El Gobierno de José Antonio Kast acaba de regalar una lección sobre cómo no ejercer la política exterior. Su decisión de retirar el apoyo de Chile a la candidatura de Michelle Bachelet para liderar la Secretaría General de la ONU no obedece a un cálculo estratégico, sino a una mezquindad difícil de disimular.
La Cancillería habla de “inviabilidad” y de “dispersión de candidaturas”, pero la secuencia de los hechos delata el verdadero motivo. Kast recibió a Bachelet el pasado viernes en La Moneda y cuatro días después, casi a escondidas de una subida histórica de los combustibles, retiraba el respaldo que el anterior gobierno de Gabriel Boric había comprometido con el aval de México y Brasil.
Lo más revelador, sin embargo, han sido las explicaciones de los socios parlamentarios del Presidente. El diputado Guillermo Ramírez, líder de la UDI, aseguró que no se trata de razones políticas, para acto seguido desgranar una lista de agravios contra la expresidenta socialista. Y el presidente del Partido Republicano, Arturo Squella, ya había calificado la candidatura como un “amarre” del gobierno saliente. En otras palabras: se castiga a la postulante no por sus méritos —Bachelet ha dirigido dos agencias de la ONU—, sino por venir de quien viene.
La política internacional exige altura de miras y la certeza de que los éxitos de un predecesor honran también a la nación. Al proceder de este modo, Kast no solo deja en evidencia una pequeñez de ánimo impropia de un jefe de Estado, sino que sitúa a Chile como un socio voluble ante la comunidad internacional. La mezquindad, cuando se ejerce desde el poder, no es un defecto menor: es una manera de gobernar que siempre acaba empobreciendo al país que la padece.
Para El Maipo, Álvaro Ramis, Rector de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano.
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