,2% en 2015 al 69,6% en 2024.

Específicamente en lo que respecta a libros, el promedio de ejemplares leídos —no necesariamente comprados— por la población mexicana se sitúa en apenas 3,2 al año, una cifra que se ha mantenido estancada o con ligeros retrocesos frente a los 3,6 libros reportados en mediciones previas a la década actual.

La producción y comercialización editorial también dan cuenta de este momento aciago, pese a la profusa historia del país como punto de lanza y titán editorial para toda Hispanoamérica (no es casualidad que la gran mayoría de los escritores del denominado “boom” hayan sido publicados antes en México que en sus propios países).

De acuerdo con la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (CANIEM), la producción del sector privado registró un descenso del 15% en el número de libros publicados durante 2024 respecto al año anterior, con apenas 20.054 títulos. En términos de ejemplares, la producción descendió un 4,1%, sumando dos años consecutivos de contracción.

El tema fue ampliamente debatido en la última Feria del Libro de Guadalajara, cuando directores de grandes editoriales revelaron que, pese a tratarse de un país con alrededor de 130 millones de habitantes, actualmente un libro es considerado un best-seller en el mercado mexicano si despacha 10.000 ejemplares.

Esta cifra se encuentra muy por debajo de lo que han logrado éxitos en el pasado: en la década los 90, “Como agua como para chocolate”, de Laura Esquivel, llegó a vender más de 3 millones de ejemplares solo en México, mientras que los libros de Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes o Corín Tellado salían al mercado con ediciones lanzamiento de cientos de miles de copias.

“Una iniciativa necesaria y económicamente astuta”

Para José Luis Nubez, especialista en marketing y comunicación con amplia trayectoria en el mercado editorial mexicano, la puesta en marcha de este Consejo es una señal de que el Estado reconoce que la industria editorial, a la que definió como un motor clave en cualquier país desarrollado, no está pasando por el mejor momento y debe ser apuntalada para que sobreviva.

“Al dedicar recursos y voluntad política para impulsar este sector, se reconoce que una sociedad que lee es una sociedad más preparada e informada. La medida rescata el valor intelectual y social de la lectura, entendiéndola como una herramienta que permite a las personas sumergirse en realidades distintas y a la vez interrogar mejor el presente”, señala el experto.

Nubez agrega que el beneficio no es solo cultural, sino también económico. “El sector editorial es una industria que genera decenas de miles de empleos, desde editores y correctores hasta impresores y libreros, además de que todavía existe una importante industria de libros de kioscos. Al fomentar el mercado del libro, el Gobierno está apoyando a una industria que contribuye al PIB y que fortalece a la marca ‘México’ en el extranjero”.

De todas formas, el especialista advierte que el éxito de la medida será juzgado por sus resultados, algo todavía incierto. “Países como España crearon el bono cultural, que implica darle cierta cantidad de dinero a los jóvenes para gastarlo en música, cine o libros, y esto ha tenido un fuerte impacto. Lo mismo Argentina en décadas anteriores con el financiamiento de las traducciones y compras a editoriales independientes, o Brasil, que exime de impuestos a los libros”.

Y agrega: “¿México qué hará? Aún no lo sabemos, porque el Consejo acaba de ser creado, pero en la era de los algoritmos y el contenido frívolo de las redes, que ha reconfigurado —para mal— los hábitos cognitivos de las personas y su capacidad de atención, es una buena decisión”.

Adaptarse al mundo digital

Sin embargo, algunos expertos tienen una mirada más escéptica sobre el posible éxito de esta iniciativa. Es el caso de David Sánchez, sociólogo español egresado de la Universidad de Salamanca que trabaja como consultor para la industria editorial local desde su radicación en la capital mexicana.

En su opinión, “no se trata de que la idea sea mala, porque además sus lineamientos aún no se conocen, sino que parte de un supuesto —’podemos hacer que la gente vuelva a hacer de leer libros una prioridad’— que es incorrecto, porque simplemente no se puede regresar al pasado”.

“Sería como querer que la gente vuelva a hablar por teléfonos de cuerda o cocinar con leña y fuego. Cuando suceden saltos tecnológicos, como en el caso de las computadoras e internet, lo único que queda es adaptarse, porque la barrera neurológica ya es infranqueable”, afirma.

En ese sentido, afirma Sánchez, “no podemos pedirle a la gente que consuma la información leyendo diarios o libros de papel, o caminando hasta la biblioteca comunitaria. Esto no significa que la lectura no pueda fomentarse, pero tiene que ser con iniciativas acordes a los tiempos que vivimos, como haciendo disponibles audiolibros o libros digitales”.

“El desinterés por la lectura puede combatirse, y el analfabetismo cultural también”, concluye, pero debe hacerse “con un enfoque que acepte que vivimos en una época fuertemente visual y que privilegia la velocidad, porque si no la batalla estará perdida antes de darla”.

El Maipo/Sputnik

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