Miércoles, Marzo 25, 2026

El manifiesto de las vacaciones: por qué desconectar es (según Marx) revolucionario. Por Álvaro Ramis Olivos

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Pensar en Marx y las vacaciones no es un ejercicio de ironía, sino la clave para entender su humanismo. Este no es un ideal de frases grandilocuentes sobre la dignidad abstracta, sino un diagnóstico brutal de su despojo concreto. El ser humano aparece desposeído de su propio hacer, de sus vínculos y de su mundo. Esa es paradoja histórica que Marx destapa: la modernidad se había narrado a sí misma como el gran relato de la emancipación —progreso, razón, autonomía individual—, ese mismo proceso genera un extrañamiento sistémico. Donde se promete libertad, se instala la alienación.

La prueba más íntima de este despojo está en la relación del trabajador con lo que produce. “El objeto que el trabajo produce, su producto, se enfrenta a él como un ser extraño”, escribe en los Manuscritos de 1844. No se reconoce en ello. Su hacer le es arrebatado en el mismo momento de la creación, y el resultado es una riqueza que lo empobrece. Este no es un malestar psicológico; es la lógica estructural de un sistema donde el trabajo es una mercancía. El “éxito” moderno, medido en productividad, tiene como reverso una herida existencial: la imposibilidad de habitar el propio acto creador.

“Esta expropiación se extiende como una mancha de aceite a todo el tejido de la vida. Las relaciones sociales, que deberían ser el ámbito de la comunidad y el reconocimiento mutuo, se vacían de su contenido humano y adoptan la forma fantasmagórica de una relación entre cosas”, como sentencia en El Capital. Nos relacionamos a través y como mercancías. El mundo común, el espacio de los vínculos auténticos, se convierte en un escenario de transacciones. La promesa moderna de autonomía se trueca así en una dependencia generalizada de fuerzas impersonales —el mercado, la competencia— que nos gobiernan como un poder ajeno.

Hoy, este extrañamiento adopta nombres clínicos que Marx no pudo conocer, pero que su lógica predice con claridad meridiana. No habló de burnout o de stress, pero describió el terreno que los hace inevitables: una existencia donde la actividad vital se vuelve hostil, donde el tiempo se experimenta como una presión externa y constante. El stress no es un accidente; es la fisiología normal de una vida desposeída. Es la respuesta del cuerpo a un mundo que le es ajeno, a un ritmo que no le pertenece, a una exigencia de rendimiento que vacía de sentido el propio esfuerzo.

En este contexto, tomarse vacaciones es mucho más que un descanso: es un acto de restitución simbólica y una pequeña rebelión. Es, en la medida de lo posible dentro del sistema, intentar recuperar —aunque sea fugazmente— ese hacer, ese vínculo y ese mundo del que somos sistemáticamente desalojados. Es reclamar tiempo no mercantilizado para uno mismo y para los otros. Es, en su forma limitada, practicar lo que Marx vislumbraba como la esencia de la emancipación: la reapropiación de la vida misma. Su ideal, expresado en el Manifiesto Comunista, de una sociedad donde “el libre desarrollo de cada uno sea la condición del libre desarrollo de todos”, supone precisamente superar esta fractura entre la vida y el trabajo, entre el individuo y su actividad.

Por tanto, el gesto de desconectar, de alejarse del lugar de la producción y la presión, está cargado de un profundo significado político desde este humanismo radical. No es evasión, sino un recordatorio corporal de que estamos hechos para algo más que para producir valor. Es un alto en el camino que nos permite cuestionar el ritmo que nos imponen. En un mundo que nos desposee de todo, hasta de nuestro cansancio —al que etiqueta como stress para medicalizarlo y devolvérnoslo como culpa individual—, tomarse vacaciones es, en el fondo, un intento precario y necesario de volver a ser, aunque sea por unos días, dueños del propio tiempo. Es el eco práctico de la gran pregunta: ¿cómo reclamar lo humano en un sistema que nos reduce a ser sombras de nosotros mismos, estresadas y enajenadas? La respuesta empieza, quizás, en el valor revolucionario de detenerse.

Para El Maipo, Álvaro Ramis, Rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

Nota: El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de sus autores, y no refleja necesariamente la línea editorial El Maipo.

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