Este mes se realiza, como todos los años, la Asamblea General de Naciones Unidas. Jefes y jefas de Estado toman la palabra para enviar mensajes al mundo. Los mensajes son difundidos por TV, transcritos y registrados en documentos oficiales y medios de prensa. Allí se han escuchado denuncias sobre atropellos al derecho internacional, llamados a la paz y a la convivencia y también palabras cínicas de jefes de entidades genocidas. Un mes de discursos que seguramente genera ganancias a medios de comunicación y beneficios a la economía local de la ciudad de Nueva York. Un mes que también implica importantes gastos para las delegaciones de las 193 Naciones que hacen parte de la Organización, además de las numerosas delegaciones de organizaciones no gubernamentales que hacen presencia en o alrededor del evento.
La Organización de Naciones Unidas nació en 1945 luego de finalizada la Gran Guerra Antifascista, llamada Segunda Guerra Mundial por la narrativa eurocéntrica. Sus propósitos, principios y estructura están contenidos en la Carta de las Naciones Unidas firmada el 26 de junio de 1945 en San Francisco, EE. UU., entrando en vigor el 24 de octubre del mismo año. Como establece su artículo 1, su propósito es el de mantener la paz y la seguridad internacionales, fomentar relaciones amistosas entre las naciones, basadas en el respeto al principio de igualdad de derechos y al de la libre determinación de los pueblos. Libertades fundamentales, respeto a los derechos humanos y la paz universal. Son principios legítimos por los que vale la pena luchar. La historia de Naciones Unidas, sin embargo, no muestra que haya sido capaz de defender los principios para los que fue creada. Veamos tres ejemplos de esto.
En 1993, en el marco de la guerra en la antigua Yugoslavia, el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la Resolución 819 en la cual se exigía a las partes en conflicto (en este caso Serbia y Bosnia Herzegovina) considerar la ciudad de Srebrenica y sus zonas circundantes zonas seguras, libres de ataques armados o de cualquier otro acto hostil. En ese momento, las fuerzas serbio-bosnias ejecutaban una operación de desplazamiento y exterminio de la población musulmana de Bosnia, quienes por miles buscaron refugio en Srebrenica, donde esperaban la protección de Naciones Unidas mediante la UNPROFOR (Fuerza de Protección de Naciones unidas). El hecho es que esa protección no se produjo y el ejército serbio bosnio atacó, lo que resultó en la masacre de 8372 personas. Aún hoy, cientos de cuerpos no han podido ser localizados.
Ruanda es otro caso lamentable. Allí se crea la Misión de Asistencia de Naciones Unidas (UNAMIR) para mediar el conflicto que venía gestándose y que llevó en 1994 a la matanza de la población de origen Tutsi por parte del ejército y milicias de origen Hutu. La realidad es que, mientras el Consejo de Seguridad debatía si debía usarse el término genocidio para catalogar lo que ocurría, los cascos azules de UNAMIR fueron limitados en su accionar, su personal reducido a 250 efectivos y la matanza continuó dejando sin protección a cientos de miles de personas que resultaron finalmente asesinadas ante la mirada de un mundo, que observaba sin reaccionar. Las palabras del comandante de la Fuerza de Paz, Romeo Dellaire, son elocuentes: “Sé que nunca se terminará el duelo por todos aquellos ruandeses que tuvieron fe en nosotros y creyeron que la Fuerza de Mantenimiento de la Paz de ONU estaba allí para detener el exterminio, para detener las matanzas y guiarlos hacia la paz. Esa misión, UNAMIR, falló”.
Otro fracaso de ONU lo refleja la Misión de Estabilización de Naciones Unidas en Haití (MINUSTAH). Una intervención de cascos azules para “mantener la paz y seguridad y apoyar un proceso político que lleve a elecciones en 2010”. La misión se mantuvo hasta 2017 cuando se consideró insostenible su permanencia. La actuación de los soldados de la MINUSTAH ha sido fuertemente cuestionada con numerosos casos de violación y abuso de mujeres y menores y la introducción de una epidemia de cólera (por negligencia en el manejo de las aguas servidas de los campamentos de los cascos azules) que provocó unas 9.792 muertes y afectó a unas 820.000 personas entre 2010 y 2019. Al día de hoy, la ONU no ha producido ningún tipo de compensación, para estos casos no ha habido justicia reparativa.
Son solo tres ejemplos. La realidad es que ONU nació con una falla de origen. Una Asamblea General donde todas las partes tienen voz y voto y aprueban resoluciones que solo tienen carácter deliberativo y no son de obligatorio cumplimiento y un Consejo de Seguridad formado por 5 miembros permanentes con poder de veto y 10 miembros no permanentes, de los cuales 5 son elegidos cada año para un período de dos años que, aunque sí pueden tomar decisiones, son fuertemente limitadas por el poder de veto de los miembros permanentes. Una estructura que se alimenta a sí misma y que cada día parece convertirse en un cascarón sin poder de transformación de una realidad cada vez más cruel.
Hace 20 años, en un icónico discurso ante la Asamblea General de ONU, el entonces presidente de Venezuela, Hugo Chávez decía: “El sistema de Naciones Unidad nacido después de la Segunda Guerra Mundial colapsó, se desplomó, no sirve”. En dicho discurso, Chávez llamó a la refundación de Naciones Unidas y puso en la mesa cuatro propuestas: 1. La expansión del Consejo de Seguridad tanto en las categorías permanentes como no permanentes, 2. La aplicación de métodos eficaces de atención y resolución de conflictos, 3. La supresión inmediata del poder de veto y 4. El fortalecimiento del papel y atribuciones del Secretario General.
Chávez agregó la necesidad de cambiar la sede de la Organización para otro país que, a diferencia de los EE. UU. respetara las normas de país anfitrión, no imponiendo restricciones de visado a las delegaciones que por derecho deben participar en la Asamblea General y en las reuniones y actividades propias de la Organización. Para la Asamblea de este año 2026, el Departamento de Estado impide la asistencia de la delegación palestina. La Asamblea General le recordó al gobierno de los EE. UU. su compromiso a respetar el acuerdo de país anfitrión y votó a favor de la participación de Palestina. El presidente Mahmud Abbas deberá participar, sin embargo, por medio de una video conferencia.
Es así que en la actualidad somos testigos de un accionar cada vez más agresivo y desvergonzado de la Administración estadounidense. Una administración liderada por un narcisista rodeado de fanáticos religiosos para quienes el derecho internacional no tiene valor y actúan de manera sostenida para debilitar el sistema de Naciones Unidas y los principios de multilateralidad. Una administración que solo cuenta con el poderío militar para imponerse y usa medidas coercitivas unilaterales (no contempladas ni avaladas por Naciones Unidas) para obligar a países a subordinarse a la órbita estadounidense.
“Ayer vino el Diablo aquí, ayer estuvo el Diablo aquí, en este mismo lugar. Huele a azufre todavía esta mesa donde me ha tocado hablar”. Así comenzaba el Comandante Hugo Chávez su discurso ante la Asamblea General de Naciones Unidas hace exactamente 20 años, un 20 de septiembre, un día después del discurso del presidente de los EE. UU. George W Bush. Una frase que retumbó en los pasillos de Naciones Unidas y que dio la vuelta al mundo entero. En dicho discurso, Hugo Chávez denunció sin ambigüedades las pretensiones de los EE.UU. de imponerse en el mundo, de “instalar una dictadura mundial” y una democracia “muy original, impuesta a bombazos, a bombardeos y a punta de invasiones y cañonazos”.
Sin titubeos catalogó al presidente de los Estados Unidos, George W Bush, de cínico al hablarle a las naciones con hipocresía expresando su deseo de controlarlo todo. Hoy, los EE. UU. se impone incluso ante sus aliados, maneja un aparato militar mortífero y no tiene reparos en expresar sus ambiciones expansionistas y controladoras. Naciones Unidas, por otro lado, se muestra como un organismo sin capacidad para poner límite a esas ambiciones ni detener el genocidio del pueblo palestino, las masacres en Sudán o las agresiones imperialistas contra Venezuela, Cuba o Irán. ¿Podemos esperar algo de esta 81 Asamblea General de Naciones Unidas?
Chávez, en su discurso, habló de la necesidad de refundar la ONU. Esta necesidad sigue más vigente que nunca. También dejó espacio para la esperanza expresando razones para ser optimistas: “Se levantan corrientes alternativas, pensamientos alternativos, juventudes con pensamiento distinto”. Es allí donde recae la esperanza. En la capacidad de los pueblos organizados que luchan por un futuro diferente y no, por ahora, en los pasillos y tribunas de la ONU donde aún huele a azufre.
*Guillermo R Barreto es venezolano, Doctor en Ciencias (Univ Oxford). Profesor jubilado de la Universidad Simón Bolívar (Venezuela). Fue Viceministro de Ciencia y Tecnología, presidente del Fondo Nacional de Ciencia y Tecnología y Ministro de Ecosocialismo y Aguas (República Bolivariana de Venezuela). Actualmente es investigador en el Instituto Tricontinental de Investigación Social y colaborador visitante del Centro de Estudio de Transformaciones Sociales-IVIC.
El Maipo/Globetrotter
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