El mundo contemporáneo ya ha visto lo que Giovanni Sartori denominó neofascismo: la adaptación del fascismo clásico a sociedades democráticas. No se impone con tanques ni con golpes militares, sino con votos, redes sociales y un discurso populista que se presenta como la voz auténtica del pueblo contra unas supuestas élites. Trump en Estados Unidos, Bolsonaro en Brasil y Orbán en Hungría son ejemplos claros de este fenómeno: líderes que llegan al poder por la vía electoral, prometiendo orden y soluciones inmediatas, pero que terminan debilitando las instituciones, polarizando a la sociedad y concentrando el poder en sus manos.
En Chile, José Antonio Kast encarna esta amenaza. Su discurso se centra en la seguridad y el orden, acompañado de la estigmatización de migrantes, la descalificación de minorías y la nostalgia por una autoridad fuerte. Propone atajos populistas que parecen eficaces, pero que en realidad son ilusorios: soluciones fáciles frente a problemas complejos que requieren políticas serias y consensuadas.
¿Por qué, entonces, una parte de la ciudadanía se siente atraída por su mensaje? La respuesta es tanto simple como inquietante: la frustración con los déficits de la democracia. La inseguridad, la migración, la desigualdad y la desconfianza en las instituciones generan la ilusión de que un “líder fuerte” puede restaurar un orden perdido. Kast capitaliza estas ansiedades y las convierte en combustible para su proyecto político, construyendo un relato donde él encarna la solución única.
El problema es que la evidencia internacional desmiente esa ilusión. Ninguna experiencia neofascista contemporánea ha cumplido las promesas de eficacia que pregona. Trump no resolvió la precariedad ni la inseguridad en Estados Unidos; Bolsonaro no derrotó al crimen organizado ni redujo la corrupción en Brasil; Orbán no detuvo la desigualdad ni reforzó la democracia en Hungría. Lo que aumentó en todos estos casos fue la polarización, el debilitamiento institucional y la concentración del poder en torno a un líder.
Kast transita un camino similar. Su política de exclusión no resolverá la crisis migratoria, solo la profundizará. Su militarización de la seguridad no eliminará el delito, sino que lo desplazará y lo hará más violento. Su desprecio por los contrapesos democráticos no fortalecerá al Estado, sino que lo hará más dependiente de la arbitrariedad del gobernante. La aparente eficacia populista es, en realidad, un espejismo peligroso.
Chile debe aprender de estas lecciones. El riesgo que representa Kast no es una exageración retórica: es la posibilidad concreta de retroceder en democracia, de perder derechos y libertades en nombre de un orden que nunca llega, de profundizar la polarización social en vez de fomentar la cohesión. Lo que está en juego no es solo quién gobierne en la próxima elección, sino el tipo de sociedad que queremos construir: inclusiva, plural y con instituciones fuertes, o dominada por un liderazgo que concentra poder y mina la democracia desde dentro.
Kast no es un candidato más. Su nombre encarna un riesgo que no podemos ignorar: el riesgo de repetir, en nuestra propia historia, fracasos que otros países ya han pagado caro. La democracia chilena necesita ser defendida no solo en las urnas, sino también en la conciencia ciudadana. Porque el neofascismo no llega solo; llega cuando la ilusión de soluciones fáciles y la frustración con lo complejo nos hacen olvidar lo que está en juego.
Por Álvaro Ramis, Rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano (UAHC), colaborador de El Maipo.
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