En la política actual se habla mucho de programas y muy poco de emociones, aunque son estas las que suelen decidir cómo se vota y cómo se gobierna. En torno a José Antonio Kast —y, por extensión, a la derecha chilena de hoy— el mapa emocional parece ordenarse en torno a dos fuerzas básicas: el odio y la avaricia. No son lo mismo ni apuntan en la misma dirección, pero han aprendido a convivir. El odio moviliza a la ultraderecha; la avaricia orienta a la derecha económica y empresarial. Entre ambas hay acuerdos prácticos y tensiones profundas, y de esa fricción surge buena parte de las contradicciones del proyecto kastista.
El odio político —no como arrebato individual, sino como disposición colectiva— se expresa en la necesidad de identificar enemigos claros y permanentes: el migrante, el feminismo, el “globalismo”, la izquierda como un todo indiferenciado. Es una emoción eficaz para movilizar, porque simplifica el mundo y ofrece pertenencia. En ese registro, Kast ha sido consistente: su discurso promete orden, castigo y limpieza moral. Gobernar, bajo esta lógica, equivale a expulsar, corregir y disciplinar.
La avaricia, en cambio, opera con menos épica y mayor regularidad. No necesita consignas, sino previsibilidad. No se mueve por resentimiento, sino por cálculo. La derecha económica no odia: optimiza. Su horizonte no es la nación asediada, sino el mercado ampliado; no la frontera cerrada, sino la cadena de valor. Sin embargo, esta emoción encuentra en el odio un aliado funcional: el orden social, la reducción de derechos y la precarización del trabajo suelen crear condiciones favorables para la acumulación. La alianza es incómoda, pero eficaz.
La tensión se vuelve visible en la política migratoria. Mientras la campaña de Kast promete expulsiones masivas, cierre de fronteras y mano dura, amplios sectores de la economía chilena —agricultura, construcción, servicios— dependen de una mano de obra migrante abundante y barata. El odio exige expulsar; la avaricia necesita retener. La salida habitual es el doble estándar: retórica punitiva hacia arriba y tolerancia pragmática hacia abajo. La irregularidad no se elimina; se administra.
Algo similar ocurre en política exterior. El Partido Republicano se siente cómodo en una diplomacia ideológica, alineada con guerras culturales y afinidades doctrinarias. El empresariado, en cambio, requiere flexibilidad, redes transversales y una cierta indiferencia moral. Los mercados no votan, pero reaccionan. La tensión entre una política exterior identitaria y la necesidad de no incomodar socios estratégicos vuelve a exponer la fractura: la emoción que cohesiona a la base electoral no es la que garantiza estabilidad económica.
En estas y otras tensiones, Kast queda atrapado. A diferencia de Sebastián Piñera, no posee una trayectoria empresarial autónoma ni un patrimonio propio que le permita arbitrar desde la distancia. Piñera podía incomodar a los suyos porque no dependía de ellos; Kast, en cambio, avanza gracias a apoyos económicos que no controla y que, llegado el momento, exigirán alineamiento. Su liderazgo se sostiene sobre una base de votantes radicalizados que demandan coherencia emocional y sobre respaldos empresariales que exigen resultados concretos.
En ese equilibrio inestable se juega el futuro de su proyecto político. Mientras el odio siga siendo útil para movilizar electores y la avaricia para financiar campañas, la convivencia será tolerable. Pero cuando ambas emociones empiecen a exigir decisiones incompatibles, el conflicto dejará de ser retórico. El margen de maniobra de Kast depende de sostener, al mismo tiempo, a una base radicalizada y a apoyos económicos pragmáticos. La pregunta ya no es si esa tensión existe, sino cuánto tiempo puede administrarse sin romperse.
Al mismo tiempo, es preciso señalar que ya se habían instalado con fuerza en el país nuevos y graves problemas que desplazaban a segundo plano las prioridades transformadoras del programa del Frente Amplio: la crisis migratoria, una criminalidad inédita y una creciente inflación, consecuencia de las medidas fiscales del gobierno Piñera para enfrentar la pandemia.
Para El Maipo, Álvaro Ramis, Rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.
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