¿De quién es la plaza? A propósito del General Baquedano. Por Álvaro Vogel Vallespir.

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Ha vuelto a la palestra el General Baquedano –y también a la plaza– dejando afuera a la querida poetisa, profesora, diplomática, salvadora de escritores de la Guerra Civil Española y mayor referente intelectual del Siglo XX; no es necesario nombrarla, empero preguntarnos si aplica acá el dicho «nadie es profeta en su tierra». Lo dejo para vuestro análisis.

Baquedano ha sido amado y odiado al mismo tiempo, o, dicho de forma más diplomática, tiene detractores y simpatizantes. Adivinen entonces quiénes son los dos bandos: los mismos de siempre, pero con distintos nombres. ¿La derecha y la izquierda? Ni más ni menos. Pero cincuenta años antes serían ¿los momios y los upelientos?, o a fines de los ochenta e inicios de los noventa ¿los pijes pa’rriba y las cumas pa’bajo? Y mucho más en el pasado, ¿los conservadores y el resto? En definitiva, ¿importa tanto Baquedano? ¿Está presente en la memoria colectiva nacional? Les pregunto dejando las marcadas posturas ideológicas de lado.

Antes de entrar en materia sobre la respuesta a la pregunta formulada en el título de la columna, permítanme dos ideas culturales más bien transversales. Partamos por el aporte de uno de los intelectuales ingleses más relevantes del siglo XX. El historiador británico Eric Hobsbawm (Historia del siglo XX) nos enseñaba que los héroes o algunos arquetipos no tienen que ser siempre eternos, ya que la narrativa los usaba para un momento determinado; en suma, decía que muchas veces los gobiernos de turno los «utilizaban» para justificar y consolidar la idea de Estado o de unión, sabiendo que tenían un lado B cuestionable —en el caso de Baquedano, sus campañas de la «Pacificación de la Araucanía» (ahora se usa ocupación), que fue a fin de cuentas un etnocidio y, por qué no decirlo sin pelos en la lengua, un genocidio y una pérdida de millones de hectáreas para el Wallmapu—.

Sigamos con la misma idea: si apelamos al Baquedano héroe de la Guerra del Pacífico, claro que cambia el panorama, y al momento de montarlo en el famoso monolito en 1928, la narrativa de la posguerra del Pacífico estaba vigente y viva para esa generación del pasado, ya que el parlamentarismo la utilizó de forma contundente. Antes de mandar a las estanterías a Hobsbawm, él señalaba que los militares famosos funcionaban como anclas visuales y emocionales para una determinada época. ¿Pero qué pasó con Prat, que sigue más vigente que nunca? Pues él se inmoló y su cargo le exigió un sacrificio personal que no eludió; hasta el mismo Miguel Grau se dio cuenta y lo puso por escrito en una hermosa carta a su viuda. Entonces, ¿es Baquedano un Prat? No, Baquedano tiene una dimensión menor y diferente. Con todo, murió de viejo a los 74 años de una enfermedad cardíaca: no saltó ni dijo «¡al abordaje!».

La segunda idea cultural también la tomaré prestada: nos pondremos en el pellejo de Francisco Antonio Encina, historiador conservador y nacionalista chileno (Premio Nacional en 1951) —aunque a menudo le copiaba a Barros Arana según cuentan—. Encina trataba de forma despectiva a los mapuches con su pluma: decía que eran una «mala raza», inferiores, y la lista de eufemismos sería larga. Aún más: la pacificación era necesaria —pensaba— y tenía hasta un argumento biológico justificando que debía ser una política de Estado. Con esto, la mayoría de las narrativas cerraban un flanco —y lo cerraron en realidad, con la ayuda del periodismo a veces— con una política antihumanitaria, sin ningún atisbo de defensa de los derechos indígenas. Pero, aun así, el mismo Encina tenía una mala concepción del Ejército: encontraba a sus mandamases ineficientes, corruptos y poco inteligentes en el trabajo de la frontera en la época de la pacificación. ¿Cómo se puede sostener a Baquedano, entonces, si los mismos positivistas lo criticaban? Otra cosa es la guerra del salitre.

¿Se queda o se va?

¿Quién se acuesta pensando en Baquedano? ¿Alguien conoce la historia completa de sus acciones militares? Los historiadores militares lo han tratado de reivindicar, desde la lógica militar, con cifras y hechos concretos: ganó batallas claves —Tacna, Arica, Chorrillos y Miraflores—; desde ese punto de vista, es brillante y hasta valeroso. Pero no tocan el siguiente tema: ¿cómo y a qué costo fueron ganadas esas batallas? Le bajan el perfil a la táctica: el «yunque», oleadas de soldados que en su mayoría morían de forma sangrienta e innecesaria. ¿Habrá sido ese el final del soldado desconocido?

La historiografía peruana y boliviana no pueden ser siempre indiferentes para nosotros solo por ser extranjeras, pues los historiadores en todos lados tienen una metodología rigurosa, ordenada, ética. ¿Qué dicen ellos? Que Baquedano dio banda ancha para el saqueo luego de las victorias: robos, golpes, quemas, violaciones, asaltos arqueológicos, etc. Hay historiadores que lo niegan, pero hay otros como José Bengoa, que fue profesor en Lima (Perú) y pudo conocer fuentes primarias, además de escuchar testimonios reales del horror causado. No hay que ir tan lejos: en Valparaíso están los restos del saqueo: fuentes de agua, estatuas y hasta leones que eran del Virreinato traídos en barcos. José Bengoa es riguroso y tiene un trato extraordinario hacia las fuentes, sus estudios no son livianos ni fantasiosos.

Finalmente, Baquedano en el sur de Chile en los veranos —en plena campaña de la pacificación— quemaba plantaciones de trigo justamente para que el hambre causara estragos, incendiaba las rukas, además de «arrear con los animales (ahí están las cifras bastante grandes), y también arrear con mujeres y niños que muchas veces eran enviados al centro del país. Era una guerra del todo irregular y de pillaje» (José Bengoa, Premio Nacional de Humanidades y Ciencias Sociales 2025). ¿Seguirían pensando que dejar la estatua de Baquedano dejará conforme a todos? Tiene que existir bien común en esto, los monumentos no pueden ser solo para un sector.

El problema de la Memoria Histórica

Hace unos días atrás, la diputada de RN Ximena Ossandón comentaba sobre una futura propuesta para cambiar el nombre de la capital (Región Metropolitana de Santiago) a «Región Metropolitana del General Baquedano». Dentro de sus argumentos señalaba que el nombre actual no tenía ninguna identificación. A mi juicio, en parte tiene razón: «Santiago» era un grito de guerra español («¡Santiago y a ellos, España!» o «¡Santiago, España!») gritado por Valdivia a sus huestes cuando usurparon las tierras; ahí bien podría ser hasta contradictorio recordar un grito que infundía desesperanza – y el fin de la cosmovisión –  a nuestros pueblos originarios. Santiago también hace alusión al apóstol Santiago como protector, donde la tradición religiosa tiene más peso que un grito de guerra. Pero ¿ponerle Baquedano no traería acaso divisiones innecesarias?

«Pero yo creo que la gente tiene que entender quién era él y por qué es tan importante. Y es por eso que cuando estaba todo este vandalismo, uno decía: “pucha, qué falta de comprender cuál es nuestra historia”» (argumentos de la diputada). ¿Entonces contamos la historia completa o parte de ella? Porque la gente tiene que entender si realmente era importante Baquedano o si en el presente divide más que une. Su socio Cornelio Saavedra —su estatua, por cierto— fue a parar al fondo del río Lumaco, saquen sus conclusiones. Muchas personas se manifiestan sin actos vandálicos porque justamente aspiran a mejorar sus vidas de forma correcta y educada, no es bueno meter a todos en mismo saco.

Sin embargo, cada generación y momento histórico es único e irrepetible. Hay varios factores al momento de elegir un personaje que nos represente como nación: primero, el contexto histórico y social en el cual vivieron; el aporte sustancial que hicieron; la memoria colectiva de las demás generaciones que han pasado, ¿lo aprecian o no?; cómo han sido enseñadas sus historias por medio de las narrativas en los planes y programas educativos impulsados por los gobiernos de turno; cómo ha sido el trabajo de los historiadores, ¿con o sin sesgo?, ¿a la fuerza o libremente?, ¿mitos sin sentido? Podríamos seguir.

Pero no debemos olvidar que lo más importante y relevante es precisamente lo que pasa en el presente. Pues es ahora mismo donde realmente se puede sopesar cuánta importancia tienen para nosotros los personajes: ahora existen más estudios, más historiografía, más juicios históricos. Si hace un siglo eran conocidos y recordados, eso no garantiza que hoy lo sigan siendo. Entonces, si el general de la escultura ecuestre genera más división que reconciliación, ¿por qué lo siguen llevando a la plaza? En ese sentido, Gabriela Mistral tiene un reconocimiento transversal, ¿por qué no la ponemos a ella? Aunque también pude ser otro (a) personalidad o una plaza con juegos que nos saque de la vorágine diaria del centro. Nos quejamos que nacen pocos niños ¿Por qué no le damos la plaza a eta nueva generación entonces?

La plaza, en síntesis, nos divide. Muchos en el pasado tomaban una micro y por las ventanas los pasajeros podían darse cuenta de inmediato, conforme avanzaba el trayecto, de la gran diferencia que había en el ancho de calles, su nivel de orden y limpieza, las áreas verdes, los servicios: eran dos capitales distintas y el corte socioeconómico era entendido por todos implícita y explícitamente como si fueran estamentos así de rígido era, la plaza era el límite de lo social. ¿Cuándo nos juntamos en la plaza? A lo lejos, cuando ganábamos algún partido de fútbol: ricos y pobres gritaban por igual, esa comunión hoy no existe.

Lo mismo ocurre con la historia y la relevancia de sus personajes, ya que hay una frontera frágil en la memoria: si se olvida un acontecimiento o no se enseña bien, si deja de ser atemporal, el personaje se va al baúl de los recuerdos, es algo difícil de revertir. Por eso los próceres de la patria —O’Higgins, Carrera, Prat y Rodríguez (y otros)— siguen vigentes: porque nos convocan y van más allá del tiempo y sus vidas quedaron al servicio de la nación.

Palabras finales

Cuando un personaje comienza a ser valorado de otra forma o a ser cuestionado más de la normal ya no representa algo transversal; es el momento de preguntarnos de forma legítima y sin rencores ¿por qué? En este caso, es más inteligente enseñar historia de distintas maneras, poner diversas fuentes sobre la mesa, mostrar todas las posturas posibles, analizar, hacer pensar y replantearnos los valores que queremos tener ahora y en el futuro. El orgullo militar hace cien años tenía un foco distinto y como tal hay que respetar los contextos del pasado, pero no olvidar que es el presente el que cuenta. El lema todo lo pasado fue mejor ¿Qué sustento tiene?

Si la estatua de Baquedano salió de su sitio por un tiempo y ahora vuelve a su mismo lugar con cámaras de seguridad y rondas preventivas, puede que no solucione nada; si la sacamos para siempre, tampoco hay solución al problema. La memoria histórica es más importante que una persona y sobrepasa con creces un monumento: la memoria es un constructo social. Es hora de dejar esta discusión, porque es casi un gallito escolar o una pelea estéril de quién tira la piedra más lejos. Una buena idea sería disponer su escultura en un lugar donde la división y el ruido sean menores: por ejemplo, dentro de la Escuela Militar donde pueden estudiar sus tácticas estratégicas.

Los problemas sin solución son otros y muy reales, como por ejemplo eliminar la corrupción de la clase política, mejorar la educación, atajar la inflación, repartir más eficientemente el PIB, que la pobreza deje de ser un negocio y mejorar el acceso a la cultura… pues la gran mayoría no es tonta ni tampoco somos vándalos.

*Álvaro Vogel Vallespir, historiador y profesor, colaborador permanente del elmaipo.cl

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